La validez de la crítica: dos años de Dispersiones

Esta columna semanal, Dispersiones, tendrá su entrega 104 el próximo viernes, con un texto —como cada quince días— sobre alguna película, como testimonio de cinefilia. Parto de la certeza de que la pasión por las artes se expresa no sólo en elogios —ciertamente no en halagos— sino, por excelencia, en la crítica. El amor es clarividente, no ciego. Cuando uno dedica su tiempo a las artes, analizar fracasos es lo común; salvo que uno caiga en el delirio de la infalibilidad del propio gusto. Otra cosa es la danza de adulaciones, “respetos” y “admiraciones” que corresponde a modales sociales, políticos y académicos. Hallar obras en que se cumplan las posibilidades del arte es siempre excepcional y requiere de discernimiento.

Cada quince días la columna semanal Dispersiones trata sobre cine.

Desarrollar la capacidad para distinguir entre la liebre y el gato encuentra dificultades en algunos contextos. En México parece razonable hablar de que la crítica debería ser “constructiva”. El problema es que esto no ocurre sólo en conversaciones ordinarias, sino que incluso en círculos que se adjudican ser ilustrados se estigmatiza la acción de criticar como reprobable y, crucialmente, como ejercicio de mal gusto. Sin embargo, en un mundo repleto de farsas, la crítica es —venturosamente— destructiva. En este país hay medios de comunicación cultural que evitan publicar lo que consideran “crítica negativa”. Por eso, se entiende —en el actual ambiente de maniqueísmo político y cultural— que se dé por hecho que la crítica tendría que suspenderse hacia el propio bando, como si sólo fuera herramienta para blandirla contra oponentes. Si se cede de esta manera no hay disposición crítica, sino parcialidad. La crítica debe indagar y revelar, pero también confrontar y debatir, aun a costa de equivocarse.

La actriz Cate Blanchett en la película Manifiesto.

Las más de 348 cuartillas editoriales de Dispersiones acumuladas están —creo— lejos del tono pendenciero. A dos años de iniciada esta tarea he podido considerar asuntos como la validez y la necesidad de la crítica, así como el lenguaje adecuado para ejercitarla. Poco se avanza en el diálogo —o el enfrentamiento con sentido— al afirmar que un libro apesta. No obstante, cabe mayor confrontación en mi columna y en el contexto mexicano, siempre que se esgriman razones en vez de ataques. Esto me hace volver a un viejo incidente del medio intelectual que ilustra las limitaciones a la crítica. Célebremente, la ruptura de la relación personal entre Carlos Fuentes y Octavio Paz habría ocurrido por la publicación en la revista Vuelta —dirigida por el poeta— de un ensayo de Enrique Krauze. En “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” (1988), Krauze criticó el resultado literario y, sobre todo, la acción del novelista como intelectual quien, hablando de democracia, apoyaba regímenes autoritarios, como los de Castro, Echeverría y Ortega. Destacadamente, Krauze identificaba la relación utilitaria que el novelista tuvo con la cultura mexicana. No hay ambigüedad: el ensayo de Krauze es combativo desde su primera línea y tiene momentos satíricos. Trató el asunto de que Fuentes fuera un “dandy” que hablaba de la oposición entre arte y burguesía como estrategia para elaborar su mito personal. Los argumentos de Krauze no eran escandalosos, fueron críticas sustentadas.

La reacción de Fuentes ejemplifica la descalificación de la crítica como agresión personal. El ensayo de Krauze evidencia lecturas minuciosas de las obras del novelista, pero no es propiamente crítica literaria, sino cultural y política. Por esto mismo, Fuentes pudo haber cuestionado que Krauze usara la noción de desarraigo en su contra, podría haber defendiendo la autonomía de las prácticas literarias y, por tanto, debatido que sus novelas tuvieran que ser espejo de la complejidad de la realidad mexicana. En vez de discutir ideas, posteriormente, Fuentes optó por un reproche basado en la falta de adhesión a la etiqueta social requerida para pertenecer a un grupo, sin embargo, enmascaró tal lógica con alusiones al prestigio del honor y la lealtad.

La crítica de poesía es parte de Dispersiones, esta columna de crítica cultural.

¿Por qué volver a Carlos Fuentes si algunos veinteañeros lo califican como un señor del pasado? Porque la manera de conducirse de Fuentes ante la crítica sigue siendo reproducida hoy en el medio cultural. A pesar de la ideología del cool y del pretendido contraste entre la solemnidad de los intelectuales de antaño y el supuesto aliviane de los contemporáneos, en la comunidad cultural mexicana prevalecen intercambios de deferencia y elogios mutuos que son cortesanos. De manera paradójica, entre personas que —comprensiblemente— desprecian a los políticos de su país, los artistas se conducen según la pedestre concepción de la política de sus compatriotas: con cálculos de beneficio, favoreciendo y eludiendo identificaciones, evitando la mínima ofensa —salvo contra quienes estiman que pueden pisar— y, notoriamente, con adopción irreflexiva de consignas disfrazadas de ideas para pertenecer a una comunidad en que, bien mirado, cualquier querencia está en duda.

