Otro informe y la misma realidad

El presidente presenta su segundo informe de gobierno y lo promociona con una serie de spots en los que utiliza frases y conceptos de sus spots de campaña. No podía ser de otro modo, Andrés Manuel López Obrador© sigue en campaña. Ahora va por la elección intermedia. Nunca más importante para él que conseguir el triunfo de Morena a fin de poder seguir ejerciendo el poder sin cortapisa alguna.

Cada spot está orientado a ganar adeptos, no a satisfacer el interés ciudadano por conocer el estado de del país, y las estrategias que plantea para sacarlo de la crisis en la que se encuentra.

Su presidencia, como sus “mañaneras” no están planeadas, no tienen guion, ni orden ni concierto. Lo único que importa es mantener su nombre presente en todos los medios, es llenar el espacio de palabras sin sentido, sin verdad, carentes de sustancia para distraer la atención del respetable cuyo descontento crece ante la falta de resultados positivos y la evidencia de desastres provocados por la acción gubernamental que ha dejado de tener como objetivo al ciudadano y se centra en la satisfacción de los caprichos de quien gobierna, y quien en la proclama es humilde y en el actuar soberbio; quien se dice demócrata y ejerce de tirano.

Ilustración: Oswaldo Dumont.

Necesita la mayoría para seguir avanzando en el debilitamiento institucional para consolidar su fuerza personal y la de sus allegados y cómplices. Por ello su interés en seguir siendo popular, en seguir contando con la aceptación de las mayorías a las que engaña o cree engañar con su palabrería y sus sentencias.

Nadie niega la popularidad del presidente, pero ya no resulta tan confiable, ni tan creíble. Su falta de sensibilidad ante el dolor humano, sus prejuicios, sus dogmas, sus desatinos, sus mentiras, sus imprecisiones, sus errores, sus medidas carentes de sustento, su desfachatez, su cinismo ante la corrupción de los servidores públicos de su gobierno y la de su familia, empiezan a calar con hondura en el ánimo de la gente

Las argucias de los legisladores de su partido y sus allegados para torcer la ley, para violarla o para crear nuevas que vulneren los derechos de los ciudadanos, que atenten contra su patrimonio, su salud o su bienestar, incomodan a quienes creyeron que votaban por un demócrata.

Este martes el presidente, desde palacio nacional, habrá de leer su informe. Asegura que 96 de sus compromisos están cumplidos, aunque desconocemos la forma en la que habrá de demostrarlo. No puede seguir ocultando la corrupción de su gobierno, las compras sin licitación, los sobreprecios, las entregas de dinero a su hermano, las declaraciones patrimoniales falsas de su gabinete y tantos hechos más que demuestran que el discurso no alcanza a borrar la realidad, ni la cambia ni la trastoca.

“Primero los pobres” fue uno de sus lemas de campaña y el número de ellos aumenta, no sólo por la crisis a la que nos orilla la pandemia, sino por la falta de políticas públicas orientadas a mejorar sus condiciones de vida.

La inseguridad y la violencia crecen sin control y sin castigo, y no es el hambre el origen de éstas, ni en el hambre se sustenta el aumento de grupos criminales. Este es un diagnóstico falso. La corrupción y la impunidad están detrás de cada homicidio, de cada feminicidio, de cada desaparición forzada, de cada asalto, de cada fraude, de cada atentado callejero, de cada niña violada.

La realidad está fuera de Palacio Nacional, no la describen las prédicas matutinas del poderoso, ni la alteran. Ella le abofetea en el rostro ante cada acto de funambulismo verbal y cada acción avalada por su capricho y solapada por sus cómplices de blanda cerviz y ambición desmedida.
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