A las afueras del penal del Altiplano, las torretas de vigilancia ya tienen francontirad ores del Ejército con rifles de largo alcance y cañones de ruido que disparan ondas sonoras
Cuando se va a dormir, Joaquín Guzmán Loera acostumbra taparse por completo: pasar la cobija por encima de la cabeza y cubrir todo su cuerpo.
Hasta ese hábito pone nerviosos a sus celadores.
Imagino de inmediato un acto del maestro de la magia David Copperfield cuando coloca una tela sobre una guapa modelo y al jalar vigorosamente el trapo ¡pum! ella ya no está. Han de pensar que así se les puede escapar ahora El Chapo.
Por eso, cuando el abogado del líder del Cártel de Sinaloa denunció que no lo dejan dormir en su celda, que lo despiertan cada dos horas y que lo quieren volver un zombi, la Comisión Nacional de Seguridad respondió que en realidad lo despiertan cada cuatro horas para realizarle la "prueba de vida": cerciorarse que bajo ese bulto escondido en una cobija hay un ser humano, está vivo y se llama Joaquín Guzmán Loera.
Los dos policías federales con perro adiestrado que viven afuerita de la puerta de su celda, donde lo graban las 24 horas, tienen estrictamente prohibido hablar con él. Se ha dispuesto para su vigilancia, a través de video, nuevo personal de monitoreo que rota cada cuatro horas. Esa imagen llega en tiempo real hasta los teléfonos inteligentes de varios funcionarios de alto nivel, quienes me han confirmado esta información.

