“Creo que no estaría aquí si no fuera por las redes sociales”, decía Donald Trump en una entrevista reciente con el programa 60 Minutes, de la CBS, poco antes de darla por concluida ante de tiempo al sentirse molesto con las preguntas de la entrevistadora. Como explica a Verne Cristina Monge, politóloga de la Universidad de Zaragoza, resulta imposible saber qué habría pasado en 2016 en un universo paralelo sin su cuenta de Twitter, sin los memes de la alt-right y sin los bulos de Facebook. Tampoco podemos saber en qué medida influirán las redes en las elecciones presidenciales del próximo 3 de noviembre. Pero, según Monge, no hay duda de que estas plataformas “le han ayudado muchísimo”, sobre todo a “construirse como un personaje provocador” y a mantener una imagen de persona ajena al establishment político.
Aunque Trump hablaba de las redes en general, a él se le ha identificado especialmente con Twitter, donde ha compartido mensajes políticos, memes, insultos, y también, información que la propia plataforma ha calificado de dudosa. Estas son algunas de las claves acerca de cómo usa el presidente su red social de preferencia.
Una cuenta personal y no institucional
En enero de 2017, Donald Trump tomó posesión del cargo de presidente de Estados Unidos y, al mismo tiempo, de la cuenta oficial de la presidencia, @potus. Sin embargo, decidió seguir usando su perfil personal, @realdonaldtrump, para enviar sus mensajes. En ese momento, su cuenta tenía más de 20 millones de seguidores. Casi cuatro años más tarde suma 87 millones (frente a los 11,5 de Joe Biden, el candidato demócrata). @potus se ha quedado en 31,9 millones y se dedica, sobre todo, a retuitear mensajes de la cuenta personal de Trump.
Su récord de tuits en un día fue de 200, incluyendo retuits. Fue el 5 de junio de 2020, durante las protestas por el racismo y la brutalidad policial que siguieron a la muerte de George Floyd a manos de un policía blanco. El récord anterior era de “solo” 142 tuits, el 22 de enero de 2020, durante el proceso de impeachment iniciado contra él.
Según Statista, su ritmo de tuiteo lleva acelerándose desde 2018. Ese año tuiteaba o retuiteaba de media menos de diez veces al día, cifra que dobló en 2019. En lo que llevamos de 2020 ya lleva más tuits que en todo el año pasado, con una media de 34 diarios, cifra que va creciendo conforme nos acercamos a las elecciones. Según los medios estadounidenses, Trump tuitea personalmente al menos gran parte de los mensajes que envía por las mañanas, aunque muchos otros tuits los escribe Dan Scavino, director de redes sociales de la Casa Blanca.
Miquel Pellicer, profesor de Comunicación Corporativa en la Universitat Oberta de Catalunya y autor de La comunicación en la era Trump, recuerda que Twitter es “una herramienta más” en la estrategia del presidente. Su maquinaria propagandística, explica, ha tenido continuidad desde su época de personaje televisivo y empresario mediático. Es decir, “es alguien que conoce muy bien a su audiencia”. Twitter y Facebook pueden haber sido útiles, explica el profesor de la UOC, pero no necesariamente fundamentales: “Al final forman parte de un ecosistema comunicativo y todo suma para su causa”. Pellicer también añade en este ecosistema a medios afines, como Fox y el New York Post, con sus recientes y discutidas filtraciones acerca de los negocios del hijo de Joe Biden en Ucrania.
El control de la conversación
“Trump usa las redes sociales para controlar el ciclo de la información”, contaba en Twitter George Lakoff, profesor de Lingüística en la Universidad de California y autor de No pienses en un elefante. En enero de 2018, Lakoff detalló las cuatro estrategias de Trump en Twitter: el marco preventivo —ser el primero en dar un marco a una idea—, la distracción —desviar la atención sobre los asuntos reales—, la desviación —atacar al mensajero— y el globo sonda —poner a prueba la reacción pública.
Se trata de una técnica que Monge identifica con Steve Bannon, exasesor del presidente estadounidense, y que han adoptado otros líderes de la extrema derecha populista como el brasileño Jair Bolsonaro o, en España, Vox. El objetivo es enviar el mensaje sin filtros ni intermediarios, acusando además de falsedad a medios y periodistas.
Pellicer coincide en que el mensaje de Bannon y Trump tiene puntos en común con el de los partidos de derecha populista de otros países. Menciona, por ejemplo y entre otros factores, la búsqueda de enemigos (como los inmigrantes y refugiados), el discurso antiestablishment (“a pesar de que Trump ha sido establishment toda su vida”) y el mensaje antiliberal, que apuesta por liderazgos fuertes y autocráticos.
¿Y nos hemos acostumbrado a este estilo de tuiteo? ¿Hemos generado algún tipo de inmunidad a estos tuits llamativos que Trump publica cada mañana? Cristina Monge explica que los medios han intentado recobrar al menos en parte este control de la agenda, pero no es tan fácil, entre otras cosas porque Trump es el presidente de Estados Unidos y, por tanto, no se puede ignorar lo que dice. La politóloga recuerda que un posible punto de inflexión tuvo lugar en agosto de 2018, cuando más de 300 periódicos publicaron un editorial conjunto en defensa de la libertad de prensa frente a los ataques de Trump contra los medios de comunicación.
Insultos y mensajes negativos
Según un análisis de The New York Times publicado en 2019, de los primeros 11.000 tuits de Trump como presidente, más de la mitad eran ataques a otras personas. Según otro análisis de Vox (el medio de comunicación, no el partido), casi la mitad de sus tuits de la campaña electoral de 2016 tenían un tono negativo y solo una cuarta parte eran positivos. Trump también dedicaba más tuits a medios de comunicación que a sus propias ideas políticas.
Por ejemplo, le dedicó uno de sus sarcasmos a Greta Thunberg, que se apropió del insulto que le tuiteó el presidente y se lo puso temporalmente en la descripción de su perfil. Algunos de estos insultos se los ha llevado Saturday Night Live, donde el actor Alec Baldwin le imita desde la campaña anterior. El presidente ya catalogó en diciembre de 2016 a estos sketches de “malos”, “parciales” y “nada divertidos”. Dos años más tarde aseguró que la carrera de Baldwin estaba acabada y solo se había salvado por estas imitaciones. Un año después aún insistía en que el programa no tenía gracia.
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