Estoy seguro: Charles Edward Anderson Berry es al Rock and Roll lo que Johann Sebastian Bach es a la música clásica: ambos detonan movimientos musicales de ramificaciones muy diversas e inagotables. Si el primero fue el canto de la libertad, la fusión de al menos un par de géneros (boogie-woogie, jazz y blues), el segundo es ante todo la expresión del amor a dios como la motivación para ejecuciones fuera de serie en todos sus ciclos en donde creó más de doscientas piezas, como él mismo dijo, su impulso fue recrear el pensamiento; así lo tradujo –con perfectas creaciones– como compositor, organista, clavecinista, violista además de maestro de capilla.
Bach, sin duda, es el creador de la atmósfera cristiana por excelencia de principios del siglo XVIII; Chuck Berry es el padre del Rock and Roll (y nieto como él mismo señaló alguna vez).
No creo que la comparación sea forzada: si no podemos comprender a Elvis Presley o a The Beatles sin Chuck Berry, sin Bach no podemos apreciar los alcances de Mozart y Beethoven, la culminación de la era barroca y el surgimiento de la modernidad. (Ambos tuvieron una gran capacidad de aprendizaje, naturalmente, como parte de ese continúo musical, el primero no se entiende sin Nat King Cole y el segundo sin Vivaldi y su dramatismo, por ejemplo). Como sea, Berry y Bach, aquí en estos apuntes extraviados en los linderos del tiempo, tuvieron el genio para crear su propio mundo (el genio alemán como un ferviente luterano).
Todos recordamos que alguna vez John Lennon dijo que si tuviéramos que pensar en otro nombre para el Rock and Roll sería Chuck Berry; también en Johann Sebastian Bach para la música clásica, si coincidimos con la respuesta de Louis Thomas cuando le preguntaron “qué escogería como mensaje de la humanidad a las civilizaciones del espacio exterior: enviaría las obras completas de Bach… pero ese sería un alarde”. (Por cierto, la NASA enviaría una canción de The Beatles).
La pasión según San Mateo es una de las obras maestras de un soberbio compositor que nunca estuvo satisfecho con la ejecución, no había músicos ni voces en su tiempo según él, capaces de traducir su creación como él quería. Maybellene, según los expertos, se halla dentro de 500 mejores canciones de todos los tiempos; la revista Rolling Stone la ubicó en el lugar 18 (yo prefiero You Never Can Tell) aunque, naturalmente, nada de eso comprende el rigor portentoso del genio alemán, Chuck Berry fue un parteaguas (como el mismo luterano en su momento) para la música que sobrevendría.
La experimentación y, claro, la ejecución musical del nacido en Misuri en 1926 y muerto hace unos días, fue determinante para el que considero el mejor grupo de Rock and Roll de toda la historia (The Beatles), Rolling Stones, Eric Clapton y Jimmy Hendrix. La riqueza de la música de Bach es lo más parecido a uno de esos milagros (inexistentes) de los que hablan los cristianos: dramatismo, integración de armonías disonantes, simplicidad y sensibilidad, tonalidades diversas, contralto y tenor; los ambientes sacros. Nadie lo hizo igual pero inspiró a grandes de la música como Mozart o Chopin.
Las trompetas de Bach, quien nació un día como hoy, son lo más parecido a las trompetas de los ángeles, incluso para quienes buscamos el paraíso aquí en la Tierra. Los acordes de Chuck Berry, al menos para mí, son lo más parecido al canto que celebra la vida; a cada instante.


