En los últimos años la hegemonía de los medios de comunicación tradicionales se ha visto mermada. Tal hegemonía, puede comprenderse desde la capacidad de los medios para exponer -o no- en el espacio social una gran variedad de temas, dirigir dichos temas hacia ciertas discusiones y construir en el imaginario colectivo ideas sobre personas, sucesos, instituciones, etcétera. La crisis económica que presentan algunos medios como La Jornada, Reforma, Televisa o Tv Azteca, en parte es, por la crisis hegemónica.
Desde las teorías críticas sobre los sistemas de comunicación, el concepto de hegemonía permitió a los teóricos formular hipótesis sobre el papel que desempeñan los medios en la sociedad. Desde esta perspectiva se consideró al campo mediático como un lugar de dominio de las audiencias. Desde el enfoque cultural las audiencias gozan de una determinada autonomía para enfrentar la ideología hegemónica. En la actualidad, el cambio tecnológico permite observar nuevos roles en los modos de comunicación tradicional y en los emergentes consumidores de contenidos digitales.
Hoy en día se habla de una crisis mediática, generada por diversos factores. Tal crisis comprende una reducción de la hegemonía de los medios tradicionales en distintas formas, por ejemplo, la migración de sus consumidores a nuevas fuentes de información, la disminución de las horas que las audiencias pasaban frente a la televisión tradicional, el consumo cada vez menos frecuente de periódicos impresos, etcétera. La hegemonía ideológica y cultura se reduce para los medios en cuanto estos han perdido ciertas capacidades que antes tenían como propias, como exclusivas.
La crisis de la hegemonía mediática es posible comprenderla desde distintos enfoques. Uno de ellos, es precisamente la falta de transparencia. La sociedad desconoce las relaciones que existen entre los medios y otras formas de poder, pero más específicamente con los poderes político y económico. Los medios, si bien son empresas que participan en el mercado y por lo tanto están relacionadas al campo económico, su papel dentro de la sociedad va más allá de la simple acumulación de capital. Los medios pueden propagar en el pensamiento colectivo ciertas ideas que obedezcan a intereses no propiamente informativos. En este sentido, los medios siempre funcionarán bajo alguna ideología y sus acciones políticas estarán enfocadas a cumplir ciertos objetivos.
La falta de transparencia está llevando a los consumidores de información mediática a desconfiar cada vez más de los medios. Estudios recientes, como los realizados por Freedom House en varios países del mundo, incluyendo América Latina, demuestran un deterioro de la confianza que tienen las personas en los contenidos que distribuyen los medios de difusión tradicionales. Tal desconfianza se debe a la falta de transparencia y a otros factores asociados con el cambio tecnológico. En este sentido, resulta sospechoso que una mañana todos los periódicos de una ciudad tengan la misma noticia–y poco trascendente- de ocho columnas, o que cierta cadena de televisión evite abordar un tema que se convirtió en tendencia en las redes sociales digitales. La pluralidad no representa necesariamente la libertad de opinión, sino también, la libertad política-económica de decidir quiénes son mis amigos y quienes son mis enemigos. Resulta sospechoso que el diario La Jornada publique en forma periódica encabezados con información superficial sobre el presidente Enrique Peña Nieto o que medios como la revista Proceso eviten cuestionar, e incluso, visibilizar, los errores políticos de Andrés Manuel López Obrador.
En el espacio público mexicano es posible ver que la falta de transparencia sobre los intereses políticos y económicos altera la producción de las formas simbólicas. Por ejemplo, los medios de información cubren de manera desigual acontecimientos políticos, y esto es, declarando la inexistencia de los hechos lo cual significa omitir la información, descontextualizando los hechos y no aportando a las audiencias elementos suficientes para comprender el fenómeno o bien manipulando a los consumidores mediante la construcción de información cuya realidad se basa en la fantasía y no en hechos comprobados.
Otro factor de la crisis de la hegemonía mediática está relacionada con la producción de viejas formas de comunicación. Con esto me refiero a la verticalidad de la comunicación. A los medios se les señala principalmente desde la perspectiva crítica, de ser aparatos de control ideológico y cultural, de estar al servicio de la clase económica y política dominante, y de mantener a través de la información cierto orden establecido. Para ejercer tales fines los medios tienen la capacidad de dirigirse a amplias audiencias a través de las formas tecnológicas, pero principalmente, en forma vertical.
Diversos estudios que se han realizado en los últimos años, han demostrado que una de las causas de las crisis mediáticas se debe también a su papel vertical. En la verticalidad el medio intenta imponer su visión de los acontecimientos sin preguntarle a las audiencias si están o no de acuerdo con lo que se expone. En un segundo paso, tales visiones son reforzadas por el propio medio a través del análisis que realizan especialistas sobre dichos acontecimientos. Los expertos y los líderes de opinión tienden a reforzar la ideología del medio, y por lo tanto las ideas hegemónicas expuestas. En este sentido, habría cierta homogenización de la información para llevar los temas hacia cierta orilla del río. En la homogenización mediática también se intenta homogenizar el pensamiento de los consumidores.
Las teorías culturalistas que criticaron siempre el mediacentrismo como forma de dominio, cobran mayor relevancia hoy en día. Esto se debe, a que en realidad las audiencias nunca han sido pasivas ante los contenidos mediáticos, y con el cambio tecnológico generado por Internet y sus innovaciones, las audiencias se resisten cada vez más al modelo vertical. El problema radica aquí, en que la fórmula mediática tradicional sigue leyendo la realidad en forma jerárquica y no se ha dado cuenta, o no quieren darse cuenta, que las personas tienen la capacidad de estar en contra de alguna postura y manifestar puntos contrarios a la visión mediática.
Debido al cambio tecnológico, los consumidores de contenidos simbólicos tienen nuevas posibilidades para informarse y para producir su propia narrativa. Estudios empíricos realizados en varias partes del mundo, demuestran una transición en las formación de recepción y de interpretación de lo mediático. Las personas si bien no han dejado de ver televisión o escuchar radio, acuden a nuevos espacios como Facebook para conocer lo que pasa en su entorno inmediato. Las redes sociales digitales se están convirtiendo en un lugar donde las audiencias adquieren mayor autonomía en la selección de contenidos y en su posterior distribución. La hegemonía mediática pierde los hilos de conducción en el campo de las redes. El poder mediático intenta aprovechar la nueva tecnología para dar cierta autonomía a sus viejas audiencias.
La crisis por la falta de transparencia entre el poder mediático y su relación con otros poderes, el papel que han desempeñado los medios en la distribución vertical de las historias y el cambio tecnológico producto de la penetración de Internet y el desarrollo de innovaciones, son factores que han mermado la hegemonía mediática como forma de dominio de la información que circulaba en los espacios públicos. Los medios deben ser autocríticos sobre la forma en que han tratado a sus audiencias y el tipo de contenidos que ofrecen. En la sociedad conectada a Internet, la crisis para el modelo de homogenización de contenidos es aún más profunda. Los circuitos comunicativos donde se distribuyen las nuevas hegemonías se caracterizan por su fragmentación y su distribución en red.

