Damien Chazelle, un joven cineasta y guionista nativo de Rhode Island que cuenta con 32 años de edad, volvió a hacer de las suyas. En 2014 dio mucho de qué hablar con su segundo largometraje “Whiplash”, en que narra las peripecias de un estudiante de jazz, quien se confronta con su abusivo instructor. La película se llevó tres premios de la Academia de Arte y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, siendo apenas una probadita de lo que Chazelle podía ofrecer a las audiencias.
Dos años más tarde creó “La La Land”, una película con una trama aparentemente simple. Se trata de un musical en la que el jazz -otra vez- sirve para ambientar una historia de amor entre Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling). En una suerte de homenaje a los musicales, por momentos remite a clásicos como “Cantando bajo la lluvia” o bien “Un americano en París”. Sin embargo, esa comparación es apenas una referencia de la que “La La Land” se desprende con frescura. La música, que siempre es fundamental, pero sobre todo en un largometraje de este tipo, se basa en creaciones originales: vaya no es la típica banda sonora de George Gershwin. Por otra parte, los protagonistas, que no se distinguen por ser bailarines, imprimen gran espontaneidad a sus caracterizaciones -el propio Gosling comentaba que para poder encarnar a Sebastian, hubo de aprender a bailar tap y a tocar el piano-, lo que los acerca al espectador.
En “La La Land”, Mia es una actriz en ciernes, quien acude a distintos castings donde jamás logra que la contraten. Sebastián, por su parte, es pianista en un restaurante donde se frustra al querer interpretar las rolas que le apasionan, mientras el dueño del lugar le pide tocar las melodías que escuchamos en centros comerciales. Cuando Mia y Sebastian se conocen, es previsible que terminarán enamorados, apoyándose en la concreción de los sueños que tienen. Su relación los ayuda a crecer, si bien las frustraciones personales subsisten. Mia toma la decisión de montar una obra teatral, un monólogo, al que asisten muy pocas personas y justo cuando está por tirar la toalla, una cineasta que presenció su actuación en el teatro, decide contratarla como protagonista de su próxima película. Y de ahí para arriba. Sebastian, por su parte, en aras de apoyar a su amada, toma los empleos más engorrosos que le permitan tener la solvencia económica para tener una vida digna. ¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? Es la pregunta recurrente en esta película.
Cuando Mia es contratada para protagonizar el largometraje que la lanzará al estrellato, debe tomar una decisión: seguir su instinto y dar rienda suelta a su pasión por la actuación, o bien, permanecer al lado del frustrado Sebastian. Ella opta por lo primero.
Al paso de los años vemos nuevamente a los protagonistas. Mia, es toda una actriz consolidada, felizmente casada, que por esas cosas del destino, arriba, con su marido, a un bar de jazz, mismo que resulta ser propiedad de Sebastian. Ni Mia ni Sebastian cruzan palabra alguna en esta ocasión, sólo unas cuantas miradas en las que rememoran su relación, pero igualmente se muestran satisfechos con sus logros profesionales. No podemos tener todo en la vida, parecen sugerir ambos caracteres.
“La La Land” es una película que gusta a las audiencias porque todos en nuestras vidas hemos pasado por los dilemas de los protagonistas. A todos nos han bateado, todos nos hemos frustrado al no poder llegar a donde queremos, amén de que hemos debido tomar decisiones, muchas de ellas dolorosas. Pero también, cuando las cosas resultan bien, las disfrutamos. Esta película fue especialmente del agrado del gremio artístico, mismo que no vaciló en entregarle la cifra récord de siete Globos de Oro -es decir, en todas las categorías en que se le nominó, ganó-, amén de contar con 14 nominaciones a los premios Oscar, perfilándose como la gran favorita para la noche del próximo 26 de febrero.
Recomiendo no sólo la película, sino la música, que, se agradece, no es interpretada ni recreada por Kenny G.

