Un presidente perfecto

Una constante en la defensa que sus simpatizantes hacen del presidente López Obrador –y el último ejemplo ocurrió con nuestra compañera de página, Orquídea Fong–, es que más allá de razones, lo que se argumenta –es un decir– es que no se puede criticar al titular del ejecutivo federal, aún y cuando esté lejos de cumplir muchas de sus promesas de campaña o exhibir logros concretos como cabeza de un gobierno.

Perfectamente…

Todavía se recuerda la manera en que se criticaba a mandatarios como Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y demás sucesores. Enrique Peña Nieto sufrió como pocos los señalamientos en redes sociales, y qué decir de Fox o Calderón que fueron caricaturizados al exceso.

En ningún momento se vio a panistas o priistas pidiendo que no se criticara a sus presidentes, pues incluso esos mismos militantes reconocían los errores cometidos; actualmente, hay señalamientos desde el propio gobierno, como lo prueba la grabación dada a conocer con las palabras de Víctor Manuel Toledo y sus críticas a la 4T o lo dicho por Porfirio Muñoz Ledo o Carlos Urzúa, entre otros personajes que han acompañado en su ruta política al actual mandatario.

Pero en redes sociales hay una tendencia muy fuerte de parte de “textoservidores” –como muchos de ellos se referían a quien defendía gobiernos anteriores– que tratan de defender a su presidente de una manera que reta cualquier indicio de sentido común.

Y  es que si el presidente fuera perfecto, se entendería la mención a que no se le puede criticar, pero él no es así y sin importar la realidad se trata de utilizar esto como el único argumento para descalificar a aquellos que piensan distinto.

Así, tenemos a quienes dicen que no se puede señalar nada negativo de López Obrador y su administración porque quien lo hace es parte del PRIAN, la mafia del poder, los conservadores, fifís y otros adjetivos con los que se trata de esconder los desaciertos del Ejecutivo federal. López Obrador se cansó de criticar a Fox, Calderón y Peña y nadie lo intentó callar con el argumento de que era del otro bando y por eso lo hacía.

Otra manera de tratar de acallar la crítica, es recurrir al expediente de que la derecha golpista busca a cualquier costo derrocar a su presidente, buscando tapar con esto la crisis económica, de seguridad y de salud que traemos a cuestas.

Pero en los dos sexenios anteriores se pidió la renuncia de los presidentes en turno y nadie habló de golpismo o prácticas similares.

Un detalle curioso es que muchos de quienes denuncian a la derecha golpista –y que entendemos se asumen como de izquierda– lo hacen desde la comodidad de sus residencias, en zonas de clase alta y enviando mensajes desde sus iPhone, algo que no demerita sus observaciones, pero que sí muestra una incongruencia.

La propaganda utilizada como parte de la estrategia de gobierno, busca desviar la atención de los problemas que aún enfrentamos, utilizando para ello prácticas que combinan el amedrentamiento con la búsqueda de apabullar las voces incómodas con supuestos argumentos que en realidad están vacíos.

No se puede entender de otra manera la forma en que se enfrentan temas como las protestas de mujeres por la violencia que sufren, el desabasto de medicinas –especialmente para niños con cáncer–, las más de 60 mil muertes por el Covid-19, la inseguridad que ha provocado linchamientos en el transporte público, el desempleo que se incrementó este año, el bajo crecimiento económico, la oposición de comunidades indígenas al Tren Maya, las pérdidas de Pemex, el rechazo a recibir a Javier Sicilia o la negativa a escuchar las propuestas de Cuauhtémoc Cárdenas.

Ante cualquier crítica, siguiendo el guión que les proporcionaron, los defensores de la 4T repetirán aquello de que se quiere volver a la época de privilegios, que se quiere regresar al pasado corrupto o que aún les duele la derrota –aunque a ellos les duela más una victoria que no puede traducirse en buenos resultados–.

La propia actitud del presidente marca la pauta, pues en sus mañaneras dedica bastante de su tiempo a hablar de sus adversarios o soltar ocurrencias que no tienen sustento, como llevar a consulta si se enjuicia a expresidentes en lugar de presentar las denuncias correspondientes y –algo que parece no conocer López Obrador– las pruebas necesarias para que se haga justicia.

Asimismo, se tiene que mencionar que si realmente fuera un presidente perfecto, no tendría necesidad de defenderse o buscar que su legión de fanáticos lo haga, pues asegura tener 70% de apoyo entre los ciudadanos, pero se enoja que no hablen de una rifa de la cual no se han vendido ni la mitad de los cachitos. Dice que lo apoyan 30 millones de votos, pero se queja de que es el presidente más atacado de todos los tiempos en México.

No se trata de pedir la renuncia del actual presidente, sino que empiece a gobernar para todos y no sólo para su círculo cercano, que cumpla sus promesas de campaña –en especial acabar con la corrupción, incluso de miembros de su partido– y –como prometió el día mismo de la elección– buscar la reconciliación.

Sabemos que no es un ser perfecto, que es alguien con defectos y virtudes, pero no es aceptable que lo intenten defender negando la posibilidad de disentir y señalar sus errores.

No es perfecto, pero se acerca mucho a ser alguien perfectamente incapaz.

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