López-Dóriga y el fin de una era de la televisión mexicana

Hoy viernes Joaquín López-Dóriga conducirá por última vez luego de 16 años, el telenoticiero más visto de México. Esto suscita una gran cantidad de pareceres dentro de la masa amorfa, difusa y confusa (cuando no incluso a veces delirante) que llamamos opinión pública. Desde luego que la ocasión propicia alineamientos polarizantes entre el enaltecimiento y la diatriba, la abundancia de adjetivos en todas las direcciones posibles y la óptica militante que busca la defenestración del otro porque ese otro no sólo no forma parte de su causa sino que integra la cofradía del adversario contra el que aquella perspectiva militante lucha, lucha, no deja de luchar…


Naturalmente en los ámbitos de los medios de comunicación tradicionales y digitales también hay puntos de vista mesurados, que valoran aportes e insuficiencias del periodista que en los últimos años ha sido referente central tanto para los actores de la vida publica como para los televidentes (y radioescuchas, por el noticiero que conduce en Radio Fórmula). La carrera profesional de López-Dóriga no comenzó ni terminará en la órbita de la televisión aunque precisamente por la fortaleza de ese dispositivo electrónico en esa etapa alentó su presencia nacional: en el marco noticioso podría decirse, sin exagerar, que estamos aludiendo a uno de los protagonistas del México de la alternancia presidencial, la fortaleza del sistema de partidos y, junto con ello, la pluralidad informativa y de opinión que paulatinamente ha diluído y qué bueno, el duopolio televisivo.


Joaquín López-Dóriga no es ajeno a su tiempo (no lo somos ninguno de nosotros) y por ello su trabajo es, y al paso del tiempo, lo será aún más, fuente de análisis y opiniones sobre la base de aciertos, errores y excesos. Se trata de un amplio y complejo crisol de momentos y circunstancias que lo mismo sitúan al periodista en la broma por errores que en realidad no hay quien no los cometa que, con toda seriedad, documenten ese talante como de juez con el que a veces enfrentó las noticias que propaló, en donde sus juicios en múltiples ocasiones se sobrepusieron al parte informativo y donde sus sesgos (todos los tenemos) tenían mayor efecto y relieve precisamente por su formidable exposición en la pantalla.


Desde luego que no es sencillo administrar una presencia pública como la que tiene Joaquín López-Dóriga, lo mismo para digerir las reacciones generadas por equivocaciones grandes o yerros simpáticos que sin embargo, por tratarse de él, cobraron más notoriedad. En esa ruta es mucho más serio que al amparo de esa presencia pública hubiera promovido para sí más ingresos de los que devenga en las empresas para las que trabaja y ese, desde mi punto de vista, es un aspecto sensible: el periodista buscó mayores ingresos más allá del pago de las empresas para las que trabaja –aprovechando así su gran presencia pública–; podría decirse que está en su derecho y lo está, incluso aunque las grandes cantidades de contratación de publicidad, por ejemplo la del IMSS, contraste notoriamente con las enormes insuficiencias que tiene nuestro sistema de salud. No obstante la publicidad oficial en el país carece de una ley que regule el gasto y se convierte en un sistema de prebendas por lo que considero más adecuado que sean las empresas (y sólo las empresas) las que se encarguen del sueldo de los periodistas. Lo contrario genera conflictos de interés para abordar asuntos públicos (y la actividad periodística es, sobre todo, de interés social o sea pública) e inhibe que se aborden temas como por ejemplo el de las insuficiencias del sistema público de salud del país.


Ya habrá ocasión para ampliar los que considero los aportes e insuficiencias del periodista, por ahora creo que lo más relevante, al menos en el terreno simbólico, es que hoy termina el formato de noticiero que tenía al conductor estrella (anchorman u hombre ancla) nacido durante los años sententa del siglo pasado, sobre todo en Estados Unidos, y que tiene cada vez menos exponentes en el mundo; tengo la impresión de que en el país, quienes siguen en la condición de periodista estrella lo hacen, sobre todo, para potenciar aun más su protagonismo hasta darle un pátina de protagonismo o militancia política por encima incluso del periodismo.


Televisa ya comprendió el enorme cambio que suscita la esfera digital, tanto en la interacción de las sociedades contemporáneas como en sus formas de consumo informativo, cultural y de entretenimiento, y lo comprende porque le implica una formidable posibilidad de negocios y para ello Joaquín López-Dóriga le dice muy poco a los jóvenes, un extraordinario mercado que ahora discurre sobre otros dispositivos. Pero me parece que sus directivos podrían estar equivocándose al señalar que tal cambio lo entienden, al menos en lo que implica la esfera informativa, como una forma de fundir el trabajo noticioso que es propio de los periodistas con el ciudadano, “las nuevas generaciones” que, según ellos, ya son reporteros por ser usuarios de un teléfono móvil. Hace un par de días, Emilio Azcárraga dijo que a las nuevas generaciones no sólo hay que buscarlas para darles nuevos contenidos sino para hacer que esas nuevas generaciones participen de la construcción de esos nuevos contenidos, y para referirse a los formatos que se implementarán menciona “los videitos” de no más de quince segundos como alternativas para generar contenidos. Tengo claro que Azcárraga comentó también que los noticieros darán contextos para comprender hechos de los que se informa la sociedad en diversos dispositivos pero cuando él mismo enfatiza que entre los periodistas y los usuarios “la frontera ya se borró, ya somos todos”, cabe la posibilidad de que la dinámica de la plataforma digital, en particular las redes sociales, deboren al quehacer periodístico como poco a poco la ha ido haciendo entre los medios de comunicación tradicionales con “videitos” o temas de consumo evanescente, tanto en México como en el mundo.


Como sea insisto, quizá lo más relevante de la salida de este profesional de la información del noticiero todavía más visto de México es que hoy, en la esfera simbólica, podría decirse que concluye una era de los telenoticieros, y vaya paradoja, muy probablemente esto le esté diciendo muy poco a los más jóvenes. En lo que se refiere a mí, le deseo siempre lo mejor a Joaquín López-Dóriga.

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