Recomendamos: Una política liberal hacia las drogas, por Fernando García Ramírez

La indiferencia es uno de nuestros vicios mayores. Frente al asalto cotidiano, voltear hacia otro lado. Ante la violencia (del Estado, de la sociedad) pensar: “no es conmigo” y seguir de largo. El ideal ciudadano dice, por el contrario, que debemos intervenir, alzar la voz, protestar contra la violencia de allá, no sólo porque pronto esa violencia puede trasladarse acá, sino porque es moralmente inaceptable. No podemos cruzarnos de brazos y esperar a que nos toque. ¿Pero qué hacer frente a la locura criminal?


Javier Sicilia, aquejado por el asesinato de su hijo, apeló al honor de los delincuentes para pedirles que cesaran en su conducta inhumana. No funcionó, claro, y por ello organizó una marcha que atravesó el país y llegó a los Estados Unidos, fuente del horror que padecemos.


La violencia no ha cesado, acaso disminuido un poco, y no está a la vista que vaya a terminar pronto. Se trata –la cruzada contra las drogas– de una guerra perdida de antemano. ¿Qué podemos hacer ante esta situación? Ante todo tratar de entender. ¿Por qué se libra esta guerra?


¿Cuál es su origen? ¿Quiénes sus actores? ¿Pudo haber sido de otra manera? ¿Cuántas vidas ha segado?


¿Cuántos huérfanos ha dejado? ¿Quién ha ganado con esta guerra? ¿Quiénes son los contratistas de armas que la impulsan? ¿Qué motiva a los políticos que la promueven?


A estas preguntas, y muchas más, dan respuesta Carmen Boullosa, poeta y narradora, y Mike Wallace, historiador, en su libro Narcohistoria (Taurus, 2016). Se propusieron comprender. Revisaron una bibliografía extraordinaria: estudios académicos, libros de reportajes, informes oficiales, periódicos y revistas de México y Estados Unidos, porque una de las virtudes mayores de este libro es que plantea el problema desde una óptica binacional. Sin esta óptica esta guerra no se entiende.  


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