Creemos en la política como un ejercicio racional. Confiamos en que sirve para conciliar posiciones opuestas, que organiza políticas públicas a favor del ciudadano. Creemos esto a pesar de múltiples ejemplos que muestran a la política como práctica visceral, emotiva, fuera de toda razón. El histérico nazismo, el nostálgico fascismo, el nacionalismo romántico, la ilusoria fraternidad del comunismo igualitario: todos estos movimientos han apelado a la política como emoción manipulable. La política como espectáculo, común en nuestro tiempo, tiene también su origen en veneros irracionales.
La elección de Donald Trump tuvo como uno de sus resortes más poderosos el enojo de los votantes, la ira de la población blanca contra las minorías. El político, creemos, debe apaciguar las pasiones de los pueblos. No así Trump, él busca exacerbar las contradicciones sociales para captar la atención del público. Vemos que baja en las encuestas.
Que los jueces rechazan sus decretos. Que los medios liberales lo vapulean a diario. Todo esto nos hace pensar ingenuamente que no terminará su mandato. Que el Bien vencerá al Mal. No nos detenemos a considerar: ¿y si está buscado otra cosa?
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