La moda de la lectura en lugares públicos no pasa de moda.

De la lectura en lugares públicos

Hay acciones que erróneamente se asocian con que alguien tendría una relación significativa con las artes. Algunas tienen carácter local y otras quizá sean globales. Entre aquellas, para la Ciudad de México, se cuenta la equivocada asociación de que asistir ocasional o regularmente a la Cineteca Nacional equivaldría a cinefilia —lo que es propiciado hasta por la misma institución— y que hacerlo sería sinónimo de actitud emancipada hacia la vida. Una acción que se repite en este país, y en muchos otros, es exhibir una defectuosa ejecución del acto de leer, particularmente en espacios que venden algo conducente —en la acción de estar en ellos— a la construcción del propio personaje según patrones de, por ejemplo, qué significaría ser persona creativa y distinta a la mayoría. La popularidad de la farsa de leer en silencio, pero con público, tiene múltiples razones —comenzando por el fetichismo del libro— casi todas ellas alejadas de la literatura y no obstante cercanas a mucho de lo que paradójicamente somos —tanto para gozoso orgullo como para denigrante vergüenza— por ejemplo, la simple gana de copular con la gente o de sentirse apreciados por los demás, así sea por motivos insustanciales.

Hay quienes aprovechan circunstancias para leer o, al menos, intentarlo.
Hay quienes aprovechan circunstancias para leer o, al menos, intentarlo.

Leer es desempeñarse como el actor Lee Kang Sheng en las películas de El Caminante de Tsai Ming Liang. Leer es la concentración por excelencia, aunque ésta tome formas diversas y llegue a ocurrir en contextos variados cuando la ejercen lectores genuinos. El cliché biempensante es celebrar la lectura —pasando por alto el lejano carácter a lo estético o intelectual de la mayoría de los libros— por eso la pantomima de hacerlo ante públicos involuntarios se presta para buscar algún prestigio, aunque el leer no se ejerza a cabalidad sino como simulacro. Es fácil festejar una supuesta multiplicación de la lectura exhibida y así se hace: en la calle y los medios de comunicación —en cuestión afín— se confunde leer publicaciones de redes sociales con inmersión en un tema, con la experiencia de la poesía o con nuevas maneras de leer; hasta se habla del absurdo de cambios generacionales, incomprobables por inexistentes. La simple observación ofrece panorama distinto, aunque los pseudoescépticos —más contreras que críticos— lo nieguen. Multitud de gestos revelan ausencia de relación de una persona con la lectura y los libros.

Basta ver a ciertos personajes para descubrir que ni siquiera saben cómo sostener un libro. Sus movimientos son tan absurdos como la gente que se exhibe con libros abiertos en prados públicos —o en balcones a vista de sus vecinos, con la inclusión de toma de autorretratos para difundir en redes sociales la delicia de su acto con libro— omisos a que, en una geografía como la mexicana, alguien que no busca una mínima sombra en tales circunstancias tendría sus ojos lastimados en pocos minutos por el intenso reflejo del sol en el papel. A su vez, y aquí entramos en terreno clásico, demasiados entre quienes “leen” en cafés o restaurantes tienden a levantar la vista más de lo que haría alguien atrapado en su lectura; para no hablar de la muy probable falta de concentración por el ruido, movimientos, acciones propias del lugar como comer y beber, además de las aleatorias. Su gesto es fácil de interpretar: escudriñan el espacio para saberse reconocidos como “lectores”, para descubrir que otros los ven leer; lo que resulta paradójico, pues la lectura pasa a segundo plano.

Diversos gestos revelan la relación de una persona con la lectura y los libros.
Diversos gestos revelan la relación de una persona con la lectura y los libros.

