Muchos años antes de hacer bailar a los críos el Divo de Juárez tuvo un bautismo de fuego que ayudó a convertirlo en una leyenda querida por todos los estratos sociales, de los más pobres a los más ricos. Ese hito tiene fecha. Sucedió del 27 al 30 de noviembre de 1990, cuando las puertas del Palacio de Bellas Artes le fueron abiertas de par en par por primera vez. Hasta ese momento, ese espacio inaugurado en 1934 había sido reservado al teatro, óperas, conciertos sinfónicos y espectáculos de la élite. “Esa gran sala casi siempre se había negado para el espectáculo popular”, escribió Eduardo Magallanes, compositor del artista en la biografía Querido Alberto.
La idea de cantar allí no vino del artista sino de María Esther del Pozo, asistente de Víctor Sandoval de León, el director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Las gestiones para el concierto comenzaron en mayo de 1990 y generaron críticas y resistencias de los sectores de la alta cultura. El periodista Víctor Roura describió el hecho como la conquista del pop de espacios inexplorados. “Bellas Artes fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa”, escribió.
uan Gabriel no era ningún desconocido en ese entonces. El artista nacido con el nombre de Alberto Aguilera Valadez vivía en una gira permanente llenando plazas de toros, palenques y estadios. En julio de 1982, once años después de haber grabado su primer éxito, había vendido todos los asientos del Auditorio Nacional. Pero Bellas Artes era inalcanzable incluso para él en ese momento.

