Para el muro, el turismo; para la depresión, igual

Para el sector turismo de Estados Unidos los mexicanos ocupamos el segundo lugar por número de visitas, el cuarto en derrama económica. Hace 3 años, turistas nacionales dejaron allá 10 mil 500 millones de dólares, únicamente los canadienses, japoneses y británicos gastaron más que nosotros.


No viajemos a Estados Unidos. Viajemos por México. Esa misma cantidad de dinero inyectémosla a la industria turística nacional. Borremos de nuestra lista de destinos a Miami, Los Ángeles, los parques de Disney, Las Vegas o Nueva York. Incorporemos Barrancas del Cobre, Cañón del Sumidero, Riviera Maya o la nayarita, los pueblos mágicos y los patrimonios culturales propios que superan con creces a los del otro lado.


Viajar por México debería ser un antidepresivo nacional. Para este año el país espera la llegada de más de 34 millones de visitantes, ocupamos el noveno sitio en el mundo como destino turístico. El sector es el primer empleador de jóvenes y el segundo de mujeres a nivel nacional. En temporada baja, el turismo nacional ha crecido 8.4 por ciento, indicador casi cuatro veces superior a la media económica nacional.


Para nuestra salud emocional, los atractivos turísticos mexicanos son la reiteración multidimensional de nuestra grandeza como pueblo. Muy por encima de los discursos por la unidad, lanzados desde el desprestigio político, o de las mamarrachadas de protestas en Nueva York con mapas antiguos; las imágenes de nuestras maravillas naturales, de nuestra calidez y calidad, reconocidas por propios y ajenos, reconfortan, reconcilian, animan.


El muro de la ignominia de Trump, por tramos y en donde la naturaleza lo permita, va. ¿Quién lo pagará? Es pura retórica. Que nunca el gobierno mexicano extenderá un cheque por concepto de obra está clarísimo. Que Trump puede vía impuestos, tasas y demás herramientas hacer que terminemos por pagarlo, es tan posible como que mañana salga el Sol.


El otro muro, la gran muralla invisible más alta y dañina, viene por el comercio binacional con afectaciones económicas importantes al sector exportador mexicano, con la fuga de capitales y la venta de papeles gubernamentales en mercados globales que nos pega por debajo de la línea de flotación en nuestra moneda y eso en el costo sobre importación de gasolinas que México ya no refina, y un largo etcétera.


Más que no comprar uno o cien automóviles marca Ford, aquellos que pueden hacer una cosa o la otra, mejor no vayamos a Estados Unidos. Doble efecto: se lo restamos al sector turístico gringo y se lo sumamos al interno, de cuya derrama económica el 85 por ciento se queda en empresas mexicanas.


Si la flotante moneda nacional atrae a más visitantes, qué mejor. Que el trabajo administrativo y político se concentre en apoyar al sector turismo, con infraestructura, con seguridad, con acuerdos y promoción. Ésa es mejor respuesta, más inmediata y más patriota.



 


Este artículo fue publicado en La Razón el 17 de enero de 2017, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

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