Recomendamos: 10 cosas que tal vez no sabías de la película Casablanca

En la historia del cine encontramos algunas obras maestras “autoconscientes” y deliberadas, como el Ciudadano Kane (1941) de Orson Welles, concebidas para convertirse en “clásicos” prácticamente desde el momento de su estreno. Y también existen otras que son el resultado de una serie de azares y circunstancias felices, como Casablanca (1942).

Pero antes convendría preguntarse: ¿es Casablanca una auténtica obra maestra del cine? No faltan, desde luego, los críticos dispuestos a negarle esa categoría. François Truffaut, que durante un tiempo consideró la posibilidad de filmar un remake (y que desistió precisamente para no tener que luchar contra una leyenda), la consideraba inferior a otros títulos protagonizados por Humphrey Bogart, como Tener y no tener (1944) o El sueño eterno (1946), ambas de Howard Hawks.

Lo cierto es que la cinta dirigida por Michael Curtiz ha conseguido rebasar cualquier objeción crítica para alcanzar sin dificultad la categoría de mito del celuloide, permaneciendo por siempre en la memoria de los espectadores de diversas generaciones.

Su naturaleza ambivalente, escurridiza y casi contradictoria es la que hace Casablanca tan sugestiva: es a la vez romántica y antirromántica, elevada y voluntariamente mundana, desencantada y a ratos casi naíf, cínica y sentimental, clásica e inusualmente moderna. Su particular juego de tensiones narrativas y estilísticas confirma el talento de los creadores del Hollywood dorado para insuflar nueva vida a argumentos a priori convencionales, para desafiar los límites expresivos impuestos por el infame código de censura Hays sin renunciar en ningún momento al sentido del espectáculo.

Estos son algunos de los avatares que hicieron de Casablanca el mito que es hoy:

1. La fórmula del éxito

Al principio, Casablanca no fue más que un intento de Warner Brothers de repetir el éxito de Argel (1938), de John Cromwell, una producción de Metro-Goldwyn-Mayer concebida como un cóctel sofisticado de intriga, exotismo y romance que adaptaba libremente el filme francés Pépé le Moko (1937), de Julien Duvivier. La casba argelina se sustituyó esta vez por la famosa ciudad marroquí durante el Protectorado francés, y, en línea con los filmes de propaganda realizados durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis y la Resistencia entraron en la trama.

También se habló, en las fases iniciales de desarrollo del proyecto, de concebir un melodrama ubicado en un atractivo escenario principal que favoreciera los cruces de personajes, al estilo de la glamurosa Gran hotel (1932), de Edmund Goulding.

2. El punto de partida

El material de partida fue la obra teatral Everybody Comes to Rick’s, que sus autores, Murray Burnett y Joan Alison, vendieron al estudio por 20.000 dólares (una cifra más que considerable, sobre todo si tenemos en cuenta que la obra jamás había sido representada y que sus autores eran prácticamente desconocidos).

Más información: https://bit.ly/3hfIWTR

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