Etcétera

Una ley que ha dejado a los animales en la calle

“Atentar contra el circo clásico, que nació con animales, es un crimen contra el patrimonio cultural de la humanidad”, son las palabras de Federico Serrano, quien fuera hasta hace unos meses el gerente de relaciones públicas de uno de los circos más emblemáticos de México: el Circo Atayde.

Hoy, después de una serie de batallas legales, la ominosa ley que prohibe a los circos presentar animales dentro de su espectáculo es una realidad que irrita a una gran cantidad de personas que reconocen que un circo sin animales es, valga la comparación, como una cantina sin botellas ni borrachos.

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Y es que los próceres de la defensa animal son un cáncer que está haciendo metástasis en la estructura de uno de los espectáculos más antiguos del mundo. Pero, ¿qué se puede esperar de un corrillo de “niños bien” enfundados en casacas verdes que se horrorizan de la permanencia de elefantes bailarines en una pista, mientras se retacan la nariz de cocaína y se van de vacaciones a Miami Beach?

No es por generalizar (existirán activistas que en verdad sufran al ver cómo los ponis usan tiaras de cristales mientras en sus casas visten a sus Yorkshires de mamarrachos), pero si en este país existen individuos que carecen de autoridad moral, esos son los adeptos del partido verde.

Desde ayer pude leer en algunos periódicos de circulación nacional varias notas que exponen la crisis que están viviendo los propietarios y empleados de los circos, y peor aún; la desesperación por saber a dónde van a ir a parar los tigres, camellos, ponis, elefantes y dromedarios que formaban parte de su espectáculo, y más que eso, de sus propias familias.


Si en verdad las buenas conciencias que se movilizaron en jornadas lacrimogenas para salvar a los animales de circo creen tener en sus manos el poder plenipotenciario de darles una mejor “calidad de vida” a los animales, deben también pensar en un estrategia redonda, es decir: tienen la obligación de ofrecerle a estos seres un buen futuro y no dejarle el penoso trabajo de vender y acomodar a las “víctimas” a unos propietarios que, de antemano, nunca pretendieron dejarlos al alba.

Esto sin mencionar los daños colaterales que han padecido los empleados circenses, que se quedaron, en el mejor de los casos, bailando en las calles porque la venta de boletos en taquilla se desplomó obscenamente. Tan solo en lo que va del año, de 500 circos que se tienen registrados, 100 han tenido que cerrar sus puertas, y existen ya más de 10, 000 almas (entre artistas, personal de limpieza y admistradores) paradas, o sea, sin trabajo.

Si el Partido Verde Ecologista es un censor que detecta e intenta reparar las arbitrariedades cometidas contra todo aquello que se mueva, respire, defeque y tenga la capacidad de sufrimiento, no puede darse el lujo de dejar desprotegidas a las personas que hoy padecen hambre, sed y abuso a causa de su “noble” ley contra el maltrato animal.

Finalmente hoy está sucediendo; ya sacaron a las bestias de las carpas. Ahora ¿a dónde van a parar?

Quizás los propios promotores de esta ley mañana estén desayunando la carne de esos pobres animales “abusados” en exclusivos restaurantes de Polanco, porque simplemente no hubo dónde acomodarlos, y más vale pararse el cuello en una mesa después de manjarse la nalga de una cebra, que tenerla trabajando en un sitio que ya ha pasado de moda y que nos hace parecer Neandertales que comen palomitas al compás de una orquesta que invita a bailar a un poni o a una mamá elefante.

Y todo esto tiene un trasfondo vulgar y ventajoso: el circo, queridos míos, el circo no deja la billetiza que dejan los gallos, las peleas de perros, los hipódromos o las corridas de toros.

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