El mundo ha sido tomado por sorpresa en muchos sentidos. Por ahora la atención se centra en la política y particularmente la manera como propuestas extremas han ganado ascendiente y acceso al poder institucional. La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea no es un evento, sino una secuela de acontecimientos donde el populismo de derecha cobra el mayor relieve en la definición del futuro. El arribo al poder de Donald Trump es otro capítulo, sin duda el más relevante, de este proceso.
Lo disruptivo no solo está en la política, también se hace presente en la economía, en la tecnología, en lo social. La revolución tecnológica ha ido transformando de manera profunda a las sociedades y a las naciones. Aquí lo hemos dicho, la comunicación ha ingresado a un nuevo paradigma, un desafío para la política, el gobierno y también para las instituciones propias de la democracia representativa. Un nuevo ciudadano emerge, a la vez de que el mundo digital abre nuevos derroteros a la participación y a la comunicación política.
En lo político no deja de ser sorprendente que los países más avenidos a la democracia liberal y ganadores en la defensa de la democracia contra el totalitarismo, como Inglaterra y Estados Unidos, sean en los que el populismo nacionalista haya cobrado mayor fuerza. Lo que ahora se asume desde el poder es el desconocimiento a ese legado donde la libertad y su negación cobraban referencia en un muro que dividía a familias de una misma nación. Un contraste lo es hoy Alemania, que se reafirma como el país con mayor vocación liberal y más apertura a los nuevos tiempos del mundo y de la civilización contemporánea. Más que los modelos, las actitudes de la clase política y de su ciudadanía muestran un mar de diferencia y eso tiene que ver con la capacidad de cada nación de aprender de su historia.
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