El robo, denuncia y consecuencias

Lomas de Chapultepec, barrio residencial por excelencia, se pone bravo a los robos que, sin pausa, quejas y quejidos de por medio, les sigue el rostro más feo de esta CDMX, la corrupción y la colusión, padres de la impunidad y del, cada vez, peor humor social, chilango, nacional.


Las cámaras de seguridad de la casa asaltada al mediodía del viernes 29 de julio entregaron imágenes y sonidos reveladores sobre los colombianos que saquearon la propiedad mientras afuera la pareja cómplice de la camioneta roja hasta recibía ofertas de auxilio para cambiar la llanta dizque ponchada que permitió pasaran por cándidos parroquianos.


Otros videos articulan la acción, sincronizan horas y minutos, guion completo. Los peritos de la Procuraduría y de la delegación Miguel Hidalgo hacen lo que ordena su manual a pesar de que saben, desde antes de llegar, que los colombianos no dejan huellas. Las imágenes les valen, miran las cámaras y siguen. Como si nada les fuera a pasar.


La violación perturba, crea ansiedad, inseguridad; deja cicatrices más allá de la merma financiera o material. Hay que denunciar, exigir justicia. Civismo exaltado.


Con todo y apoyos, denunciar es trance largo; muchos intervienen, hablan, opinan. El trámite queda firme, con denuncia se puede investigar; si no, pues no.


Las consecuencias conforme pasan los días no llegan. Están en ello, instrucción superior, asunto encargado. Nada pasa. La opción realista es esperar que un día la cobertura a estos profesionales del crimen se les caiga y entonces, capturados, exhibidos, se identifiquen y vinculen.


Viene lo bueno, que es lo peor. La denuncia debe ser ratificada, con nombre, apellido y dirección; todo asentado en actas, en discos duros.


Por monedas, los datos caen en manos de amigos de los procesados. Abogados y consultores conocen la ruta. Primera llamada de madre, abuela o hermana, suplicante, llorosa, pide perdón para el muchacho descarriado; ofrecen corrección y ver la manera de reintegrar algo de lo sustraído; no saben cómo ni cuándo, pero hay promesas que conmueven.


Ante el frecuente fracaso de la primera acción, viene la segunda, compadre, hermano, socio del bandido, que pide, ya con tono de amenaza, lo mismo, desistir, olvidar seguir adelante.


Hace saber que ellos saben todo del que demanda; el otro, poco o nada. Pulso de fuerza, carácter, rectitud y maldad. La mayoría renuncia a seguir un proceso en el cual el asaltante reincide, donde la víctima ratifica su estatus sólo cambiando de victimario; la primera vez son bandidos, las posteriores el sistema.


La estadística criminal baja. En realidad, desciende el número de denuncias ante lo inútil que resultan. Discursos piden denunciar, las acciones no.


Conseja final de abogados: si no hay aseguradora de por medio, desista; pasarán meses, lo seguirán abrumando con pesquisas que van a ningún lado; entonces, tendrá que pagar para salir de la ratonera.



Este artículo fue publicado en La Razón el 10 de agosto de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

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