El dominio político de Porfirio Díaz sobre México, el porfiriato, es el periodo histórico de 1876 a 1910. Inicia con el triunfo militar de la llamada rebelión de Tuxtepec y termina con la llegada de la Revolución. Tiene distintos momentos y etapas e incluye una situación de maximato entre 1880 y 1884, cuando la presidencia de la república está en mano de Manuel González… Éste tenía una sola mano en el poder no únicamente porque era “el manco de Tecoac” sino también porque Díaz era el Jefe Político nacional. Y como tal regresará legalmente al poder Ejecutivo federal en 1884, tras un proceso electoral encargado a González y en el que “Porfirio” obtuvo 15,776 votos contra 289 del resto de candidatos. ¿Qué eran las elecciones durante el porfiriato?
A lo largo de ese periodo, siempre, hubo procesos electorales. Pero no democracia real. No había elecciones democráticas: no elegía el pueblo, la ciudadanía, sin importar cómo se les definiera ni si la elección era formalmente directa o indirecta, porque el verdadero elector era el gobierno, y el gobierno era principalmente Díaz. En palabras de Luis Medina Peña, después de 1876, “empieza a desarrollarse lo que se llama el ´gobierno elector´, el cual va a tener como fuerza motriz la integración de una formidable maquinaria electoral” (“Visita guiada a las elecciones mexicanas”, en Estudios de Política y Sociedad, vol. 1, núm. 2, 2005, p. 100). ¿Cómo elegía el “gobierno elector”? Respuesta:
Porfirio Díaz era el líder máximo e indiscutible, ordenaba la continuación y celebración de las elecciones, pero con medios y fines porfiristas, por lo que crea “un sistema político que, al margen de la Constitución [la de 1857], establece una maquinaria electoral para administrar las elecciones” (Medina Peña, p. 102). Díaz ponía a los gobernadores, éstos a los jefes políticos distritales, quienes coordinaban a los alcaldes, también porfiristas, que directamente hacían los padrones electorales, las rústicas credenciales para votar y las boletas e instalaban y operaban las casillas. La validación jurídica del proceso federal lo hacía la cámara de diputados, electa con los mismos mecanismos. Todos esos actores políticos, todas las piezas de la maquinaria, eran porfiristas, y los porfiristas/el partido porfirista ganan prácticamente todas las elecciones.
Si la elección es presidencial, el candidato presidencial principal y ganador es siempre el presidente Díaz, quien así se reelige y elige al vicepresidente al momento de escoger al candidato vicepresidencial. Si se trata de elecciones de gobernador, el caudillo “Porfirio” decide quiénes serán los candidatos ganadores y la maquinaria hace el resto, producir los votos y formalizar el triunfo en las urnas. Si son elecciones legislativas, específicamente de diputados federales, una porción de las candidaturas exitosas la decide Díaz y otra porción permite él que la decidan los gobernadores, que obviamente seleccionarán a porfiristas.
Como se ve, las elecciones del porfiriato tienen una organización descentralizada, pero no por eso independiente ni democrática. Y eso es solamente (en, para) la organización. La decisión sobre quiénes son los candidatos más relevantes y los ganadores de las elecciones respectivas sí está centralizada: el singular dictador Porfirio Díaz, el titular presidencial, es el factor determinante. Puesto de otro modo, las formas de los medios electorales tienden a ser descentralizadas, pero el fondo de los fines políticos tienden al centro presidencial, y todo es porfirista. Además, el sufragio es tanto indirecto como inefectivo, es decir, no es democráticamente real. Es por esta irrealidad, por la ausencia de democracia, por la ficción de las elecciones democráticas, que Francisco Madero se levantará en armas contra la dictadura –o autoritarismo electoral dictatorial-, con la bandera del “sufragio efectivo”. Madero pide que Díaz no se reelija más y que se establezca por fin, en realidad, la democracia electoral. Pide, en efecto, el destierro de las elecciones autoritarias porfiristas.

