Fue la mano de Dios (2021) es la nueva película de Paolo Sorrentino. En su estilo distintivo aborda un relato autobiográfico: la adolescencia en que el personaje Fabietto encuentra su vocación por el cine, entre el deseo sexual por su tía y su desvirgamiento con una anciana —por “Ayudarte a ver el futuro”—, tras padecer una tragedia familiar. Para el realizador, contar esta transición pasa por regresar a su ciudad natal: el puerto italiano de Nápoles. Es la época en que el argentino Maradona llega al equipo local y comete la famosa “Mano de Dios” —en el Mundial de México 1986— seguido desde Nápoles como si fuera el equipo italiano. El cuidado de la puesta en escena se muestra en las pieles de los intérpretes que exhiben los estragos del sol napolitano. El resultado es una cinta en que convive el apego a la tradición fílmica italiana —particularmente Fellini— con la propia vía cinematográfica de Sorrentino.

El cineasta Paolo Sorrentino es maestro de la estilización de las imágenes —recuérdese el inicio de La gran belleza (2013) o véase cómo hasta lo derruido puede ser exquisito en Fue la mano de Dios. Suelo usar la palabra estilización para expresar que encuentro problemática la composición de lo visto en pantalla. Esto no atiende a una preceptiva: suponer que el cine deba ser de una u otra forma. Es una valoración que busca atender la lógica de cada filme. Cualquier película está hecha de artificios con las imágenes —incluso las que se pretenden naturalistas— pero en esta inevitabilidad hay ejercicios fallidos.

Con frecuencia, la estilización como problema se debe a una confusión: la comunidad audiovisual ve una serie de paradigmas que son valorados por su dificultad técnica como materialización de una idea de belleza —convencional. Recurrente, aunque no exclusivamente, esto tiene ver con la posibilidad de intercambiar las imágenes de las películas con las del lenguaje publicitario que, cuando es elaborado y costoso, se asume como deseable y hasta cinemático. Algo semejante ocurre con prácticas que se han vuelto lugares comunes y que se asume convertirían a una cinta en material de festivales. El embrollo no es sorprendente: buen porcentaje de los involucrados en tareas fílmicas vive de la publicidad y busca convencerse de que al hacerla estaría entrenando para crear cine. La consecuencia, no obstante, suelen ser composiciones indiferenciables, carentes de correspondencia con la materia de cada película: ausencia de búsqueda de un lenguaje audiovisual individual. Sorrentino no padece esto a pesar de, o gracias a, la confección de sus imágenes: en sus cintas es tal la coherencia, que la sobrecarga visual envuelve como el pausado sonido de la veloz lancha en Fue la mano de Dios.

Quizá el crítico Carlos Bonfil disienta de mi apreciación, pues ha considerado que en Fue la mano de Dios la familia y los personajes son excéntricos, mientras que el ambiente y algunas viñetas serían pintorescas: “No son pocos los momentos en los que Sorrentino carga innecesariamente las tintas de la excentricidad folclórica”. Aunque suelo apreciar sus planteamientos, difiero. Por una parte, si bien la percepción de lo pintoresco podría ser relativa, me parece que hay balance en la película: múltiples escenas aprovechan la zona antigua de Nápoles, pero Fabietto y su familia viven en un edificio probablemente construido en la segunda mitad del siglo XX —el edificio de departamentos en que Sorrentino vivió, efectivamente, hasta los 37 años. Sin embargo, las condiciones de producción pueden determinar ciertas decisiones.
En años recientes Nápoles ha sido escenario de grabaciones televisivas y cinematográficas como Gomorra (2008), alusiva a la camorra, la mafia napolitana. El mismo Sorrentino filmó ahí su ópera prima: L’uomo in più (2001). Como informa Elisabetta Povoledo —en The New York Times— la comisión gubernamental que ha buscado atraer y facilitar filmaciones desde 2005 ha contribuido a que esto haya sucedido. Que Fue la mano de Dios presente de manera sutil al Vesubio como paisaje, ¿es promoción turística, nostalgia del artista, afortunada coincidencia de ambas opciones? Sea una o la otra, es elemento funcional de la película.

La aparición de San Genaro y de la leyenda napolitana de El Monjecito, por otra parte, no carece de sustento. No sería justificación suficiente que la exagerada representación de la religiosidad popular sea rasgo estilístico de Sorrentino. Es más significativo que estos sean elementos que el cineasta está recreando: el santo es un hombre atractivo que manosea a la voluptuosa Patrizia. La utilización del folclor cobra sentido: El Monjecito llega a reflejar la travesía del protagonista. Si hay algo disonante, proviene de la realidad social, no de la transformación cinemática y fársica lograda por Sorrentino —un carnaval que incluye, en medio de la noche, al magnate Adnán Jsahogy con una de sus mujeres.
Encuentro más revelador que Fue la mano de Dios sea una película autobiográfica y aborde ciertos asuntos. El poeta Luis Felipe Fabre ha reflexionado sobre cómo lo real pareciera tener hoy un “estatuto moral superior a la ficción” y cómo se ha generado un “mandato de: tú nada más puedes ser tú mismo”, que entre artistas resulta en el “auge de las autoficciones y de los ensayos personales”. La imaginación sería tachada como “frivolidad”. La película de Sorrentino es parte de este ambiente. ¿De qué otra manera podría incluir el consejo paterno de copular con quien sea —“Hasta una fea está bien”— con tal de hacerlo por primera vez o que en automático su tío tratase de “puta” a Patrizia? Es curioso cómo progresistas y tradicionalistas se asemejan en afanes de “cancelación”. Que la mano de Dios sea vista como acto político y asistir a un juego —salvando por ello la vida— sea calificado como seña de santidad de Maradona, no se queda en líneas extravagantes o graciosas. Fellini filma en Nápoles y declara que “La realidad es vulgar”, Fabietto repite la frase ante el director Capuano. En Fue la mano de Dios, Paolo Sorrentino se mueve en la tensión contemporánea entre autobiografía e imaginación.

Fue la mano de Dios se proyecta en la Cineteca y está disponible en Netflix.

