Cuando Michelle Yeoh ganó el Óscar 2023 como mejor actriz, en las redes sociales no faltaron paladines de la falsa inteligencia crítica que atribuyeron la premiación a la corrección política y expresaron que —por culpa de ese criterio— la rubia australiana Cate Blanchett habría sido robada de la estatuilla, a favor de la oriental Yeoh. El problema tiene muchas caras. La decisión puede haberse basado en un razonamiento que buscaba complacer a quienes creen —o dicen estar convencidos— de que ciertas prácticas afirmativas —y sobre todo vistosas— corrigen injusticias centenarias y hasta milenarias. Asimismo, es pertinente la crítica a la cultura de la corrección política, pues lejos de ser solución emancipadora es meramente una moral contemporánea, adoptada con fervor por algunos, con frecuencia por identificación y para colocación profesional propias, giro ajeno a causas representadas por las acciones de relumbrón. Pero, la falsa inteligencia crítica es un fenómeno riesgoso —practicado por todos los bandos— que presenta ideas fijas y consignas como análisis y reflexión que incidirían en transformar sociedades, cuando son sólo otra cara de esas prácticas sociales: una pretendida exterioridad que es parte integral de mecanismos establecidos.

Evaluar la actuación, o el arte cinemático y el resto de las artes, es más complejo que juzgar planteamientos que se resuelven por número de anotaciones o posición de llegada a una meta, tan fácilmente discernible como el trazo de una línea en el suelo. Esto también es parte del problema y de la improcedencia de sugerir, más allá del lenguaje figurativo, que haber un “robo” en cuanto al premio decidido por una asamblea. No está por demás repetirlo: es un falso problema que el Óscar sea algo más que un rito de cultura popular con alcance masivo, ajeno a la cinefilia. Fuera del examen sociológico y cultural, valorar los Óscar es, por lo menos, una confusión. Sea una u otra cosa, está el hecho de que Tár (2022), tercer largometraje escrito y dirigido por —el también actor— Todd Field, contiene un magnífico desempeño de su protagonista. De las múltiples posibilidades de interpretación, la actuación de Cate Blanchett es excelente porque crea el personaje de una figura pública que —más allá de faltas sociales tangibles— es de personalidad detestable.
La película de Field da de qué hablar en términos sociales porque tiene investigación y trabajo de respaldo. Su factura es lucidora y estaría fuera de lugar esperar más en términos cinematográficos, como suele ocurrir con filmes que son sólo buenos productos narrativos hollywoodenses. Residente en Berlín, Lydia Tár (Blanchett) es una directora de orquesta estadounidense de trayectoria internacional del más alto nivel. Como ha ocurrido por largo tiempo con hombres en ejercicio del poder, la directora —lesbiana— aprovecha, e incluso abusa, de su puesto para seducir y tratar de acercarse a integrantes de la orquesta.

En el argumento pesa una experiencia previa —una mujer que se comunica insistentemente, porque Tár sigue bloqueando su carrera— y mientras está en curso un nuevo cortejo, la persona del pasado se suicida. El objetivo actual, Olga (Sophie Kauer, para la información trivial: ella se dedica al instrumento de su personaje), es chelista favorecida por Tár para integrarse a la orquesta, por encima de políticas que, supuestamente, evitarían la discriminación y los favoritismos.
La noticia del suicidio y las acciones legales consecuentes coinciden con la popularización del video de un altercado entre Tár y un estudiante. El resultado: la directora pierde su posición y su familia, quedando —al paso del tiempo— reducida a conductora de la orquesta que acompaña un extravagante espectáculo en Filipinas. Aquí estamos en un plano tópico en que la responsabilidad de Tár es clara, aunque probablemente no pueda tipificarse como delito —por la complejidad de la situación de la suicida, no porque la directora se ocupe de borrar mensajes de correo electrónico— y como resultado de su paciencia y sutileza con Olga. Asegurar que la cinta se trata, o más aún, que problematiza la cultura de la cancelación es tan poco esclarecedor como que sería una obra cinematográfica sobre el lesbianismo: la cuestión está presenté pero difícilmente es el origen del encanto relativo del relato. Tár no carece de falta: es alguien que mezcla sus deseos privados con su trabajo.

La gente alrededor de Tár sabe de su acercamiento a diversas mujeres —aunque tenga una esposa, miembro de la orquesta, y una hija— pero alrededor del hecho prevalece un silencio acordado tácitamente (su mujer es alemana, la niña notoriamente diferente al físico de sus madres). Cuando alguien, en un exabrupto, verbaliza lo que todos saben, de inmediato se arrepiente. Es la dinámica de ocultamiento, en diversos campos, que cualquiera que ponga atención detecta en su sociedad, aun ante lo que sus integrantes aseguran considerar como faltas graves. Lydia Tár es encarnación de lo que comúnmente se concibe como éxito —las personas ríen ante sus gracejadas, aunque sean previsibles— pero Field no apunta a generar envidia en el público, salvo que uno considere que la vida se trata de tener aviones privados a su disposición.
Max —varonil estudiante del exclusivísimo conservatorio Juilliard— se describe como persona negra, indígena y de color, además de pangénero: es la versión contemporánea de quienes antaño se enorgullecían por ser damas incuestionables o caballeros cabales, gente sin personalidad que se adhiere, con rigor, a paradigmas de sectores sociales mayoritarios o minoritarios. Tár es invitada a dar una clase en la escuela de Max y, aunque estaban prohibidos los dispositivos electrónicos —se descubrirá posteriormente— que alguien filmó lo sucedido. Max rechaza a Bach porque no aprecia a los “compositores ‘cis’, hombres y blancos”, Tár defiende a Bach y otros creadores canónicos, separando vida privada de la sofisticación musical de la que fueron capaces. Cuando el joven estalla y abandona el salón —ante una comparación que hace notar que él carece de igualdad con la compositora que interpreta— la directora le dice: “Parece que el arquitecto de tu alma son las redes sociales”. A Tár no le falta razón, pero sí tacto ante el muchacho y estrategia para perseverar en su idea de la autonomía del arte.

Con ironía, Field hace que la directora de orquesta esté lanzando su libro Tár sobre Tár, prueba de su efímera consagración. Más que el deseo circunstancial, el altercado que sería intrascendente sin difusión o las consecuencias familiares, el drama que hace interesante a Tár, porque está desarrollado, es el de Lydia versus Lydia. El regreso momentáneo a su hogar familiar —más bien humilde— revela que su nombre es Linda, apelativo más común, que la forma en que el mundo la conoce. Lydia Tár es una persona carente de espontaneidad, de hablar afectado, que ensaya cada movimiento de su presentación ante las personas; alguien que ha construido minuciosamente —más allá de su talento y dedicación a la música— su ascenso al reconocimiento. La convergencia de Field y Blanchett en crear el personaje de Tár —como exploración de las personas públicas— da interés a esta película, por eso la actuación es crucial, como la escritura del guion y la cruda caracterización, que conforman a la entrañable y despreciable Tár. Dicho lo cual, llego a la pregunta, ¿la implacable búsqueda de notoriedad es compatible con la entrega al arte por el arte, en el carácter romántico de esta concepción está la semilla del extravío en la pedantería?

