El sol cae a plomo al mediodía en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México. Y la caminata en favor de la unidad nacional, en repudio del presidente de Estados Unidos, inicia con el Himno Nacional.
"Mexicanos al grito de guerra…"
Tengo la sensación de que estoy frente a una vieja consola con el volumen bajo. Hay balbuceos, como cuando los niños hacen lo mismo cada lunes en la escuela. Termina la canción y se expande el silencio.
No confío en mis cálculos por ello no sabría decir si estamos entre ocho y diez mil personas, pero lo que sí puedo asegurar es que el sol es más auténtico que el ánimo, que no hay políticos profesionales que alienten la proclama y que los vendedores tienen más imaginación que los aquí presentes: "¡Naranjas dulces, limón partido, deme unos pesos que yo le pido!".
Estoy como en una procesión con votos de silencio y goyas universitarias desganadas. Pero hay una variante intermitente que interrumpe la armonía, me refiero a las protestas marginales contra esta marcha desangelada, aquellos que nos quieren abrir los ojos, misioneros, que ellos sí gritan con enjundia que el problema no es Donald Trump sino Peña Nieto, cuando eso sucedió la respuesta era un "México, México, México…" tan auténtico como un hombre de izquierda radical que se dice democrático y revolucionario. Entre dos extremos continúa la marcha.
Las consignas ya las reseñé todas -son dos, la porra de la UNAM y los "México, México…" junto con uno que otro "Fuera Peña"-, los gritos de los comerciantes son más fuertes que los nuestros y la cara del vendedor de tacos de canasta más sonriente que la gran mayoría de estos indolentes indignados contra Trump; en esos momentos lo único que puede rescatarse es que varios de los llamados pirruris le entramos duro a los de chicharrón prensado, papa y frijoles refritos con la salsa verde acompañada de cilantro y pedacitos de cebolla.
Ya dije que el sol es intenso, quizá lo único intenso en estos momentos y, por ello, tengo la extraña sensación de que más que insolar el sol arenga, motiva pero no tiene respuesta; se escuchan más los ruidos de los helicópteros y los misioneros marginales que quieren despertar nuestra conciencia contra Peña, que nuestros propios gritos. No sé cuántas de esas personas han marchado en otras ocasiones pero sí sé que no son acarreados, los aglutina el entusiasmo abstracto de un México sin divisiones y que pertenecen a distintos sectores sociales. Sonríen frente a la foto, toman selfies y cada que los enfoca una cámara se transforman por un instante como si en serio privara el entusiasmo.
También sé otra cosa, no hay nadie encapuchado ni quienes saquean tiendas o pintarrajean la pared que sea, sí, no están aquellos activistas que luego ya en la cárcel se dicen presos políticos. Esperen un momento, por favor.

Llama mi atención un merolico que se desgañita advirtiendo que los medios electrónicos nos manipulan para asistir a la marcha, que debemos tener conciencia de que el gobierno mexicano es nuestro enemigo y da como prueba que, en esta ocasión, los medios no registran problemas viales, lo que sí sucede cuando ocurren sus marchas. Termina de hablar, ronco, y ahora parece como en éxtasis aunque le interrumpo para intentar abrir sus ojos diciéndole que es domingo, o sea, no lunes ni martes o jueves. Es domingo, hay menos autos, y en esta avenida a esta hora lo que pasan son bicicletas y no autos, y que la autoridad dispuso de otra vialidad para las bicicletas, o sea que le digo que no hay complot -"dime dónde están los problemas viales que los medios no difundirán"-, y que escuche cómo en ese instante se oyen otras consignas contra el gasolinazo y el Presidente, muy leves, sí, le digo, pero ahí están. Él me responde que hay algo más de fondo que yo soy incapaz de ver. Es, así como ciego, mejor enfilo directo al Ángel pero no canto el "Cielito lindo" porque se oye tan bofo que no quisiera que eso me contagiara la indolencia y que incluso me impidiera terminar estas palabras.
Hoy, en la Ciudad de México, no vibró nuestro país, y dejo el registro de ello para el solaz de la autodenominada izquierda que en estos días mostró su más encendida defensa de sus protestas como las únicas auténticas y exhibió también sus complejos y su menosprecio al otro, perfumado, que no cree lo que ellos.
No hubo imaginación ni consignas ni ideas para esta marcha pero creo que eso no es lo más significativo. Para mí lo más relevante es que no existió la alegría insolente contra el tirano, la fiesta de la diversidad para reír del discurso marginal y autoritario. Hoy se expresó una franja social desganada, como si estuviera vencida de antemano y que hoy salió a las calles para hacer precisamente eso patente, la derrota de su ánimo y su esperanza abatida.
(Estoy seguro de que ahora mismo hay legiones que sonríen por la derrota de esta convocatoria aunque creo que la principal victoria, al menos hoy, es de la indiferencia, aquella que se desprende del corazón aridecido)

