El domingo pasado en La Crónica (https://tinyurl.com/y3rshlub) y en El País, Mario Vargas Llosa publicó la segunda entrega de su alegato contra el fanatismo que existe en ciertas corrientes del feminismo contemporáneo.
Como casi todo lo que escribe, el peruano y español, su texto es polémico y punzante, pero claro y da en un clavo, en realidad, en tres clavos. La cosa levantó una ventisca durante todo el día, especialmente en redes, donde las furias y fobias hicieron su agosto, resucitaron viejos odios e incluso gente comúnmente articulada y razonable se dio el permiso de reprobarlo con frases hechas e instantáneas. Todo con tal de no atender los argumentos que el escritor si puso en su texto.
El último párrafo del artículo captura bien el cogollo del alegato: “En lo que a mí se refiere, puedo asegurar que mientras la Bienal y el Premio de Novela que llevan mi nombre existan, no habrá cupos aritméticos de hombres y mujeres y que el único criterio con que se seguirá invitando a los participantes será el de la excelencia literaria”.
¿Lo ven? Vargas Llosa le da en el ombligo a una de las banderas políticas más unánimes de la actualidad: la paridad entre mujeres y hombres para la composición ya no sólo de órganos representativos sino de casi cualquier cosa (en ese caso, las mesas de discusión en un evento literario). Y procede a narrar su escaramuza.
Recientemente se publicó un manifiesto en México que en nombre de la causa feminista, sin embargo echó mano de mentirijillas para desacreditar el encuentro de Guadalajara. “Decía que en los “paneles” participaron trece hombres y sólo tres mujeres. En realidad, fueron siete las participantes…” y agrega Vargas Llosa: ocho escritoras que habían sido invitadas, se excusaron por diversas razones”.

Cualquiera que se haya metido en la organización simple de un evento habrá vivido esta experiencia (esta es, mía, muy recientemente). Me tocó organizar un evento académico y aunque procuramos el equilibrio, tuvimos una mesa con tres mujeres y un hombre y otra con 4 hombres ¿por qué? Porque así se dieron las cosas (ya se sabe: no pueden ese día, cancelaciones perentorias, compromisos previamente contraídos, etcétera). A veces la paridad es materialmente imposible ¿esto descalifica al evento, si por el contrario, lo dicho y debatido en cada mesa resultó relevante? Creo que no y que la calidad debería ser el criterio principal –no el único- pero sí el principal.
Pero hay algo más de fondo: la paridad como todo instrumento de la política “abre brechas” (como apuntó Lourdes Morales) pero también introduce sus propias distorsiones en contra del mérito personal.
¿Qué quiero decir? La paridad no garantiza que un colegiado, así integrado, sea mejor, más democrático ni más feminista. Como todos sabemos (si las anteojeras ideológicas no nos ciegan) existen mujeres con posturas muy conservadoras e incluso reaccionarias, igual que los hombres. Como escribió Marta Lamas en un texto inmejorable: “¿El avance de la paridad en los órganos de representación es un triunfo democrático? Todo depende. Lo que necesitamos son personas conscientes de los problemas de género independientemente del cuerpo que tengan” (https://tinyurl.com/yy939775).
La obvia novedad es que “LAS” mujeres tampoco son una masa convertida “en sí, a una masa para sí”, entre otras cosas, por que son únicas, plurales, diversas, portadoras de visiones diferentes y contradictorias y precisamente, nadie puede arrogarse conocer y hablar en nombre de “ELLAS”.
Lo hilarante en la anécdota de Vargas Llosa es que el fanatismo feminista (como todo fanatismo) proponga cosas tan estrafalarias como cambiar pasajes y personajes de la literatura universal, y reacomodar o remover los clichés y machismos de sus épocas. Pero ojo: incluso de estos intentos, hay que estar pendientes.
En México la oleada de la paridad en la representación política se ha llevado las palmas y ya es una obligación constitucional. Forma parte de la demanda por lograr la igualdad de mujeres y hombres ante la ley. Bien que así sea.
Pero lo mero sustantivo sigue irresuelto, quizás menos resuelto que nunca: la paridad (por así decirlo) material, salarial, de ingresos, educativa y doméstica, y también, necesitamos de “un feminismo que comprenda que cuerpo de mujer no garantiza pensamiento feminista” (Lamas).
La paridad aritmética, es un avance instrumental pero no cabe reducirlo al absurdo. Porque para la igualdad económica, social y política falta, casi todo lo demás.

