Invisible II

Dícese que uno puede volverse invisible invocando los siete planetas, la región de la tristeza, la cabellera bifurcada de las furias, el fuego azul de Platón y el árbol de Hécate.
Pompeyó Gener. La muerte y el diablo

Poder

Es común especular con la idea de los superpoderes, jugar con la fantasía de poseer una capacidad que trasciende nuestras capacidades. Entre las potencias más deseadas por el hombre está la posibilidad de ser invisible. Quienes en algún momento de nuestras vidas (me atrevo a pensar que existe un amplísimo grupo que podemos llamar casi todos) hemos sido ignorados, o tratados con negligencia, el “poder” resulta aterrador; y es que habría que pensar que no basta con poseer una suerte de inmunidad, sino de saber controlarla y que no actúe a la contra. Algo que supieron muy bien personajes como Midas cuyo toque de oro fue su perdición, o Tántalo que al querer ser el mejor anfitrión de un banquete a los dioses se enfrenta eternamente a desear sin saciar su sed o hambre.

El primer dispositivo de invisibilidad que recuerdo es el casco de Hades, debido a su cualidad emanada del propio poder del inframundo, su nombre de pila alude a su capacidad de pasar inadvertido. Parece lúgubre pero es cierto, la muerte con su caso, desnuda hasta el cráneo, ronda nuestras vidas amenazándonos con desaparecer, nadie sabe cómo ni cuándo pero lo cierto es que la muerte griega o mixteca no habita las profundidades, sino que camina entre los vivos unas veces con más hambre y otras no. Por ello es por lo que siendo tan hábil para el camuflaje, cada día olvidamos su inminente presencia. El casco o su variante, la capa fueron usado por varios héroes y dios griegos como Atenea o Perseo. Como símbolo el casco confiere invulnerabilidad y potencia. De su alegoría surge la corona como insignia de la cabeza del gobierno.

Otro dispositivo mítico de invisibilidad es el anillo. Giges con su anillo, de todo se puede librar. Ese personaje representa la ética platónica pues en su República cuenta que Giges, era un pastor que encontró el dichoso anillo, abusó de su poder, sedujo a la reina y mató al rey para apoderarse del reino. Glaucón (el hermano de Platón) hace referencia a la leyenda para fundamentar que el poder corrompe a todo hombre que sólo es bueno por castigo de la ley o por conveniencia individual.

Platón lo contraviene con el concepto moral: “es peor cometer una injusticia que padecerla”, lo mismo hace Cicerón pues considera que la injusticia destruye el alma y con ello carcome a la polis por completo. El anillo, capa o casco son insignias del poder que “hace invisible”, a la persona incapaz de ser libre, por tanto se corrompe irremediablemente. El Anillo de Tolkien otorga la invisibilidad pero de igual modo, deprava a su portador.

El hombre invisible de H. G. Wells y sus interpretaciones

Publicada en entregas en la revista Pearson’s Magazine en 1897 y como novela el mismo año. El hombre invisible se llama Griffin, es un científico que sostiene que si se cambia el índice refractivo de una persona para coincidir exactamente con el del aire y su cuerpo no absorbe ni refleja la luz, entonces no será visible. Griffin lo consigue y se desaparece. Su problema es que no logra hacerse visible de nuevo, eso lo lleva de la megalomanía a la locura, y es que no ser percibido, ni atendido nos conduce a la desesperación.

Sabemos desde la mítica novela que la condición de desolación que Wells externa se relaciona con aquellos personajes que posean alguna característica que los aleje del paradigma dominante, en esa época se trataba de un científico que se sentía incomprendido en la era victoriana (parece mentira que aún hoy la mentalidad científica no goce de popularidad y se prefiera recurrir a las estampitas y soluciones mágicas).

Más adelante, otro novelista Ralph Ellison en 1952 escribió su propio hombre invisible. El narrador, un hombre negro que vive en los años 30 en Estados Unidos comienza a contar su historia con la afirmación de que es un “hombre invisible”. Su invisibilidad, no es una condición física sino que es el resultado de la negativa de los demás a verlo. Dice que debido a su invisibilidad, se ha estado escondiendo del mundo, viviendo bajo tierra y robando electricidad de la Monopolated Light & Power Company. Enciende 1369 bombillas simultáneamente y escucha “What Did I Do to Be So Black and Blue” de Louis Armstrong en un fonógrafo. Dice que ha pasado a la clandestinidad para escribir la historia de su vida y al nombrar, busca aparecer.

En 2020, El Hombre invisible es adaptada muy libremente y dirigida por Leigh Whannell. La historia nos remite simbólicamente a la patriarcado invisible que vive en nuestra mente colectiva. Así Cecilia (nombre de la santa patrona de músicos y ciegos) es una mujer que sufre violencia de género, su marido es un científico acaudalado y manipulador, ya es rico y al parecer lo tiene todo menos a Cecilia, así que utiliza su traje invisible para torturarla solo por el gusto de tenerla sometida, pues ¿qué trabajo le costaba tratarla decentemente y mantenerla así enamorada?

Los invisibles de México

Ser invisible hoy, consiste en alejarse y pertenecer a grupos minoritarios; en vivir al margen de las esferas del poder. Ser invisible en México parece ser un club que va creciendo y que comenzó por las mujeres, siguió por los enfermos y todo grupo que señale y rompa la cortina de fantasía con la que el hombre en el poder quiere soñar. Con un anillo como el de Giges que le confiere una popularidad que no habrá de ser eterna, parece disimular desatinos, impericias, corruptelas propias y de sus cercanos –Creo que no es necesario aclarar, pero lo haré, que la corrupción viene del latín corruptio, prefijo “con-“, sinónimo de “junto”; el verbo “rumpere”, “hacer pedazos”; y finalmente el sufijo “-tio”, que es equivalente a “acción y efecto”. Acción y efecto de destruir o alterar globalmente por putrefacción, depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar.— No hace falta ponerse un casco o ponerse un anillo al dedo, la invisibilidad presidencial es un fuego fatuo que habrá de disiparse porque la ética no es un manual que se reparte como velo para ocultar con preceptos demagógicos y maniqueos siempre prescritos a los otros. El anillo de Ganges descubría para Platón la verdadera conducta moral, puesto que al usar el dispositivo, su poseedor mostraba su más pura naturaleza.

Autor

Scroll al inicio