La edición 2025 del Festival Internacional de Cine de la Universidad Nacional Autónoma de México (FICUNAM) marca los quince años de su realización. No pude evitar pensar que alguien —un muchacho, por decir algo— que llegó de 20 años aquella noche del jueves 24 de febrero de 2011 a la inauguración del primer FICUNAM, hoy es un señor de 35 años. El tiempo ha pasado, el equipo que lo hace realidad ha cambiado y el espíritu del festival se mantiene. Para conmemorarlo, los organizadores han editado el libro FICUNAM 15 años. Conviene referirse a los textos del volumen —para enlazar su contenido con realidades del festival— y reflexionar sobre cuestiones como la continuidad, o no, de los públicos de las actividades culturales.
El libro reúne textos redactados para la ocasión. Está ilustrado con fotografías a color y a blanco y negro (con cuando menos un error en sus pies de foto al identificar lo que probablemente sea el Cinematógrafo del Chopo como una sala de Ciudad Universitaria). Los escritos van desde algunos con retórica unameña típica, como el de Guadalupe Ferrer quien apela innecesariamente a la “universidad pública” y desliza una comparación desacertada sobre el tamaño del público (entre presencial anterior y virtual durante la pandemia) o la exaltación de Abril Alzaga quien recuerda charlas con directores suponiendo que “el impacto de estas conferencias magistrales ha sido profundo, casi poético”; hasta memorias de críticos, cineastas y organizadores que delinean bastante mejor el significado de FICUNAM, para comenzar y destacadamente, el ser fuente de amistades alrededor del cine, lo que no es poca cosa.

La compilación aporta elementos para la historia del festival, como el registrado por la directora fundadora Eva Sangiorgi quien alude a que parte del equipo provenía del Festival Internacional de Cine Contemporáneo. A su vez, Rosa Beltrán, coordinadora de difusión cultural de la universidad nacional, en un texto también burocrático como los de Alzaga y Ferrer —en la tesitura de los casi siempre inoportunos discursos de cada inauguración del festival— anotó, no obstante, una frase pertinente al describir el festival como “vanguardia cultural”. Como se publicaron sólo 500 ejemplares de FICUNAM 15 años y la página legal informa “Publicación gratuita. Prohibida su venta”, se convierte, como otros impresos del festival en inmediato objeto de colección.
El libro también incluye un “manifiesto” del pequeñísimo grupo de cineastas experimentales conocido como Colectivo Los Ingrávidos. El texto recuerda más cierto lenguaje académico —con toques “mesoamericanos”— que a los viejos manifiestos de artistas. Quizá esté incluido como guiño de los organizadores al punto que merece calificativos en varios textos: que en FICUNAM se aspira y trabaja en proyectar —para usar una expresión mía— un cine diferente. ¿Diferente de qué? Tanto de lo habitual en las cadenas de entretenimiento como distinto a la programación normal de recintos que se identifican como culturales: un afán de ir al centro de lo cinemático.

Mencioné los cambios en el equipo del festival. Hay, no obstante, un decano que se ha mantenido —otras personas han sido intermitentes— entre los programadores desde el inicio y hasta ahora: Sébastien Blayac, quien trabajó al lado de Roger Koza, pieza fundamental de la potencia de FICUNAM. Un hecho importante sobre quienes hacen posible el festival lo expresa Eva Sangiorgi en su texto —desde el liderazgo responsable— aunque ya no sea parte oficial del festival: “quizá faltaría gestionar el proyecto para que todos los colaboradores, que en muchos casos siguen fieles desde su inicio, se vean recompensados con un contrato de trabajo que enfatice el compromiso social de la UNAM. Siempre son difíciles este tipo de gestiones en proyectos estacionales, pero ahora parece que la temporada se ha consolidado”. Esta cuestión laboral atañe no sólo a esta universidad sino a festivales en muchos lugares del mundo y, efectivamente, llama a tener una respuesta que honre la retórica de los altos miembros de la burocracia de la institución.
Una cuestión importante por recalcar sobre FICUNAM es que aun siendo una gran fiesta anual del cine no es —como ninguna actividad cultural puede serlo— de criterio estético impoluto, a pesar de que los elogios a su alrededor lo sugieran. Quizá la condición misma de realizarse en una universidad determine esta dinámica, pues, así como en el festival se llevan a cabo actividades de formación, también da entrada, por ejemplo, a producciones estudiantiles. Una perspectiva es ver esto como positivo para el fogueo de los jóvenes, pero esta práctica crea distorsiones en que ciertos rasgos de creación iniciales, en vez de ser superados por maduración artística, se convierten en características permanentes y, peor aún, muletas de por vida pues la aceptación y elogio prematuro de su trabajo puede hacer creer a los jóvenes que han llegado, cuando quizá ni siquiera han encontrado un camino. Además, FICUNAM reproduce taras del más amplio mundo cultural, por ejemplo, la exaltación de algunos filmes por motivos arbitrarios —que van desde la amistad hasta la simple confusión— y que a pesar de que se traduzcan en aparente consagración social de las cintas, tanto en el momento inmediato posterior a la proyección entre conocidos, como por el eco posterior e incluso por las puertas que se abren y voces que magnifican los trabajos; pero éstos siguen y seguirán careciendo del sustento estético que los valide.
La comprensible falibilidad de FICUNAM se condensa de muchas maneras, pero la presentación del libro al alimón entre Maximiliano Cruz, director artístico, y Fernanda Becerril, directora ejecutiva, ofrece una muestra en ese sentido tanto en su tono como en la recurrencia de tópicos. Se trata de afirmaciones que, ante examen, se demuestran sin sustento, por ejemplo, un paradigma que enuncian y comparten con otro célebre festival: la superstición de que el cine sería “uno de los lenguajes más transformadores”. Esta aparente convicción a favor del cine, paradójicamente, es un voto de desconfianza en el arte, pues hace residir su importancia en un supuesto efecto social incomprobable (e irreal), en vez de reivindicar la simple existencia de obras audiovisuales que son cine y su legítimo disfrute sólo como cine, no como instrumentos sociales o políticos. Ese goce cinemático —no desligado de otras dimensiones— es ya un prodigio y es de hecho lo que ocurre en FICUNAM.

