De los cerdos y corruptos hasta los perros rabiosos

La facilidad para el insulto que inoculó AMLO en México provoca un comportamiento verbal agresivo que, en él, es natural, pero una multitud lo adopta inconscientemente sin tener en cuenta que es justo por el detrimento del lenguaje que los países mueren y las conductas desaparecen.


En menos de una semana, AMLO, hombre poco instruido en la palabra hablada y de estética kitsch en sus videos, llamó “vacas, burros, puercos y cochinos, cerdos y marranos” a millones de simpatizantes por una corriente política y “corruptos” a miles de egresados de una universidad.


De ahí que hoy día la agresión de palabra y, en especial, la acusación de “corrupto” hayan sustituido la capacidad de pensar en la riqueza del idioma para encontrar palabras mucho más duras, pero difíciles de encontrar ya… aunque sean tan comunes como “deshonesto”, por ejemplo.


En ese impar texto de autoficción de Rafael Pérez Gay (El cerebro de mi hermano, Seix Barral 2013) hay un diálogo memorable entre el narrador y un personaje de la historia, que debería servir de manual para lo anterior:


—¿Por qué te molesta Andrés?


—Voté por él. Te voy a decir qué me molesta de él: que sea un conservador de izquierda. Nunca militaste ni hiciste política activa, Pepe, ¿por qué ahora? —¿Has visto el país?—me dijo con genuina intensidad—. López Obrador es un hombre honesto. Además, Andrés es mi amigo, como mi hermano.


—Dime sus posturas ante la interrupción del embarazo —le salí al paso—, el matrimonio gay, la adopción en parejas del mismo sexo, la despenalización de las drogas. Dime. No sólo tienes que llevarte dinero a puños a tu casa para ser deshonesto. Ahora, si es tu hermano, que lo sea. Pero no mío.


Hoy cualquiera es “corrupto”, aunque se emborrache en un bar y rompa una silla. El epíteto más pegado a la lengua es “corrupto”, sólo porque AMLO, un místico extremista metido a la política, lo usa para señalar grotescamente a quienes se queman las pestañas estudiando decentemente en el ITAM.


Vamos por el camino de Cuba, donde ser un “gusano” iba desde estar contra el sistema a tener el cabello largo u olvidar ceder el asiento de la guagua a una mujer; en la Venezuela chavista, donde ser “oligarca” va desde no marchar a favor de Maduro hasta cambiar bolívares por dólares.


O en la URSS (fuese en la del dictador Stalin, fuese en la del reformista Gorbachov), donde el impulso retórico del fiscal Andréi Vyshinski, en agosto de 1936, marcó a los disidentes hasta 1990 como “perros rabiosos”.


Así que los corifeos de AMLO hoy deberían ser cautos con el mañana.


Los “corruptos” podrán ser ellos.



Este artículo fue publicado en La Razón el 15 de septiembre de 2016, agradecemos Rubén Cortés a su autorización para publicarlo en nuestra página.

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