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Los sábados, Vânia Maria da Silva no necesitaba levantarse tan temprano como de costumbre para preparar el desayuno. Denílson, el menor de la familia, de 13 años, se encargaba de servírselo en la cama. Pero este ritual entre madre e hijo terminó el pasado 9 de marzo.


Denílson sufrió abusos sexuales de su entrenador de fútbol, y al intentar resistirse, acabó brutalmente asesinado.


El crimen ocurrió en los alrededores de São Lourenço da Mata, a menos de ocho kilómetros del Arena Pernambuco, un estadio construido para la Copa del Mundo del 2014. “Un hijo en un cajón. Ese es el legado que la Copa me dejó”.


El mismo año en que Brasil fue sede del Mundial se firmó un pacto para prevenir atrocidades como la que golpeó a la familia de Vânia. El 27 de mayo del 2104, a las 12 horas y 40 minutos, el entonces presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), José Maria Marin, firmó un documento en el que la entidad se comprometía con el Congreso Nacional a adoptar 10 medidas para combatir el abuso sexual y el tráfico de menores en los clubes y en las escuelas de fútbol. Sin embargo, más de dos años después de esa firma, se siguen registrando casos de abusos en las categorías inferiores y el pacto todavía está en el papel.


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