Una de las características del México político y aun, quizá, del México social y cultural, es oscilar entre la dispersión y la concentración, entre la rebelión y el sometimiento, entre la desunión desesperada y la unión clase muégano. Las pasadas elecciones arrojan una clara muestra del fenómeno. La disciplina antidemocrática que priva en el corazón del PRI concentra “fuerzas vivas” y muchos votos asociados a ellas. En buena medida gracias a que se presenta como un cuerpo unido y sólido, capaz de guardar el orden en su interior, despierta la confianza de muchos otros ciudadanos, ajenos al lastimoso clientelismo de “las fuerzas vivas”, que solo desean vivir en paz y salir adelante. Son ciudadanos que aprecian más la estabilidad que el cambio. Del otro lado, quienes promueven el cambio sin reparar en la estabilidad abren brecha a la dispersión política. Y la gobernabilidad, los acuerdos necesarios entre el ejecutivo y el legislativo para materializar las promesas vertidas por los independientes, se dificultan con esa atomización del poder público. Sin embargo, resulta imposible dejar de observar que en un contexto de concentración rígida y hegemónica, solo el arrojo kamikaze de los rebeldes y dispersos logra abrir espacios de aire fresco. En México, es cierto, ya se han celebrado alternancias en el gobierno federal y en numerosos estados y municipios. A despecho de la mayoría que obtuvo el bloque gobernante en las recientes elecciones, la pluralidad se ha instalado en el Congreso. No obstante, aún existen estados donde ha gobernado el PRI desde hace más de ochenta años. En el Estado de México, por ejemplo, entidad donde vivo, reina un régimen semifeudal tan vergonzoso como orgulloso de sí mismo.
Ya hemos comprobado que no todo se compone con las alternancias políticas. Hay una disciplina política, materializada en hábitos cotidianos que comparten funcionarios públicos de todos los partidos, que no se ha erradicado con ellas. Me refiero al patrimonialismo reinante, a la corrupción e impunidad enlazadas a esa arraigada costumbre de usar los recursos públicos como si fueran propios. Pues los ciudadanos que votaron por los candidatos independientes y los partidos pequeños, así como los que anularon su voto, arribaron a la conclusión de que al proceder de esa forma iban a asestar un golpe a ese régimen patrimonialista, que ciertamente permanece inalterado gracias a la indolencia y la complicidad de los partidos grandes. Dudo, sin embargo, que la dispersión política resultante disminuya el patrimonialismo, la corrupción y la impunidad, al menos no por sí misma. Las honestidades aisladas son muy valiosas, pero en un país de más de 120 millones de personas pueden perderse como agujas en un pajar. Hay quien teme, por si fuera poco, que esa dispersión, al atomizar intereses, demandas y esfuerzos de renovación pública, adelgace aún más la de por sí famélica calidad de nuestra democracia. Yo no sé si esto sea cierto, pues no soy vidente ni nada parecido, pero considero poco probable que los partidos grandes estuvieran dispuestos a elevar la calidad democrática sin presión alguna. Dicho sea con un mínimo de realismo, no los veo muy presionados después del 7 de junio. Antes bien lucen un tanto autosatisfechos, ciegos al deterioro político de su entorno con la necedad de un maestro de un estado con ínfimo desarrollo que se rehúsa a ser evaluado. Lo dicho: andamos perdidos entre la dispersión política y la disciplina patrimonialista. Y me temo que ningún Nelson Mandela aparecerá para sacarnos de ese extravío. Solo podremos hacerlo por nosotros mismos, aunque la verdad no sé bien a bien cómo.
