Ibrahim Hash’at es un periodista. Su primer documental Hollywoodgate (2023) lo revela también como cineasta. A primer vistazo desconcentrado, el documental puede parecer sólo un buen producto audiovisual convencional. Elemento significativo para esta impresión es la constante musicalización más que obvia, se diría que de banco de datos sonoro que describe la emoción de cada una de sus piezas. Sin embargo, a mayor observación hay mucho por explorar, aparte del interés de su tema. Estas semanas en la Ciudad de México la película es parte del Foro Internacional de la Cineteca en sus sedes de Xoco y el CNA, además del centro cultural de la universidad nacional. Se estrenará ampliamente en noviembre de este 2025. El director quería documentar la transformación de una milicia insurgente en régimen militar. Consiguió más que eso porque, como él dice, “lo que trato de mostrar es lo que vi”.

Nash’at tiene una mirada que crea belleza constantemente: sea filmando la oscuridad de la noche apenas iluminada por faros de un vehículo o con aptos encuadres realizados en la marcha de las acciones. Él se encargó de la filmación, la captura de sonido y del guion (esto último con asistencia de un par de personas). Es además un negociador: logró que los talibanes le concedieran acceso a filmar a un teniente —M.J. Mukhtar— y a un comandante —Mawlawi Mansour, quien fue nombrado al frente de la fuerza aérea nacional—, lo que no es logro menor, aunque estuviese siempre bajo control y observación. En realidad, el espectador puede no ocuparse de ambos personajes y atender, en cambio, las acciones y el entorno. El director menciona que el acuerdo fue posible por sus contactos con líderes en conflictos armados, dada su labor periodística de una década. Aun así, las suspicacias a su alrededor no son pocas. Varias voces lo expresan: está la desconfianza hacia los reporteros por eventuales vínculos con servicios de espionaje, algún talibán afirma que “si sus intenciones son malas, morirá pronto” y a una persona le preocupa que el trabajo del hombre con cámara los vaya a avergonzar ante los chinos. A la mayoría del público nos es indispensable confiar en los subtítulos, ante el desconocimiento de la o las lenguas del documental. El trato que el director aceptó buscaba, por parte de los talibanes, que se viera lo que ellos quieren que se sepa sobre su régimen, por su parte Nash’at se inclinó y pide a su público que vea lo que él vio; y ahí está la clave: un cineasta que sabe ver más allá de su tema. No hay asomos de intromisión en la intimidad —el cineasta fue respetuoso con el acuerdo— sino acompañamiento que no deja de ser revelador. El nombre del filme, aparente gracejada, es parte de esa mirada: en la puerta de uno de los complejos estadounidenses abandonados se lee “Hollywood Gate 1”.
Que la apariencia de los talibanes —barbados, con túnica y turbante o gorro— pueda referir a muchos jóvenes veinteañeros a caricaturas me hace pensar que es indispensable asomarse mínimamente a quiénes han sido los talibanes, pues el documental sólo lo informa de manera sintética, por escrito, en su arranque, dando por hecho que el espectador sabe de quiénes se trata. Son personajes lejanos a comicidad alguna, a pesar de que a momentos parezcan bonachones ante la lente de Hash’at. Los talibanes son un grupo fundamentalista islámico que ha operado política, militar y religiosamente en Afganistán desde los años noventa del siglo XX. Han tenido dos etapas como milicia, primero desde 1994 y después entre 2002 y 2021 en contra del gobierno que los desplazó y la ocupación extranjera. Han gobernado la mayor parte del país entre 1996 y 2001 y desde 2021 sobre la totalidad del territorio, cuando las fuerzas armadas de varias naciones, encabezadas por Estados Unidos, abandonaron Afganistán. La primera llegada al poder de los talibanes fue apoyada por la organización terrorista Al Qaeda y una vez establecido el régimen talibán hospedaron al grupo y su líder Osama bin Laden, perpetradores de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 (otro avión tenía como destino estrellarse contra el Capitolio, pero la acción de los pasajeros lo impidió). Aparte de esto, en su ejercicio de la autoridad, los talibanes han sido notorios por atrocidades que han incluido conscripción de niños, masacres de civiles afganos, opresión de minorías étnicas y religiosas, prohibición de la educación y el empleo para niñas y mujeres, así como su tráfico con propósitos de esclavitud sexual (contexto en que los estrictos códigos de conducta y vestido para ellas, al lado de castigos físicos, parecen cuestiones menores; lo que sí aparece en el documental mediante presentadoras de televisión cubiertas por burkas); también han restringido la educación superior y cancelado actividades de entretenimiento —desde volar papalotes hasta tocar ciertos instrumentos musicales— y han destruido patrimonio cultural como antiguos manuscritos de la biblioteca pública de Puli Khumri y esculturas como los Budas de Bãmiyãn que los talibanes demolieron con dinamita y proyectiles lanzados desde tanques, todo guiado por su interpretación del islam.

