Esta no es otra tonta proclama libertaria

Esta no es otra tonta proclama de libertad. No lo es, entre otras razones, porque el derecho a la libertad de expresión, como ocurre con todos los derechos, tiene límites y los señala la ley. En las democracias modernas, una de las funciones del periodista –que es al mismo tiempo una obligación ética y profesional– es indagar e incluso denunciar los desatinos del ejercicio del poder; lo que no puede hacer es difamar o inmiscuirse en la vida privada o íntima de los personajes políticos (pero esto tampoco es una tonta letanía: hay casos excepcionales en los que esto se ha llegado a justificar, a lo largo de la historia). Y si difama la ley comprende, y qué bueno, la posibilidad de que sea demandado. Digo qué bueno porque, en este caso, un derecho no puede estar por encima de otro, el de la honorabilidad personal, por ejemplo. No me gusta cuando leo que el periodista que difamó y por eso fue demandado, diga que se le está pretendiendo cercenar su libertad de expresión. A eso lo considero demagogia, falta de de probidad ética e incluso moral.


Hoy informa Milenio diario que el secretario del Juzgado Mixto de Primera del Décimo Tercer partido Judicial en Colotlán, Jalisco, Sergio Israel Paredes Beltrán, renunció a su cargo porque ya no soportaba a los “huicholes apestosos”, a los que tenía que atender. Más allá de los alegatos del señor Paredes que dice que el documento que el periódico dio a conocer es falso, a pesar de que ese documento tiene fecha, firma, sello de recibido, más allá de eso, reitero, qué hacemos: ¿defendemos su libertad de expresión en un extremo, o solicitamos que se encarcele, en el otro?, ¿le llamamos valiente por señalar que en efecto existen “huicholes” que apestan? ¿Hacemos un drama y nos envolvemos en las banderas dramáticas contra la discriminación? Creo que es mejor aceptar que el fenómeno existe, que México es un país en donde la discriminación es moneda corriente y también creo que lo que menos debemos hacer es festejar esa discriminación o aceptar la realidad con un cinismo muy acá, como muy iconoclasta y alivianado.


¿En pleno ejercicio de la libertad de opinión podemos exponer nuestros preferencias? Desde luego que sí, todas las que sean; no exagero.


Lo que aseguro que no podemos hacer es promover o alentar la discriminación, el clasismo o la homofobia; me corrijo, sí podemos, de hecho decenas de miles de personas gritan puto en los estadios de futbol, por ejemplo, lo que para algunos es guasa y para mí una vergüenza de nuestra llamada idiosincrasia nacional (en donde también encuentra acomodo el cinismo del “así somos, no seamos puritanos, mamones o políticamente correctos"): esas actitudes expanden y afianzan la discriminación sexual. La vuelven valor cultural, por ejemplo asociar al gay con el puto y el cobarde


Sí podemos exponer gustos, reitero, como ese ya dicho denuesto al otro sólo por desmadre, por pasarla bien; el único problema es que se expande valores culturales, como arriba dije, pongo de ejemplo ahora la convicción de que el amor nada más existe entre dos personas de diferente sexo y que el otro es puto o joto.


¿Un funcionario de cualquier institución académica puede exponer a qué equipo de futbol le va o señalar que a él nomás no le gusta Juan Gabriel? Sí puede, incluso al hacerlo podemos considerarlo alguien valiente por ir a contracorriente de la presencia del cantante, o simple y llanamente podríamos no coincidir con él y san se acabó; lo que no puede hacer el funcionario, y menos en una institución que en efecto, alienta a la diversidad, es expandir el clasismo o la homofobia, no puede llamarle nacos a los aficionados al futbol o emplear el adjetivo que sea contra quien tiene una preferencia sexual distinta de la suya. Bueno, ya quedamos en que sí puede, nada más que el aficionado que lo hace en el estadio llega a su casa y nada pasa pero un directivo de la UNAM debe ser despedido, respetar la diversidad te impide llamarle joto a nadie.


Las libertades también son relativas, nos guste o no (porque eso integra precisamente una garantía para el ejercicio de las libertades). Además, estas no dependen solamente del entramado normativo y legal, también de la responsabilidad que tienen quienes desempeñan algún cargo. Esto no es otra tonta exhibición de lo políticamente correcto ni de su opuesto: el rector de la UNAM no puede llegar vestido a una sesión del Consejo Universitario como un integrante más de la Familia Peluche. Bueno, sí puede, incluso eso podría gustarle a muchos (a mí podría resultarme simpatiquísimo), pero el recinto implica formas y creo que en este caso, las formas son fondo. Pero lo que creo que definitivamente no podría hacer es, en el hipotético caso de un homenaje universitario a Juan Gabriel, decir algo así como, “el que haya sido joto es lo de menos, lo importante es que nos puso a cantar”.

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