Hace ya algún tiempo una serie de filósofos creyeron que las personas podríamos conducirnos a nosotras mismas —y en sociedad— con base en el uso de la razón. Tanto tiempo después, cuando se suponía que la superstición y otras taras habrían sido desplazadas, las cosas han cambiado, pero no tanto. Las pruebas abundan. Hay simplistas que gustan de propugnarse como liberados de convenciones al favorecer remedios “alternativos” sobre el indiscutible triunfo científico de la medicina —que ha expandido y mejorado la vida— así como persisten quienes suponen que los horrores del siglo XXI provienen de un mundo conducido exclusivamente por la razón. Pero los hechos observables por quien quiera ver son que, en realidad, la razón se ausenta cada vez en más campos.
Curiosamente la retirada del énfasis en la razón ocurre entre celebraciones, no desde el irracionalismo o la sinrazón sino desde trincheras que se identifican como inteligentes y críticamente emancipadoras. Es una de las falsedades de nuestro tiempo. La comunidad cultural —el conjunto de artistas, públicos, intelectuales, críticos, académicos, administradores y burócratas de tales prácticas— es en buena medida corresponsable de que la irracionalidad vaya ganando terreno. Esto no sucede por sano ejercicio de la imaginación —que escasea— sino por adicción a retóricas vacíamente lucidoras: discursos y prácticas que sirven para pertenecer a una identidad que, paradójicamente, es más acartonada y menos luminosa que los dogmas religiosos.

Imaginemos un redactor periodístico que —probablemente bajo presión laboral— escribe un texto en que cuestiona a los consumidores que adquieren ropa y no la usan “racionalmente”. La controversia hacia los compradores puede ser que visten la ropa de vez en cuando, quizá una sola vez o con intervalos que pueden alcanzar años. El armario se va llenando de otras prendas, algunas salen por desgaste, otras por cambios en la moda o son descartadas por variados motivos, incluyendo materiales que se pudren. ¡Qué escándalo!, sugiere el redactor con probable anuencia de buen porcentaje de lectores, quienes acaso piensen que habría que reformar hábitos de consumo. ¡Qué falta de consideración con el medio ambiente! ¡Además hay explotación laboral detrás de cada prenda! El redactor queda bien con el editor, porque no hace olas —dice algo que se dice— produce un artículo que hasta parece razonable, gana anuencia de muchos lectores, no propicia críticas ni quejas. ¡Ese es el escándalo, que los juegos verbales pasen por razones!
Es de llamar la atención cómo la coloquialidad gana terreno en la comunicación, como si reproducir expresiones en boga fuese virtud, sin observar si contribuyen a la precisión. Así hace semanas, en un connotado diario internacional, se pudo leer en el título de un texto la frase “cómo hemos normalizado” que tan común se ha vuelto en el habla de quienes quizá presumen que usar esa y otras expresiones —con tufo sociológico e histórico— daría carácter crítico a lo que expresan. Esta nota en particular —que no abordaba cómo se ha vuelto común y ni siquiera si es realmente habitual la acumulación de libros— mencionaba el tsundoku, la práctica de comprar libros sin afán coleccionista sino para conservarlos con la siempre demorada intención de leerlos en algún momento.

Reveladoramente el redactor soltaba reproches desde el primer párrafo, estableciendo el tono de interpretación de su nota al hacer alusión a un personaje real o ficticio: “Va a seguir comprándolos en las librerías, independientemente de si lo hace de manera impulsiva o de un modo planificado”. Así emerge la supuesta racionalidad —aludir a lectura planeada— en un reclamo anticonsumista y moralino que no se arriesga en argumentar su causa, pero que está en sintonía con tonterías contemporáneas propensas a la confusión. Si bien en el texto no están ausentes citas de fuentes tan contundentes como algunos famosos de redes sociales —evidentemente no hace falta otra explicación que lo dicho por quiénes que logran “seguidores”— a ese redactor tampoco le faltaron párrafos con ese falso comodín explicativo: la inmersión “psicológica” en los temas. Esto además de revelar el trasfondo mental de la acumulación libros, también e implícitamente ofrecería esa solución universal de nuestros días: la “terapia” (con frecuencia ofrecida por patentes monstruos). La posibilidad de que uno tenga libros porque le dé la gana queda eliminada. De que uno compre libros, así como si golpea personas o llanamente resulta uno molesto por existir, se sigue el que hay que ir a terapia. Se sabe.
Entiendo que hay algún personaje que confunde decoración con orden, quien conmina a poseer sólo 30 libros. Lo que podría ser excelso gusto literario es muestra de analfabetismo funcional. Hay, por supuesto, fuentes algo más doctas sobre el ordenamiento de libros. En el caso del redactor periodístico otra de sus faltas de originalidad fue caer en demagogia al mencionar —y cerrar— refiriéndose a segundas vidas de los libros. Es uno de los entramados retóricos a que aludía yo antes: contribución destacada de la comunidad cultural a las embestidas contra la razón, paradójicamente revestidas como bello ejercicio de ella. Habrá que volver a Benjamin y otros, pero hasta en redes sociales circula la afirmación de que: “Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, ya que es una tontería criticar a aquellos que compran más libros de los que nunca podrán leer” (aunque hay quienes leen apresuradamente y, peor aún, quienes siempre saben qué encontrarán en sus lecturas merced a interpretaciones “teóricas” prefabricadas o meros prejuicios asentados: leer para no leer). Pero ni siquiera Eco —autor de las anteriores palabras— escapó de la retórica demagógica, pues afirmó: “Los que aman los libros saben que un libro es cualquier cosa menos una mercancía”. Sólo fuera de la razón es posible suponer que objetos en su mayoría desechables —justificables sólo como motivo de intercambio comercial— requerirían de una categoría distinta a la de mercancías.

Acumular libros no es heroico. Suponerlo y aludir a proyectos de lectura —e incluso atisbos de eternidad— es mecanismo de distinción de aturdidos para aturdidos se trate de coleccionismo, bibliofilia, bibliomanía, tsundoku o extravagante inversión financiera. Es risible cómo hay pseudointelectuales que llenan uno o dos libreros y ostentan poseer un supuesto acervo significativo. Al lado hay quienes desde cierto punto de la vida hemos coleccionado más libros de los que podríamos leer aun si dedicásemos el resto de nuestros días sólo a ello. No conozco alguien en esa situación: aparte de las fisiológicas, tiende a haber distracciones así sean cercanas a la lectura, como la de presumir ante otros lo leído. La acumulación de libros es apenas una decisión como cualquier otra —buena o mala— y, dada la escasez de castillos, claramente impráctica cuando de verdad se la puede llamar biblioteca.

