Imaginar la muerte… pensar la paradoja

A mi padre, in memoriam

Fue a los cuatro años la primera ocasión que la presencia de la muerte pasó por mi vida, si mi memoria no falla, en el sepelio de una familiar lejana del lado paterno. No recuerdo con precisión el lugar: una casa vieja, seguramente de la familia de la difunta; lo que no he olvidado es el ambiente, por un lado: sombrío, denso, triste; por el otro: ruidoso, multitudinario, ceremonial.

Toda la familia del lado de papá estaba ahí reunida: las mujeres usaban vestidos largos, negros y cubrían sus rostros con velos que ocultaban sus facciones y los ojos llorosos. En su mayoría, ellas recogían su cabello en una coleta o en un chongo. Los hombres vestían traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. No recuerdo cómo íbamos vestidos los niños (¿de luto?), pero mantengo en la mente dos circunstancias: nos llevaron a un cuarto al fondo de la casa, ahí estábamos una decena de infantes que no podíamos correr, jugar o gritar, nos obligaron al silencio, y esa situación se mantuvo hasta que una de las pequeñas rompió en un violento llanto y en una serie de lamentaciones que todos los demás seguimos a resultas del frenesí.

A más de cuarenta años del suceso todavía me pregunto por qué llorábamos lamentando la muerte de una desconocida, ¿acaso porque el evento sembró en nuestras conciencias de párvulos un rasgo de misericordia por la desgracia ajena, o fue, tal vez, la sensación de misterio, de temor reverencial o de curiosidad, provocada por la muerte, lo que nos movió a las lágrimas?, pues, si el recuerdo que tengo del evento es exacto, otra de las prohibiciones a las que nos sometieron los adultos aquel día fue no acercarnos al ataúd abierto de la tía abuela, como si con esa distancia del cuerpo muerto nos liberaran de un riesgo, ¿de una enfermedad?, dando consistencia al ancestral tabú de alejarnos de la carne podrida.

Lo cierto es que a partir de ese instante pude percatarme de que la muerte representa un misterio y una fuerza incontenible, por ello la necesidad de ritualizarla. Todo aquello que genera una sensación de superioridad nos mueve a la resistencia y al rechazo, pero, también a la sacralización, que se manifiesta en la necesidad de representarla a través de figuras etéreas y sobre humanas (fantasmagorías, espíritus, apariciones), que no son más que pretextos para justificar la búsqueda de la inmortalidad, que en general concluye en una superficialidad: la idea de que “eso” no ocurrirá, “no a mí”. Al menos no pronto.

Durante la juventud pocos tienen un temor mayúsculo ante la fatalidad de morir. En esa esta época, más bien, existe un claro olvido de la muerte, un alejamiento, “lo abstracto de nuestros sentimientos en la juventud nos identifica con la naturaleza y nos engaña (siendo frágil nuestra experiencia y fuertes las pasiones) con la creencia de ser inmortal como ella misma” (William Hazlitt). Esta negación de la muerte explica su negativa, pero sobre todo la ritualidad alrededor de ella. “El primer testimonio fundamental, universal de la muerte humana lo da la sepultura”, y el acto conservar el cadáver, de no abandonar a los muertos, supone una prolongación de la vida (Edgar Morin).

Esta negatividad se traslada a la elaboración de leyendas, de fantasías, de toda una mística en torno a los difuntos, que tiene como telón de fondo la idea de no dejarlos ir, de no abandonarlos, asirnos a la idea de que viven más allá de la muerte, y que, debido al amor, a la nostalgia o al fervor religioso, podrían estar de vuelta, al menos, para aclarar algunas de las dudas que dejaron con su partida, consolarnos transitoriamente, con lo que a partir de la muerte se construye “una metáfora de la vida” (Edgar Morin).

Esta metáfora de la vida más allá de la muerte ha tenido sus mejores expresiones artísticas en la poesía funeraria, en la pintura (donde se recrean los viajes infernales o celestiales, así como la súbita concurrencia de aparecidos en la vida cotidiana de los pobres mortales) o en el relato de viajes supraterrenales, donde los protagonistas descienden a los dominios del infierno y ascienden al purgatorio, hasta llegar a Empíreo: “el más alto de los cielos” (Dante Alighieri).