Hay que concederlo: aparentar y hasta creerse uno mismo la interacción con un libro se presta a presumir —es práctico— porque cargar un caballete o sistema de sonido, aunque llegue a hacerse, no es tan sencillo como sentarse en una cafetería con un discreto objeto que es auxiliar en el proceso de abordar o de que otra gente le hable a uno. Además, los lugares para simular lectura abundan y se multiplican en cualquier ciudad. Son negocios de variados órdenes, lo que no es problema, el problema es la manipulación de necesidades emocionales de construcción de identidad individual —que por esa vía no llega a cuajar— y la degradación de la lectura, como postular lugares para alcoholizarse y coquetear como templos de lectura. Que la lectura ha sido y es acto público es innegable: eso son las bibliotecas. Pero ahora hasta en ellas puede notarse deformación de la tradición: del silencio para lectura algunas han pasado al barullo de la interacción social para, según retorcido criterio, conservarlas atractivas para estudiantes. No se trata de la dimensión de convivencia de toda digna biblioteca, sino de presentar ruido como combate al aburrimiento: los recintos de libros degradados a discotecas prendidas.

Los lugares para simular lectura abundan y se multiplican en cualquier ciudad.
Los lugares para simular lectura abundan y se multiplican en cualquier ciudad.

Estas líneas, por supuesto, no se refieren a quienes se empeñan en la práctica de leer y deciden llevarla a cabo en cualquier momento —aunque, por supuesto, contrastan con las ridículas personas que pretenden leer al caminar y otras simplezas— ni a quienes aprovechan circunstancias para leer o, al menos, intentarlo. De que hay lectores de diversas horas y lugares no cabe la duda, pero es pertinente la pregunta sobre el carácter lector de exhibicionistas con motivaciones distintas al placer estético. Hablo, entonces, no de auténticos lectores sino —tristemente— de buena parte de quienes se identifican y toman como bandera postular ante los demás que forman parte de la comunidad cultural. Están más interesados en asuntos como el grosor y supuesta extravagancia de los armazones de sus lentes que en la naturaleza del lenguaje. Sin embargo y en efecto, las cosas caen por peso propio: una conversación nutrida por libros sólo ocurre entre lectores, quienes pueden no citar autores, ni referirse al libro entre manos para revelar bagaje de lecturas al hablar sobre cualquier cosa (para ellos los charlatanes son evidentes, como burdos los parlanchines que creen enamorar fingiéndose librescos). Pues esa es la cuestión, no tales o cuales bribones, sino cómo la parodia de la lectura confunde y aleja de la experiencia de la poesía.

Que alguien aproveche largos trayectos de y a su casa hacia diversos deberes sacando un libro está fuera de cuestionamiento como uso práctico del tiempo. Igual ocurre con conductores de taxis de aplicación que oyen libros de superación personal durante sus viajes, compartiéndolos a través del sistema de sonido del vehículo con gustosos usuarios. Puede ser que leer en el transporte público tenga el nivel de estos audiolibros o puede tratarse de la lectura más concentrada, productiva y placentera posible, depende del lector más que del entorno. En forma alguna sugiero una sola opción de lectura, pero los grandes lectores y lectores profesionales son excepción; al lado abundan personajes que no terminarán de leer un libro o que dará lo mismo que lo hicieran o no —esto incluye hasta académicos— aunque desplieguen en público el supuesto acto de leer. Los motivos ulteriores son más que respetables, de hecho hay que venerarlos y hacerlo, empezando por quienes los tienen, incluye reconocerlos: acostarse con alguien, por ejemplo, puede pasar por el pretexto de preguntar de una mesa a otra qué lee alguien más, por una nueva cerveza acordada en momentos de fiesta o hasta por la religiosidad compartida, los caminos son múltiples; pero con la lectura como farsa —como con otros engaños— se puede llegar, pero no se va muy lejos, salvo que se viva entre ilusiones y éste es el problema: perpetuarse en el gato por liebre. La moda de la lectura en lugares públicos no pasa de moda. Pero, si alguien necesita café para leer —más allá de quienes encuentran placer en el brebaje— quizá sucede que no está leyendo, pues, ¿qué mejor despertador hay que involucrarse en la lectura?

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