En sentido semejante, la exdirectora administrativa Abril Alzaga quiere creer que la crítica cinematográfica tendría un papel que difícilmente le corresponde: “la crítica puede llegar a ser una herramienta para el cambio social”. No estamos ante pensamiento de avanzada o consecuencias ideales de la crítica, sino ante una retórica de búsqueda y mantenimiento del poder burocrático, pues es el lenguaje del actual grupo gobernante autoritario de México que distrae de su carácter con ese tipo de referencias a transformaciones inexistentes. Ante ello, conviene que quienes estamos centrados en la experiencia estética y el amor a las artes no cesemos de reivindicar la legitimidad de lo puramente cinemático, sin necesidad de discursos populistas.
Los públicos de FICUNAM no han sido constantes, aunque los números reportados sean homogéneos. Una importante fracción es comprensible que haya pasado por alguna o varias ediciones y después hayan desaparecido: son estudiantes que en ocasiones han podido asistir gratuitamente a las funciones. Es entendible que al dejar la universidad les sea menos factible acudir al festival. ¿Algunos entre ellos habrán desarrollado afición al cine y seguirán buscando el cine diferente que caracteriza a FICUNAM? Es improbable que así sea, pues ni siquiera en la Ciudad de México abundan —y para mayor claridad: hay siquiera— salas que ofrezcan oferta cinematográfica diversificada. La enumeración de espacios muy apreciables no desmiente mi afirmación: muchos de ellos son repetidores retardados de la programación del mastodonte llamado Cineteca Nacional y otros, aunque ofrezcan el encanto de la independencia, enfrentan tanto limitaciones de presupuesto como de criterio (presentan productos tan poco alternativos como los de David Lynch). ¿Qué queda, entonces, de ese paso de miles de personas por las proyecciones del festival? Es probable que la abrumadora multiplicación de cinéfilos no sea el resultado —creerlo sería ingenuo o embaucador— pero tampoco es nada: con que unas decenas se hayan acercado realmente al cine, así fuera sólo por unos años, es apreciable, pues el resto del público cuando menos sabe, ya por el resto de su vida, que hay un cine diferente y alguno podría descubrir que la vida es múltiple.

Los errores son parte necesaria para que algo florezca y deseable consecuencia de lo que Blayac consigna al señalar que Ferrer: “respaldó nuestra visión del cine al dejarnos una total libertad de programación”. Ahí, otra vez, una muestra de la necesidad de la eficiencia administrativa que respalde al conocimiento y el amor por las artes. Ahora bien, hay un público constante de FICUNAM: el de ocasión, que acude a la inauguración, a funciones específicas —de anticipada naturaleza social— o quienes llegan directa y exclusivamente a las fiestas del festival, así como quienes explícitamente no van a proyecciones sino a “hanguear”, es decir a rondar por relaciones públicas. En estos casos se trata de personajes que tienden a ejercitar otra retórica, la sentimental rebuscada con enfático “sentipensar” de adulación a FICUNAM y de falsa relación profunda con el festival, salvo que se acepte que la aparición estratégica lo sea. ¿Le creemos su amistad o amor a gente inconstante que sabe aparecer y divulgar la foto con uno?
Una característica que FICUNAM 15 años enfatiza es la diversidad de sus secciones y actividades. No es que nohaya un perfil definido en esos segmentos del festival, pero son tan numerosos y diversos que ni siquiera —hablo en primera persona— alguien que ha acudido a todos los FICUNAM y presenciado multitud de las actividades —improbablemente se podría más— no atina a distinguir entre cada sección y rubro de actividades, como no sea por motivos administrativos. Aunque Paula Astorga esboce que el festival habría “puesto en crisis las prácticas hegemónicas de la circulación de las películas” —lo que no es preciso ni cierto— FICUNAM no requiere de retóricas ni de grandilocuencia, su valor está en sí mismo, en su realización marginal, universitaria pero total. Aparte de haber escrito más de una vez para el catálogo del festival, me alegra aparecer emocionalmente en la historia de FICUNAM: Sébastien Blayac registra quince reminiscencias, la primera es “la emotiva reacción de Artavazd Pelechian [“el ‘cineasta vivo más importante del mundo’, Jean-Luc Godard dixit”] cuando alguien del público le dijo que su corazón latió más fuerte al descubrir su cine”. Fue un amigo, ahora muerto, quien se levantó a mi lado a decir lo que yo había sentido y acababa de comunicarle. Celebro a FICUNAM y su equipo.