Paralelamente, se han formulado teorías en las que las personas a punto de morir tienen una “visión panorámica de la vida”, en la cual los recuerdos y personas trascendentes llegan a la memoria antes de apagarse, como una especie de juicio sumario personal, en el que aún es posible hacer lectura de las conciencias ajenas, de modo que “el adulto que revive episodios estaría en condiciones de conocer lo que pensaban y sentían sus padres” (Giussepe Amara). Este tipo de elaboraciones son un camino para construir una “conciencia de la muerte”, así, cuando el niño adquiere individualidad, está en posición de entenderse a sí mismo y de reconocerse como ser mortal, y entonces sobreviene “la angustia de la muerte y la conciencia de la inmortalidad” (Edgar Morin).

Después de ese primer evento funerario de la niñez, la muerte fue una ausencia en mi vida y no volví a pensar en ella hasta que la mala fortuna se encargó de ponerla, ahora sí, frente a mis ojos, con el fallecimiento de mi tío, el hermano mayor de mi padre, quien apenas bordeaba los cincuenta y siete años. Cuando eso ocurrió yo tendría alrededor de 20. La primera impresión que tuve al ver el cadáver fue desconocerlo. Una parte de mí aceptaba que era mi tío –quien pasó en limpio mis primeros cuentos a computadora y me animó a no dejar de escribir, a pesar de las circunstancias– pues eso decían los registros médicos, pero sus rasgos faciales, endurecidos, decían lo contrario: la muerte te transforma en alguien más, en un desconocido, como si el acartonamiento de las facciones anunciara que pronto todo tendrá la solidez de la piedra, tal vez la última resistencia que genera el cuerpo en putrefacción cuando se reconoce futuro festín de los gusanos.

Una pérdida cercana fue la que me hizo tomar conciencia de la muerte y revivir el trauma que significa la desaparición. Los cincuenta y siete años de mi tío no me parecían una edad razonable para morir, sin embargo, esa sensación de pérdida fue la primera preparación para lo inevitable. “Sólo cuando los objetos actuales comienzan a perder sentido, y juzgamos con desilusión nuestro empeño, y nos sentimos desarraigados, sólo entonces esa pasión pierde fuerza sobre el alma, y llegamos poco a poco a destetarnos del mundo, contemplando, como en un cristal, oscuramente, la posibilidad de separarnos de él para siempre” (William Hazlitt).

A partir de ese momento adquirí la conciencia de la muerte y de mi individualidad condicionada por un inevitable fin, un “traumatismo” que sólo se aligera al aceptarlo y vivir sus consecuencias. “La muerte sólo vuelve cuando el yo la contempla o se contempla a sí mismo” (Edgar Morin). Sin embargo, la aceptación de una circunstancia difícilmente supone su serena aceptación. Solo la vida colectiva es capaz de nublar la individualidad al someter la idea de muerte a la consecuencia de un hecho social –la guerra, la violencia, la enfermedad, el accidente– y construir en torno a ella un halo de normalidad psicológica que pretende descargarla de fatalidad, a través de un artilugio: la entronización del héroe. “La heroización cívica de los grandes hombres es una victoria laica sobre la muerte” (Edgar Morin). Por esta razón, la muerte de quien cumple su deber social, comunitario, se constituye en una bendición, en una salvaguarda del honor, a través de la racionalización de la fatalidad, al convertir la pérdida en ganancia, de modo que el trauma y el deseo de inmortalidad se transforman en virtud cívica y el luto individual en luto colectivo.

Esta visión contradictoria de la muerte es la que permite su reelaboración, de modo que el trauma adquiere la apariencia de una aceptación cuando se somete a la criba del honor y la recompensa, que no sólo justifica la muerte (su dignificación) sino que habilita el asesinato, como una consecuencia de la pérdida de la individualidad. En este escenario, la muerte deja de ser un accidente y se convierte en una paradoja y la brutalidad adquiere la densidad de lo posible, con actos que van del canibalismo, al homicidio y la tortura, como hechos aceptables y adaptables a la realidad, aspecto suficiente para garantizar la convivencia pacífica entre personas.