Una parte narrativa de Hollywoodgate —como de taller de elaboración de documentales— sigue el encuentro, la reparación y reutilización de aeronaves abandonadas por los estadounidenses que, aunque fueron dañadas a propósito al momento de su salida de Afganistán, logran ser reparadas por la gente de los talibanes. Secundario a lo anterior, el director sigue sintéticamente la decisión del teniente de convertirse en piloto. En la faceta de documentación, Nash’at destaca cuánto dejaron tras de sí las fuerzas armadas estadounidenses en Afganistán, pero también pequeños hechos como la costumbre de tirar basura en cualquier lugar, el alimentarse en el suelo colocando el pan en él sin reparo alguno y la omnipresencia de bolsas de plástico, lo mismo flotando en las montañas que atoradas en alambre de púas. También llama la atención la mendicidad, particularmente el extremo de una mujer que pide dinero sentada en un tope al paso de los coches, bajo la nieve y entre el sucio lodazal helado. Sin embargo, destaca el espacio que sirvió de base a la CIA (la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos), un complejo nada improvisado sino instalado para satisfacer cualquier necesidad del estilo de vida estadounidense y, como lo dicen los personajes, construido como si fueran a quedarse para siempre, sin sentido alguno de contingencia.
Las imágenes van desde botellas de licores a medio beber, letreros que indican la localización de botes de basura o que las cervezas no son gratuitas, hasta el gimnasio plenamente equipado con que contaban los agentes de la CIA. Para una sensibilidad contraria al régimen del nuevo autoritarismo mexicano llama la atención el amplio almacenamiento de medicamentos, acaso más eficiente que la “megafarmacia” ideada por el autócrata delirante que creía que sus ocurrencias eran soluciones a problemas sociales del país, es decir a las cuestiones que él creía comprender, a despecho del conjunto de retos que ni siquiera detectaba o que él mismo provocaba. Los talibanes no parecen estar lejos de esa impericia: los medicamentos importados por la CIA terminan caducados y —en otro momento— un talibán se pregunta si la gigantesca cantidad de combustible para aeronaves podría también echarse a perder. En efecto, los combustibles pueden degradarse y volverse inútiles, lo que quizá ya ocurría al final de la grabación del documental: al autócrata y los fundamentalistas los recursos se les escapan de las manos, su ineptitud se pone en evidencia hasta en la organización de un desfile.

Si la religión es desvarío más lo es el ejercicio y la vocación de poder: en los talibanes —como en grupos de diversas fes a lo largo de la historia— se repite la nefasta combinación. Hollywoodgate es un recuento de la construcción del poder, en que el teniente se vanagloria de que los “judíos” habrían perdido la guerra. Este documental permite ver al comandante arengar a hombres diciendo que ellos han derrotado a Estados Unidos y la OTAN y que atemorizarán a sus enemigos para que nunca vuelvan a Afganistán. Más reveladoramente, el comandante recibe a pilotos que trabajaron para el último gobierno y, por tanto, están bajo sospecha, pero son necesarios y deben comprometerse ante los nuevos detentadores del poder. Nash’at se filma filmar y habla de sí mismo, porque su documental también es un canto a su autor. Pero esto forma parte del tejido que vuelve posibles momentos como la visita nocturna a una cueva en que el teniente se guarecía en años previos. En el protagonismo, la vanidad y el poder vive mucho de lo más lamentable que somos. El teniente cree —pensando en la base de la CIA— que si tuvieran ese tipo de recursos los talibanes dominarían al mundo, el comandante habla de que podría invadir y conquistar en “segundos” una provincia del vecino país de Tayikistán; lo que no son anhelos individuales sino vocación de su ideología religiosa. Un sistema en que cabe comparar una mujer sin burka con un bombón caído al suelo, una sociedad en que los soldados gritan alabanzas a dios —como una en que intervienen en el conjunto de la economía— y en que hay retrocesos como los castigos físicos no es deseable y Hollywoodgate lo exhibe sin necesidad de énfasis.

