Ayer mismo, Estados Unidos hizo oficial su salida del Acuerdo de París. Ya lo había anunciado Donald Trump hace un par de años, porque no le importa el medio ambiente y porque cree que el cambio climático “es un invento de los chinos”. En los hechos es un enamorado de las energías fósiles.
Esto describe a quien gobernó una de las mayores potencias del mundo en los anteriores cuatro años. En el fondo es un tipo aldeano y con poca capacidad para comprender la globalidad, sus riesgos y sus oportunidades.
La ciencia le molesta. No tolera contradicción alguna a lo que piensa y los expertos son para él peligrosos y farsantes. Su desempeño ante la pandemia desatada por el Covid-19 es por ello, uno de los más desastrosos.
La democracia no está entre sus prioridades y solo la vio como un instrumento para llegar al poder. Por eso está dinamitando la credibilidad electoral de su país, donde durante años se votó por correo y donde no existe documentación de fraude alguno.

El éxito de Trump es su banalidad, pero ello distorsiona a la democracia misma y a sus sistema de libertades.
El daño causado es bastante alto, y por ello es tan importante que Joe Biden lo derrote.
Cuando termine la disputa electoral, si los resultados le dan la victoria al candidato demócrata, habrá un arduo trabajo por delante.
Joe Biden gobernará un país dividido, con grupos ultraderechistas armados y con protestas contra el racismo en las calles. El odio se apoderó del ambiente y ello se debe, en gran medida, a las falsedades y a las provocaciones cotidianas de Trump.
Biden puede hacer una gran diferencia tan solo con no mentir. Trump no tiene empacho en conducirse con falsedades e inclusive el plantear una realidad alternativa que solo existe en su cabeza, pero que inspira la radicalidad de sus seguidores.
Restaurar el discurso de Estado, con todo lo que ello implica, puede funcionar para dar oxígeno y propiciar un debate que promueva el conocimiento y que se ocupe de las decisiones de importancia.
Otro aspecto en el que el próximo presidente podría ayudar, sin mayor esfuerzo, es en el de respetar a la prensa y el papel que juega en una sociedad de libertades y derechos.
Los medios de comunicación de Estados Unidos, en su mayoría, vienen de años de trato duro con la Casa Blanca y de descalificaciones constantes desde el Despacho Oval.
Sin duda hay que reconocerles su tesón y que nunca renunciaron a su deber de inspeccionar al poder, de revisar las gestiones y de establecer equilibrios por medio de la información.
Todo habría sido mucho peor en los Estados Unidos sin las denuncias puntuales de los grandes diarios y sin las revelaciones de sus periodistas.
Los próximos años no serán sencillos, pero Biden tiene en sus manos la posibilidad de restaurar la confianza, de reconducir la vida institucional y de sujetar al gobierno a los rigores del análisis y de las evidencias.
Ese será el mandato de Biden, ya que, los hechos y en las urnas, los ciudadanos habrían ejercido el mayor de sus derechos: correr a un muy mal presidente.