En una lógica primitiva, el canibalismo fue aceptado porque supuso adquirir por la vía del gusto las virtudes del enemigo. En una lógica moderna, aceptar el asesinato como pasaporte al más allá satisfizo la cobertura de una necesidad grupal. Es lugar común el enunciado que señala que el hombre es el único animal que mata sin que se atraviese entre la acción y la consecuencia una necesidad. El hombre mata por su necesidad (¿gusto?) de guerrear, de imponerse a sus semejantes, de obtener mayor poder, de conquistar territorios, de justificar una política o de obtener un beneficio, a costa de los demás, para colmar la sustancia de una paradoja.

En nuestra realidad actual la muerte se ha convertido en moneda de cambio común ante el deseo de imponerse a otro sujeto. El crimen es su manifestación más funesta, pero, acaso, las más habitual y, entre más violento y espectacular es el acto de matar, más eficaz y sugestivo es el mensaje frente a los ojos de los observadores, pues “el homicidio [al igual que horror a la muerte] está regido por la afirmación de la individualidad” (Edgar Morin), no es por ello casual que el asesino recurra a las técnicas más sangrientas para torturar y después asesinar a su víctima, ya que la motivación detrás del acto de matar es la intención de dejar de manifiesto el poder, la fuerza, que tiene como resultado el nacimiento de un inconfesable placer.

El deleite del que goza el asesino se transmuta en paroxismo al momento que observa el resultado final de un acto bárbaro, por medio del cual reafirma su individualidad eliminando, borrando, de una sola vez, la individualidad de la víctima, y convirtiendo su maldad en un efecto del nihilismo y la crueldad en la mejor expresión del vacío emotivo y emocional: la transformación del hombre en bestia o, peor aún, la coronación del autómata (el robot) frente al ser humano.

Esta forma que ha encontrado la persona para adaptarse a la muerte revela su naturaleza más violenta, pues, lejos de pensar la muerte, elige la destrucción e instalarse en la paradoja para explicar un evento que antes de convertirse en verdugo de sus semejantes tenía la naturaleza de accidente, de eventualidad, de un transcurrir del tiempo, de manifestación de la naturaleza, y ahora, de frente a la barbarie, mantiene el horror ante la carne muerta, pero estrena la fascinación de experimentar placer ante el sufrimiento: cúspide del sadismo.

De cara a las escenas de terror televisivo o informático la gente muere presa de la violencia, de la guerra, a consecuencia de la defensa de la paz social o de la seguridad, o para satisfacer una necesidad apremiante de cualquier otro tipo. A pesar de eso, la adaptabilidad de las personas a la muerte sigue adhiriéndose a la necesidad de explicar un misterio, de dar continuidad a la vida después de la muerte o de dar consistencia al sueño general que tenemos todos de recuperar a nuestros seres queridos.

La muerte de mi padre ocurrió cuando estaba a punto de cumplir los ochenta años, tiempo razonable para concluir una vida, más todavía, después de sufrir una larga y dolorosa enfermedad que lo dejó inmóvil y sin posibilidad de pronunciar palabra. Su único medio de comunicación eran las señas, los gestos y una emoción por la música que sólo se extinguió cuando cerró definitivamente los ojos.

Es una realidad que nadie logra tener un consuelo completo ante la pérdida de un ser querido, tal vez, al final, de cara a la muerte, el alivio sobreviene cuando la presencia de la fatalidad deja de ser un sueño, una invocación mágica, una leyenda, y se convierte en una posibilidad: el siguiente paso en el acto de madurar y de adaptarse  a la vida en todas sus facetas, aún la última.

Autor

  • Rodolfo Lezama

    Nació en México D.F., en 1974. Escritor de oficio, especialista electoral por necesidad, inconforme por decisión. Egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM y del Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ha publicado cuento, ensayo literario y reseña musical en diversas revistas y periódicos culturales, así como artículos especializados en materia electoral. Escribe de forma habitual en la revista Voz y voto. Actualmente trabaja una saga narrativa sobre el viaje literario.

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