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Si uno osa mancillar la esplendorosa figura de Frida Kahlo en México, se corre peligro de que un grupo de coyoacanenses se dirija a ti con piedras, palos y morrales llenos de ladrillos para matarte. Ofender a la mujer mexicana por excelencia es como decir que odias el Día de Muertos, las mesas de madera, las vajillas de barro, la talavera, el chile, las cocadas o el pozole; un atentado en contra de la nación y sus sentimientos.

Kahlo, en el lugar concedido de lo sagrado, se ha convertido en una muñeca cara que cuenta con diversas líneas de diseño, artículos de papelería, calzado, ropa, accesorios, pósteres y libros sin sentido que cada día se alejan más de su producción artística, volviéndola un personaje del entretenimiento y nada más.

El problema no está en valorarla como artista, sino en mitificarla como creadora y divinizarla como mujer. El verdadero conflicto no radica en ella, sino en sus fans. ¿Por qué? Porque su trabajo no es desechable ni mucho menos, pero no es el más importante ni el de mayor impacto para las artes en México o Latinoamérica. Su producción visual es relevante, claro, pero no significa un antes y un después en la pintura nacional. Su obra es única y digna de estudio; sin embargo, no es el verdadero estandarte de la cultura en un país que no se limita a un solo tipo de manifestaciones.

Si Frida Kahlo está sobrevalorada es, obviamente, por culpa de un público poco crítico. De una perspectiva tergiversada hacia su legado.

Se ha perdido de vista, e incluso aprovechado, su egolatría maníaca en una relación amorosa no tan disruptiva como es pensada y en una serie de romances vengativos, posicionándola como un escándalo más grande que su labor profesional.

Más información: http://bit.ly/2IO5uKS

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