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Por la disputa entre el Inegi y el Coneval, Gil no sabe si es pobre o es rico y eso le ocasiona un ataque de ansiedad. Una mañana se considera un rico árabe, otra se ve a sí mismo en condiciones de pobreza si no extrema, al menos media. El coordinador del PRD en el Senado, Miguel Barbosa, afirma que la confianza en la medición de la pobreza está dañada. No le falta razón al senador, en estos días hemos recogido los pedazos de credulidad del piso en el cual se estrelló el plato de las estadísticas.


El lugar de la certidumbre lo toma entonces la confusión. ¿Qué es un pobre? Gilga lo ignora. Javier Duarte, el todavía gobernador priista de Veracruz, ¿es un hombre pobre? Sepa la bola; se sabe, eso sí, que es un hombre austero que con los ahorros de una vida compró dos casitas de interés social y tres coches en cómodas mensualidades, eso figura en su declaración patrimonial. Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: ¿existe la posibilidad de que Carlos Slim nos haya engañado y en realidad sea desde siempre un hombre muy pobre? Ya nadie sabe nada. Por eso Hemingway decía que un rico es diferente al que no lo es pues tiene más dinero.


Gilga ha leído las contribuciones de Ricardo Becerra sobre el asunto de todos conocido, pero de muy pocos entendido (ido­-ido). El Inegi publicó los resultados de una encuesta muy importante para medir la pobreza (y la riqueza del país): “de repente y sin avisarle a nadie, el Inegi desplegó ese ejercicio el año pasado (año non) y lo más importante: cambiando ciertas preguntas y la metodología del levantamiento. ¿Resultado? Pues que los ingresos de los pobres se dispararon para arriba de manera espectacular”.


Desaparecer a un pobre


Así las casas (muletilla pagada por los contratistas, muy pobres, de grupo Higa), el Coneval puso el grito en el cielo. El daño estaba hecho, afirma Becerra: “Tres décadas de captar datos y cifras de aquí y de allá, millones de cifras y análisis de diverso tipo, México parecía haber superado la discusión sobre la medición de su pobreza”. Con naturalidad se abrió el frasco de las suspicacias: un penetrante olor a sospecha invadió el amplísimo estudio.


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