En su ensayo, Krauze documentaba la estatolatría de Fuentes y su contribución al populismo del presidente, pues según el novelista: “Todas las fuerzas de la reacción mexicana se confabularon para tenderle una trampa a Echeverría, estigmatizar al nuevo régimen, desacreditar la difícil y calificada opción democrática con que el nuevo mandatario intentó superar la honda crisis del 68”. ¿Cuántos —estos sí intelectuales orgánicos— hacen hoy afirmaciones similares, contra toda razón, sobre el presidente López? Si es como la describo, a esta comunidad le urge el análisis y la crítica.

Una fotografía de la autoría de Paola Bragado.

Poco después de la muerte de Paz, en una conferencia en Londres, el 5 de mayo de 1998, Fuentes habló sobre el poeta. Como preámbulo dijo que Reyes “abominó de mi Región más transparente”, pero aseguró que “le agradecí su franqueza y mantengo viva la llama de mi amor y gratitud”. En 2002, Fuentes abrió su libro y diccionario En esto creo con la entrada amistad. No disertaba sobre la lealtad como indispensable ingrediente de ella, pero dedicaba renglones a la traición. Escribió: “en la diplomacia y en la política, confiar en la amistad es exponerse al error”. Asomaba un criterio que le era central: mantener el poder. Aunque en En esto creo, Fuentes anotaría que: “la amistad es una forma de la discreción”, en Londres dijo de Paz —quizá en alusión a sus problemas económicos—: “¿Lo incendió, otro día, el dinero a él?”. Fuentes también mencionó las visitas de ambos, y otros, al burdel “Casa de La Bandida”, anotó que le ofreció ayuda económica a Paz cuando éste renunció a la embajada en la India, además de asegurar que fue de quienes más lo defendieron ante el presidente Díaz Ordaz. Salvo que algunos documentos biográficos demostraran algo distinto, Krauze no cometió infidencia alguna. Se traiciona a un amigo si éste nos ha contado sobre alguna infidelidad sexual a su pareja y uno lo difunde, no si se discuten temas públicos. Fuentes decía “Hay que ser Malraux”, el novelista y aventurero que fue ministro de cultura francés por más de 10 años. Esa declaración no tenía carácter confidencial: era una aspiración pública.

Casi al final de esa charla londinense, Fuentes aseguró que siendo director de la Revista mexicana de literatura hubo alguien que puso a su consideración un texto que era “un ataque salvaje contra Octavio Paz”. Después contó un diálogo que hacía posible su deslinde de Paz: Fuentes se habría negado a publicar el artículo, su interlocutor le habría cuestionado no creer “en la libertad de crítica y de expresión”. Fuentes habría respondido que él creía en la “amistad” y que en su revista “contra un amigo, no”. Esto sintetiza cómo Fuentes descalificaba la crítica. Sólo la existencia de un archivo de la redacción de la Revista mexicana de literatura, o el testimonio del autor del texto, podría corroborar la autenticidad de la anécdota. Sin ello, la historia resulta inverosímil por lo conveniente que es: Paz sería un traidor por publicar “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, mientras que el novelista sería encarnación de su propio concepto de amistad: lo único honorable sería silenciar la crítica a los amigos. La crítica reducida a cuestión privada.

El ensayista Enrique Krauze escribió La comedia mexicana de Carlos Fuentes.

Contradictoriamente, en En esto creo, Fuentes sentenció: “Las diferencias deben aumentar la amistad y el respeto mutuos”. En efecto, la crítica —al señalar diferencias y establecer distancias— puede ser una práctica del respeto: su ausencia está en los halagos insustanciales que ni siquiera toman en serio las obras. La crítica puede ser una invitación al diálogo. Criticar no es suponer suficiencia propia, ni mucho menos expresión de alguna patología mental, pero sí implica romper con el estado de las cosas. Krauze escribió sobre la prosa de Fuentes: “no convence pero apabulla, apantalla”. Ese, me temo, es el registro común de la crítica de las artes en México. En esta columna busco otro lenguaje, como decía hace un año: la claridad como vehículo de pensamiento en el género ensayístico. Pero el camino es largo: el poeta José Pulido me hizo notar que no le quedaba clara mi posición hacia un libro que reseñé adversamente. Quiero perseverar en la civilidad que es apertura al diálogo y que, afortunadamente, a través de estas entregas se multiplica. Pero la crítica es también polémica. Como en cierto concepto más productivo de la política, acaso quepa una civilidad adversarial para celebrar y ejercer la crítica en Dispersiones.

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