Las vejaciones del pueblo bueno (sin #hashtag )

La vejación es violación por definición, pero en el México progresista, revolucionario de Starbucks y ciberactivista con V de vendetta las agresiones son o no dependiendo del pueblo que las ejerza. La CNTE lopezobradorista todo lo puede, sus bloqueos, campamentos y marchas son intocables.


En Chiapas vejaron a maestros que dan clases, que son del otro pueblo, del malo, del entreguista. Y encima dicen que fueron benevolentes, que apenas fue un aviso.


Acciones similares están registradas desde hace mucho, otras justificaciones y otros contextos. Ahora es la reforma, antes fueron conquistas laborales, de plazas, contra líderes; la causa se adapta ad infinitum sin reclamos mayores, sin memoria.


Los líderes del magisterio disidente son dictadorcitos de quinta con maestros de cuarta que acampan, marchan y se turnan según les dictan en Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Michoacán o la CDMX.


Los raseros sociales para semejantes actos los definen los más activos, los que más declaran en medios y redes sociales, las minorías que dicen ser mayoría. Hoy no hay hashtag #yosoymaestro o #todossomosmaestros, y no lo hay porque la crítica no nace en la cuna que los arrulla.


Las condenas quedan para instancias oficiales, oficiosas del pueblo malo.


En la CDMX hemos visto intentos piromaniacos por prender fuego a policías de carne y hueso, jóvenes encapuchados llamados anarquistas y radicales y en la subcultura global, con máscaras de Anonymous, del cómic y película de Alan Moore, como manera válida de rebelarse, de ser antisistémicos, antipoder, antiestructura.


El anti como prefijo que justifica todo pero explica nada.


No hay un #GonzaloMiguelRivasCámara en referencia al trabajador de la gasolinera de Chilpancingo, Guerrero, que murió por las quemaduras que se produjo al ir a cerrar las válvulas centrales y evitar una tragedia mayor cuando, en diciembre de 2012, estudiantes normalistas de Ayotzinapa incendiaron el parador de la Autopista del Sol.


La selectiva memoria social es conducida por hordas que toleran, sin chistar, que un bloqueo de 30 personas en Chiapas, en abril de este año, costara la vida a dos niños tzeltales de 7 y 10 años de edad que eran trasladados por intoxicación en una ambulancia “retenida” por los manifestantes (pueblo bueno), que protestaban contra la autoridad municipal de San Antonio del Monte (pueblo malo).


La permisividad del Estado en todos sus niveles de gobierno frente a vejaciones u homicidios imprudenciales, tentativas de asesinato o lesiones en todos sus gradientes se justifica en la necesidad de corrección política extrema.


Reacciones sociales dispares ante una propaganda de corte fascista que tolera aquello que suma a sus causas y olvida lo que las exhibe en su real dimensión. Son delincuentes vulgares y cobardes los que rapan y desnudan, los que rocían fuego, los radicales que alquilan su impunidad al mejor postor. Y no faltan los tontos inútiles.



Este artículo fue publicado en La Razón el 02 de junio de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

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