Clasismo repudiado; un triunfo aplaudible de las redes sociales

Las redes sociales son caóticas y excesivas. Eso no es nuevo. Lo raro es que resulten atinadas. En el caso de Nicolás Alvarado se celebró esta rareza, y no porque el exdirector de TV-UNAM vista raro, como ocurre, sino porque la abundancia de dichos y memes de repudio a las declaraciones clasistas de Alvarado trajeron como resultado su renuncia de la televisora universitaria.


La rareza, como puede advertirse, no siempre resulta desatinada. A veces da en el clavo. Pero una cosa es la rareza en el gusto y otra la descalificación clasista. No es lo mismo vestir raro que discriminar por razones de clase social. Hoy, por ejemplo, yo traigo puesta una guayabera café, un pantalón de mezclilla y unos tenis negros que, no sé por qué, me remiten a la lucha libre. Me hago cargo de que mi atuendo puede parecerle raro a muchas personas. Comparto pues, esa falta de normalidad con Juan Gabriel y Alvarado.


Pero nuestro repudio a Nicolás Alvarado en las redes sociales no fue porque vista raro. Tampoco porque él mismo repudiara la forma de vestir de Juan Gabriel. Mucho menos porque no le guste la obra del divo de Juárez. Nuestro repudio fue por su clasismo. Un clasismo revelador, por cierto. Eso de sustentar una postura estética por razones de clase no cualquiera. Se requiere mucha audacia para hacerlo.


Nicolás Alvarado tiene derecho a ser clasista. Es una opción ética y política. Con mayor razón le asiste el derecho de fundamentar sus gustos y disgustos en su clasismo. Pero los que hemos resuelto adoptar una posición ética y política diferente tenemos derecho a criticarlo. Es más: nos asiste el derecho de disgustarnos con él. Nos asiste el derecho de repudiarlo.


Pero insisto en el punto con tal de despejar confusiones: en las redes sociales no repudiamos los gustos y disgustos de Alvarado, sino su clasismo. No demandamos uniformidad en el disfrute estético, sino fijamos una postura política. No nos ejercitamos, en consecuencia, en una forma de la intolerancia, sino de la claridad política, pues repudiamos el clasismo y la lucha contra el clasismo constituye un combate válido en cualquier régimen que se llame democrático.


Calificar de intolerantes a quienes repudiamos el clasismo es, en suma, querer desterrar de la política la exigencia de una sociedad justa. Es validar a quien descalifica a los pobres por ser pobres e invalidar a quienes descalificamos esa jactancia patricia. Es confundir la tolerancia democrática con la mojigatería del sacerdote que protege al millonario que discrimina al pobre. No se trata de prohibir los dichos clasistas. Ni siquiera de censurar las palabras racistas. Nadie reivindica la virginidad del lenguaje. Pero era una grosería que el director de TV-UNAM fuera clasista. Así que me uno a la celebración de su renuncia.


Post scríptum


Algunas horas después de haber escrito lo anterior me entero que la Conapred solicitó “medidas precautorias” a Nicolás Alvarado por el artículo que provocó este debate. Entre ellas demanda una disculpa del exdirector de TV-UNAM “por el agravio que pudo haber ocasionado” y le pide que tome “un curso de sensibilización sobre el derecho de las personas a la no discriminación”. La nota que citan varias agencias refiere leyes y reglamentos para sustentar esas “medidas precautorias”. Leo en algún lado que previamente la revista Proceso reclamó a la Conapred no haber tomado cartas en el asunto. Bueno, pues tengo para mí que la Conapred no tenía que tomar cartas en el asunto. Mucho menos de la manera como las tomó. Lo reitero: no se trata de prohibir los dichos clasistas ni de censurar las palabras racistas. Que una institución pública intente hacerlo lastima la libertad de expresión. Este pugilato debió mantenerse dentro de los márgenes del debate público, sin ninguna censura por parte de una institución pública. La Conapred se ha equivocado en forma rotunda con esa solicitud de “medidas precautorias” que, lejos de contribuir al florecimiento de una cultura democrática, la obstaculizan.     

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