Pedro, “El hámster”

Pedro vivía en un agujero húmedo y salitroso, en la pared de un viejo edificio de Tlalpan, en la Ciudad de México. Todos lo conocían como “El Hámster” a pesar de su color grisáceo y su larga cola.

Durante su infancia, Pedro fue robusto y bonachón, pero ante todo astuto y ambicioso. En el Kinder supo del flautista de Hamelín y desde entonces lo detesta, pero no por los niños que fueron sus víctimas, sino por las ratas a las que ahogó. Aquella leyenda lo impactó tanto que decidió ser él quien algún día tocara la flauta para guiar a los roedores, haciéndoles creer que todo lo hacía por ellos. Ahora es líder de un sindicato. Viste traje de tres piezas, con chaleco de seda y sombrero de copa. Usa bastón de ébano y se transporta en helicóptero.

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En el Kinder también oyó aquellas coplas que se refieren a una rata planchadora que se quemó la cola y le quedó un rabito. Por eso, en cuanto royó de las primeras cuotas sindicales, fue a operarse a Tailandia para quedar como Hámster, con mejillas prominentes y un travieso rabito al que le puso en la punta un montaje de oro.

A sus 59 años, Pedro ondea la bandera del éxito en las gradas de la serie Mundial de Béisbol o viajando fuera del país, según dice, para hacer realidad aquella aspiración marxista de unir a todos los proletarios del mundo. Ahora es diputado federal. Lejos quedó el tiempo de su militancia priista en la que pedía las sobras de otros, ahora milita en Morena y tiene tanto dinero que patrocina las campañas de otros para luego pedirles favores. “El Hámster” siempre mira hacía lo más alto. Por eso, cuando decidió defender a los migrantes, no fue a las fronteras norte y sur de nuestro país. ¿Para qué limitarse? Fue hasta el Vaticano para hablar con el Papa sobre el tema, según dijo, aunque los malpensados aseguran que no habló con el sumo pontífice, sino que intentó vacunarse para que nadie le dijera que andaba por Europa en otro de sus viajes de placer, viviendo del erario. En todo caso, la pregunta es en qué ayuda a los migrantes ese encuentro.

Los auténticos hámsteres castañean los dientes, las ratas se comunican a través de chirridos. Y eso es lo que delata a Pedro, aunque él no quiera. De ahí que su forma de hablar sea tan tierna, expandiendo las mejillas y emitiendo sonidos que semejan al roce de canicas meneadas con la lengua. Así anda entre los amigos por el bosque, en su “Rancho del lago”, que tiene en la entrada un enorme retrato del exlíder de la CTM, Fidel Velázquez, y consta de más de mil 80 metros cuadrados, donde hay una plaza de toros, hotel, capilla, viñedos y campo de equitación. Ahí “El Hamster” organiza reuniones espectaculares en honor a Dioniso aunque no tenga la menor idea de quién es ese dios. La mansión se llena de música y gritos en favor del pueblo y la austeridad republicana.

Pedro, “El Hámster”, jamás imaginó situarse en la cúspide del poder. Ni ser protegido por la élite, ni él mismo ser protector de otros, dentro de una compleja maraña de intereses. Pero cada noche, cuando la ostentación termina, él sabe que no puede engañarse. Solamente es una rata con dinero dispuesta a todo con tal de preservar lo suyo. Es ignorante, pero astuto, los tres libros que ha publicado a su nombre los escribieron otros y los imprimió una editorial que cobra por hacer esos favores. No le importa eso, sin embargo, ahora él es el flautista y no la rata. Y aunque la jefa mayor ya preguntó sobre el origen de su fortuna, en el fondo lo protege.

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