En México llevamos muchos meses de rabia, de coraje. El país que tenemos no es el que queremos. Nos hemos dado permiso de soñar y nos gustó ese imaginario. Pero lo que estamos viendo no es lo que soñamos
Él estaba en medio del escenario, delante de unas 7 mil personas y encima de todo dos pantallas gigantes mostraban un close-up de su cara emocionada. Parecía que estaba haciendo un esfuerzo para no llorar.
Yo no sé de ópera. He ido como cinco o seis veces en mi vida. Así que no soy capaz de hacer una crítica especializada ni profundizar sobre los timbres, rangos y tesituras de una voz.
Pero el tenor Javier Camarena, considerado en Nueva York uno de los tres grandes del último medio siglo, terminó su concierto en el Auditorio Nacional y se dio tiempo para decir, delante de las varias miles de personas que le habíamos aplaudido por minutos, que México necesita más arte que violencia, más amor para hacer frente a la brutal, insoportable realidad.
El discurso fue pesimista. Como el ánimo del país. No fue una pieza oratoria ni una opinión de intelectual, pero era sincero, salido del corazón más que del hígado, del alma más que del estómago. Y encima de todo, lo decía con esa voz que ha dejado en estado de rendición a público tras público donde se presenta.
Me recordó lo que me había respondido unos días antes cuando lo entrevisté en la televisión: “creo mucho más en la gente que lucha porque el país salga adelante, que en su microuniverso no alimenta la corrupción”. Y habló de transformar el país con un cambio que venga de la gente.
En el instante mismo en que Camarena terminó de hablar ante el Auditorio Nacional, el maestro José Areán, el director asociado de la Orquesta Sinfónica de Minería que acompañó al tenor, agitó la batuta y sonó Verdi, Nabucco, Va, pensiero:
“¡Oh, patria mía, tan hermosa y perdida! ¡Oh, recuerdo tan grato y fatal!”.
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