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Uno de los mayores placeres de la desescalada es poder salir sin cartera. Como si de un desafío a la vieja normalidad se tratara, durante las horas estipuladas por decreto, y con muchas grandes ciudades todavía inmersas en la fase 0, nos hemos visto animados a tirarnos a las calles con espíritu idealista y sin el afán de comprar, gastar o sentir que únicamente nos movemos para engranar la rueda de la productividad. No todos han recibido esta medida de alivio con optimismo. «Yo es que salir a pasear así, sin objetivo ninguno, pues no lo veo. Así que sigo sin salir. Ya cuando se puedan hacer cosas, hablamos», tuiteó el periodista Quique Peinado –luego lo borró–, generando un polarizado debate entre los que se sentían identificados con el hastío que les producía la idea de vagar por las calles sin rumbo y los que se horrorizaron ante esto de entender el ‘yo’ como un sujeto medible y de provecho en la comunidad.

¿Por qué a algunos urbanitas les da bajona la idea de pisar la calle si no pueden hacer nada? ¿Qué ha fallado para que el paseo sea entendido como un simple medio o herramienta para llegar a algo? No es que los alérgicos a salir mientras las tiendas y las terrazas sigan cerradas sean unos desalmados con sangre de horchata, es que las ciudades en las que habitan no se planificaron para motivarles a hacerlo si no iban, precisamente, a consumirlas. Ahí están todas esas colas monumentales en centros comerciales de París y Lyon para entrar en Zara el primer día que podían hacerlo. Nos abrieron las calles y solo supimos salir a comprarlas.

Si el confinamiento expuso la precariedad salvaje de un país sobreviviendo en minipisos sin balcones ni luz ni pasillos por los que transitar, la desescalada ahora nos muestra las grietas de unas urbes en la que, sin sitios en los que tirar de tarjeta, dejaron como apetecibles a cuatro avenidas y paseos con árboles en los que hacer malabares para mantener la distancia social. Siendo mujer, además, esta cosa de deambular por la urbe siempre tuvo un plus de dificultad.

Reivindicar a la ‘paseante incómoda’

«Necesitamos ser, volver a ser, flâneuses. Debemos seguir siendo paseantes incómodas». Lo reivindicó Anna María Iglesia cuando escribió su ensayo/manual cultural de insubordinación femenina en La revolución de las flâuneuses (Wunderkammer, 2019) y recopiló aquella lista de mujeres y colectivos femeninos ilustres (Emilia Pardo Bazán, Flora Tristán, Luisa Carnés, Clara Campoamor o Las Sinsombrero, entre otras) que se reivindicaron como sujetos críticos frente a ciudades que habían convertido a las mujeres en objetos de consumo para la mirada masculina. Mujeres que querían ocupar su espacio en las calles, solas, por el simple gusto de hacerlo. Mujeres que querían divagar por la urbe como hacían los grandes pensadores (hombres) y no utilizarla únicamente para cargarse con la compra porque era en la jaula del hogar donde sí podían recibir visitas. Mujeres que querían poder abstraerse y reflexionar en las calles sin tener que estar hipervigilantes y temerosas de ser increpadas o asaltadas. Hoy en día, colectivos como Ontologías Feministas realizan talleres como Strolling you down, donde trasladan este espíritu de las flâneuses a lo digital y ofrecen herramientas útiles y planes de acción concretos para reconocer a los abusadores y acosadores y defenderse de ellos en esa otra esfera al hacer scroll. En nuestras calles de la vida real, las ciudades también siguen sin estar pensadas o planificadas para que las mujeres las disfruten sin trabas, sin sobresaltos y de forma apacible.

Más información: https://bit.ly/3dNtrjj

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