La DEA asegura que, además de inundar las calles de Estados Unidos con heroína, cocaína y otros derivados de la amapola, los cárteles mexicanos se han entregado a un negocio infinitamente más rentable: producir el demonio de moda: el fentanilo. La droga que mató al actor Philip Seymour Hoffman y acabó más tarde con el cantante Prince.
En un reportaje publicado en El País en fechas recientes, Jan Martínez Ahrens reveló la existencia de un laboratorio de fentanilo en Filo de Caballos, un poblado de la sierra guerrerense que se halla bajo el dominio de los Guerreros Unidos, el grupo relacionado con la desaparición de 43 estudiantes de la normal rural de Ayotzinapa, y al que la PGR considera una filial del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Repito aquí el lugar común: el fentanilo es una droga 50 veces más poderosa que la heroína y cien veces más potente que la morfina. Se elabora a partir de productos químicos, lo que evita los riesgos que entrañan la siembra, el cultivo y la cosecha de amapola.
El fentanilo permite, por lo demás, obtener 20 veces más ganancias que con la venta de heroína.
Un kilo de fentanilo puro se puede convertir en 24 kilos al “cortarse” y mezclarse con otros agentes. La venta de un solo kilo llega a generar, de este modo, una ganancia superior al millón de dólares.
Se trata de una droga tan potente que puede ser consumida, incluso, por el simple contacto con la piel. Una cantidad minúscula podría ocasionar consecuencias devastadoras en el cuerpo humano.

