La Agenda en Red
Por Humberto Iduarte
En el ajedrez político de la sucesión presidencial, no sólo se mueven operadores, encuestas y pactos. También se activan voces, narrativas y silencios. El caso de Álvaro Delgado —periodista con trayectoria crítica y franca cercanía al obradorismo— ha encendido alertas: su viraje contra Adán Augusto López Hernández no parece casual. Para algunos, es señal de fuego amigo. Para otros, una consigna disfrazada de periodismo.
Desde hace semanas, Delgado ha intensificado sus señalamientos contra el exsecretario de Gobernación.
Lo que antes era matiz, ahora es embate. Y en medio de esa faceta, surge la pregunta incómoda: ¿Está acaso Claudia Sheinbaum detrás de esta ofensiva?
La lectura que circula en medios y pasillos políticos es clara: Adán Augusto, desplazado del centro del poder, está siendo desactivado como interlocutor. Y Delgado, con su audiencia editorial a favor del gobierno, estaría operando como parte de esa estrategia.
No es la primera vez que el periodismo se convierte en brazo narrativo de una facción. Pero esta sí es una de las más visibles.
La crítica legítima es parte del oficio. Se entiende y comprende, pero cuando se repite con una precisión quirúrgica, el daño se amplifica claramente. El periodismo deja de ser ético y se vuelve táctico. En este caso, la pregunta no es si Adán Augusto merece o no el escrutinio, sino si ese escrutinio responde más a hechos o a encargos.
En estos tiempos de gran polarización, el periodismo tiene una doble tarea, una doble responsabilidad: denunciar con rigor y resistir la tentación de convertirse en operador. Si Álvaro Delgado está actuando bajo consigna, su credibilidad se irá erosionando más y más.

