Es lo malo de vivir de falsas esperanzas. Que cuando lo asumes estás perdido: sucede hoy a los optimistas que adelantaron “transición democrática”, “caída del muro del Caribe”, “consolidación del deshielo” y bla bla bla, porque Obama visitó Cuba y The Rolling Stones dio un concierto.
El reciente congreso del partido comunista mató el alborozo: no habrá otro partido, el Estado sigue como único dueño de los medios de producción, la única propiedad privada serán unas fondas de arroz y frijoles, cuyos dueños pagan leoninos impuestos con dinero que reciben de familiares en Miami.
Pensar que habría un cambio era ilusión de principiantes o euforia de buena voluntad. La dictadura jamás ofreció el menor atisbo de variaciones: Raúl Castro ni recibió a Obama en el aeropuerto habanero, y cuando Obama se marchó mandó llamarlo “negro” en la prensa.
Un día después de la partida del inquilino de la Casa Blanca, el diario de la capital tituló: “Negro, ¿tú eres sueco?”, en alusión a que es alguien que se hace pasar por tonto, pues en Cuba eso significa la expresión “hacerse el sueco”.
En lenguaje más elaborado, durante el reciente congreso, un delegado a quien Obama perdonó una cadena perpetua por espionaje, consideró al presidente estadounidense un “flautista de Hamelín que vino a tocarle a nuestros hijos, para llevarse sus corazones”.
El mismo espía a quien Obama autorizó que, desde una cárcel de alta seguridad, enviara esperma a su esposa en Cuba, para embarazarse por inseminación artificial. El mismo espía que ayudó a derribar dos avionetas civiles con cuatro ciudadanos estadounidenses en espacio aéreo internacional.
Estaba avisado que la dictadura optaría por el inmovilismo en el pasado congreso, en su acostumbrada estrategia de escupir el pastel a cada gesto de acercamiento a la isla por parte de Estados Unidos desde 1959:
—A Kennedy, con la instalación de bombas nucleares a 200 kilómetros de La Florida.
—A Kissinger, invadiendo Angola y Etiopía.
—A Carter, con el éxodo de Mariel.
—A Clinton, con el derribo de dos avionetas civiles de Estados Unidos.
—A Obama, con un congreso que afianzó en el poder a comunistas de 80-90 años, rechazando a los jóvenes y advirtiendo que su deshielo es “sólo un cambio de método para forzarnos a un cambio político”.
Sin embargo, estas ilusiones perdidas eran tan previsibles como que el sol siga saliendo. Acerca de Cuba no caben los futurismos ni las elucubraciones políticas comunes en los países no ya digamos democráticos, sino de sistema mixto como Rusia o Venezuela.
Porque, hasta en ésos, la política llega a ser “lo que no se ve”. Pero, en Cuba, es “lo que se ve”.
Una dictadura, grotesca y sin imaginación.
Este artículo fue publicado en La Razón el 22 de Abril de 2016, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página
