Hoy se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa y México no tiene mucho que festejar. El presidente Andrés Manuel López Obrador ha dejado claro que no respeta a los medios que no están con él, que lo cuestionan y que tienen ese terrible hábito de comparar la realidad con sus discursos.
En el gobierno de la 4T, el periodismo mexicano está bajo acecho y la relación con el Ejecutivo está cada vez más deteriorada. En lugar de buscar puentes, el mandatario ha hecho lo siguiente:
1.- Creación del periodismo de caricatura. Como nunca antes —frase que le encanta usar al Presidente— se le han abierto las puertas a seudoreporteros que dicen trabajar en medios digitales del calibre de Lord Molécula Oficial, Bajo Palabra, Gurú Político o simple y sencillamente tener su propio canal de YouTube o su blog. Con esas excepcionales credenciales han logrado un lugar en la mañanera para hacer preguntas a gusto del Ejecutivo, criticar a los que sí son reporteros o medios serios o llevar preguntas que alguien les hace para leerlas —y a veces mal—.
Perfectamente identificados, estos infiltrados se han vuelto una caricatura del periodismo. Más que hacer preguntas hacen comentarios llenos de lisonjas. Si algunos reporteros comienzan a hacer preguntas que ponen nervioso o molesto al tabasqueño, inmediatamente ellos salen al quite con alguna pregunta fuera de lugar.
2.- El abandono de los periodistas a su suerte. Tanto en campaña como en funciones, López Obrador se comprometió a proteger a los periodistas para que “puedan llevar a cabo su trabajo con absoluta libertad, sin miedo, sin temores”. Esto no ha sucedido. De 2000 a la fecha, Artículo 19 ha documentado 132 asesinatos de periodistas en México, en posible relación con su labor. Del 1 de diciembre de 2018 al 30 de marzo del 2020, la organización lleva contabilizados 12 asesinatos.
3.- El falso derecho a réplica. Cuando una persona considera que fue perjudicada por cualquier información escrita o gráfica, tiene derecho a que se difundan o se publique cualquier aclaración, esto por supuesto en el mismo medio. El Presidente no manda cartas, sino que utiliza toda la fuerza del Estado para quejarse de alguna publicación. Cuando algo no le gusta, recurre a las conferencias mañaneras que son transmitidas a millones de personas. Él no quiere realmente que el medio aclare, quiere castigarlo, condenarlo, ridiculizarlo, advertirle que se pone con Sansón a las patadas; es echarlo a las fauces de sus seguidores para que éstos hagan el trabajo sucio.
4.- La estigmatización de los periodistas. El Presidente quiere un periodismo que “defienda al pueblo” o, para mejor interpretación, que lo defienda a él, que no lo critique, que justifique hasta sus acciones más guajiras. Como esto no sucede porque la realidad es una fifí intransigente, rompe relaciones con todos. El 22 de abril señaló: “No hay en México un periodismo profesional, independiente, no digo objetivo, porque eso es muy difícil, la objetividad es algo muy relativo, pero ético, estamos muy lejos de eso. Es parte de la decadencia que se produjo. Y lo mismo la radio, lo mismo la televisión. No generalizo, pero sí, no supieron entender la nueva realidad, le siguieron con lo mismo”. Según él todos, o la gran mayoría de los medios están en su contra, nadie lo quiere, todos lo odian. Son fifís, neoliberales, conservadores, sepulcros blanqueados y lo que se acumule.
López Obrador siempre podrá decir que cualquiera va a poder ejercer su libertad de expresión, pero eso no debería considerarlo una concesión, sino como un derecho ganado que, ahora más que nunca, se sigue defendiendo con desesperación.
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