Estamos en tiempos en los que el fanatismo resurge. En distintos espacios públicos podemos apreciar sus manifestaciones, la manera en que defienden su agenda y la forma en que tratan de imponer sus puntos de vista. Pero no se trata de algo nuevo o que no se conozca, sino que es parte de nuestra historia como humanidad y que en México estamos viendo como parte del escenario político.
Intolerancia por delante
Revisando un poco la literatura que existe sobre el tema, podemos encontrar una serie de definiciones que retratan muy bien lo que es el fanatismo y cómo son los fanáticos.
De acuerdo a Adolfo Menéndez Samará en su texto “Fanatismo y misticismo. Su valor social y otros ensayos”, “el fanatismo lo representa la persona de un joven de cabellos hirsutos que lleva en la mano un libro, que significa la idea que convierte en su objetivo único, y en la otra el puñal, signo de la arbitrariedad agresiva de la pasión desbordada”.
En Claves Psicológicas del Fanatismo Político, Enrique Echeburúa nos dice que “los fanáticos son personas rígidas con ideas sobrevaloradas y con estilos de pensamiento tendentes a reducir informaciones complejas a elementos simples.

Pertenecer a un grupo que manipula emociones, destruye la individualidad y los lazos afectivos con el entorno y deshumaniza al adversario es un elemento clave en la radicalización fanática. Lo que el grupo ofrece es la materialización de un sueño, la búsqueda de aventura y la gloria inmediata”.
Adolfo Menéndez Samará completa la idea al escribir, “el fanatismo no sólo es religioso sino también político, literario o artístico. En algunos casos hasta la amistad y el partidarismo por una persona, cuando se la ha hecho encarnar una idea, pueden ser tachados de fanáticos. ¿Cuántas veces no habremos descubierto esa figura en hombres que se llaman anarquistas o políticos, pertenecientes a cualquier ismo artístico o que son misioneros protestantes?”
Para Rogeli Armengol Millans, en El Fanatismo, una perversión del narcisismo, sobre el origen y la acción del superyó, reflexiones morales, “los fanáticos tienden a creer en mitos, que acaban convirtiéndose en ídolos, porque están convencidos de que su mito particular –que acostumbra a ser único– es el verdadero y, además, lo consideran real, es decir, sensorial, histórico, asimbólico. Se deleitan entonces con desmedida complacencia en todo cuanto consideran propio y repudian, en general de forma violenta, lo que les es ajeno”.
Ese mismo autor nos recuerda algo a lo que nos enfrentamos cotidianamente en redes sociales con fanáticos: “A mi parecer, el narcisismo y el fanatismo nacen cuando no se es capaz de escuchar o de leer libros diferentes ni de admitir que el otro posee o puede poseer valores que tal vez sería bueno adoptar; se originan cuando no es posible aceptar la autoridad ajena, es decir, cuando no es fácil reconocer que podemos adoptar algún producto que no hemos construido nosotros, cuando no podemos recordar y tener presente que hay cosas que han sido producidas por otros”.
La pregunta que surge, entonces, luego de leer los párrafos anteriores, en un intento para comprender qué es el fenómeno del fanatismo, tiene que ver con la manera correcta para detectarlos, en particular en un ambiente tan polarizado como el que vive nuestro país.
Juan Pardinas, en un texto publicado en el portal de CIDAC, nos ofrece algunos puntos en este sentido: “El primer síntoma para detectar a un fanático es su visión del mundo en alto contraste. El fanático es un daltónico incapaz de reconocer grises y claroscuros, sus ojos lo miran todo en blanco y negro. Quien padece la enfermedad interpreta la realidad como una disputa permanente entre buenos y malos”.
Pardinas completa la idea con algo que vemos reflejado en el actual gobierno de la 4T al señalar que “los fanáticos son excelentes soldados, pero no tienen madera para ser políticos. Están dispuestos a sacrificarlo todo con tal de avanzar su causa, pero son incapaces de sentarse a tomar un café con sus antagonistas”.
Y en este sentido, propone un par de medidas para evitar caer en el fanatismo y combatirlo.
“El primer antídoto es la imaginación. Aquel que puede imaginar un futuro distinto jamás arriesgaría su vida o su capital político en una apuesta por el presente inmediato.
“El sentido del humor es la segunda vacuna. El fanático es muy capaz del sarcasmo hiriente, pero jamás podrá reírse de sí mismo o de su causa. Ser un buen fanático es un asunto serio y solemne.
Como dice un buen amigo, no todos los estúpidos son solemnes, pero todos los solemnes son estúpidos. Un fanático no puede celebrar un chiste con una carcajada. El último antídoto y el más efectivo es la capacidad de caminar en los zapatos del enemigo. Quien por un instante puede ver la realidad con los ojos de su antagonista está inmunizado contra el fanatismo”.
Finalmente, hay que recordar lo que escribió Voltaire al respecto, “la única arma que existe contra este monstruo es la razón. La única manera de impedir a los hombres ser absurdos y malvados es ilustrarles. Para hacer execrable el fanatismo no hay más que pintarlo”.

