Puros resentimientos

Es lógico que, ante la falta de resultados tangibles y de capacidad de comunicar lo que se está haciendo, se prefiera buscar algunos distractores para que no se discuta la ausencia de acciones de gobierno, pero el problema viene cuando esos distractores vienen de un resentimiento que se trae arrastrando desde hace años y que no se ha logrado superar.

No somos nada

¿Por qué un gobernante, en especial alguien con millones de votos que lo respaldan, elegido democráticamente y que representa la esperanza para muchos de un cambio verdadero, ocupa su tiempo en pelearse con sus adversarios, supuestos o reales?

En otros países, eso representaría un verdadero escándalo y la oposición, con justa razón, llamaría a cambiar de actitud o, de lo contrario, a buscar a alguien que deje de lado los pretextos y se ponga a gobernar.

Pero en México, ese es el pan de cada día.

Y es que, ante la falta de resultados, de promesas de campaña cumplidas –y debidamente comprobadas–, de acciones de gobierno que atiendan la necesidad de todos los mexicanos, lo que tenemos es una muestra de que puede más el resentimiento acumulado que la altura de miras de quien debería estar trabajando para ocupar el lugar que tanto presume que desea tener en las páginas de la historia.

No se quiere reconocer al ganador de la elección presidencial estadounidense, porque aún no se le declara oficialmente presidente electo, está bien, pero por qué sacar la historia de la supuesta cargada que hicieron, en su muy particular interpretación, cuando reconocieron a quien triunfó en los comicios de 2006 en México y decir que le robaron la elección.

Y no es la única ocasión que se ocupa el tiempo de una conferencia oficial, como parte de la estrategia de comunicación de la presidencia de México, en que se menciona el tema del 2006 y se repite aquello del fraude.

Quizá, uno pensaría, un presidente tendría ocupado todo su tiempo en atender los múltiples problemas que tenemos como país, como lo de la pobreza, los feminicidios, las recientes inundaciones en el sureste, el desempleo, pero no, lo que tenemos es a un mandatario que prefiere quejarse de lo que le hicieron hace 14 años y repetir una cantaleta que ya ha sido demasiado oída.

Pero no es el único tema que refleja resentimiento.

Desde que apareció la primera crítica a su gobierno, el presidente prefirió quejarse de eso en lugar de mostrar que estaba trabajando y logrando resultados.

Dice que es el jefe del Ejecutivo federal más atacado desde Madero, que si deja de dar su conferencia mañanera lo tumba la oposición, muestra la lista de columnistas que escriben cosas negativas de su administración, lanza calificativos en contra de periódicos nacionales e internacionales y vuelve a quejarse de que lo critican en medios y redes sociales.

Que se recuerde, ningún otro presidente recurrió a este tipo de recursos ante opiniones desfavorables en los medios de comunicación, ni Salinas que fue considerado como responsable de una de las peores crisis económicas que ha vivido el país, ni Peña Nieto o Fox que eran la burla en redes sociales por sus expresiones o Calderón a quien no lo bajan de alcohólico.

Ningún político, revisando un poco la historia reciente, ha ocupado tanto tiempo en mostrar cuadros, cifras y presentaciones para demostrar que está siendo criticado en la prensa, como si el periodismo se dedicara a otro tipo de temas y no a reflejar lo bien o mal que un gobierno está haciendo.

Un cercano colaborador del presidente señaló que si algo le molesta es que digan que se está equivocando, pero ante la evidencia que muestran las cifras de víctimas de la violencia y la inseguridad, del Covid-19, los desempleados, las empresas que están quebrando, no se puede decir que se trata de una administración federal perfecta.

Desde su paso como candidato en su estado natal, y ante las críticas que él asumía como parte de un plan en su contra, todo lo negativo que se publica acerca de su labor política es vista como un ataque y no como algo válido que lo debe obligar a corregir.

Luego tenemos el tema de su pleito –que ya parece personal– en contra de España, país al que pide disculparse por la conquista de hace 500 años.

En lugar de promover, con reglas claras, la inversión extranjera y estrechar los lazos con una nación con la que tenemos tanto en común –nada más recordar cuantos hispanos han aportado a nuestro país en temas como la cultura, por ejemplo–, lo que inexplicablemente tenemos en la reiteración de que se busca lavar una afrenta que en nada ayudará al país a mejorar.

Para nuestra desgracia, lo aquí apuntado es parte de lo que más se menciona en espacios de opinión y redes sociales, pues la discusión pública no es reflejo de las necesidades que México tiene en la actualidad, y las propuestas de solución, sino que de lo que se habla es de la serie de resentimientos que tiene alguien que buscó muchos años llegar a un puesto que, ahora sabemos, era su único objetivo.

Siendo ese el fin, se entiende porque la presidencia no puede ser el medio para mejorar al país y si la tribuna usada para reflejar los resentimientos acumulados.

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