Hoy circulan en redes imágenes de la zona donde se iba a construir el nuevo aeropuerto de Texcoco, completamente inundada. Algunos las usan para justificar su cancelación. Lo que olvidan —o prefieren omitir— es que ese espacio fue intervenido por ese gobierno, que tras apropiarse del terreno, invirtió recursos públicos para convertirlo en un parque ecológico. Y como todo parque ecológico, necesita agua. Esa agua que hoy inunda no es prueba de que el aeropuerto era inviable, sino evidencia del uso político de la imagen para justificar su grave error.
El daño ya está hecho. El capricho presidencial de cancelar una obra de infraestructura estratégica, diseñada como hub internacional, nos dejó con un aeropuerto improvisado sobre una base militar: lejos de la capital, lejos de las zonas industriales y aún más lejos del sentido común.
¿Quién, en su sano juicio, decide construir un aeropuerto con un costo superior a 500 mil millones de pesos en una zona de alto riesgo de inundación? ¿Quién cancela una obra que ya tenía 300 mil millones invertidos, y que requería 200 mil millones más para convertirse en un aeropuerto de clase mundial?
La orden fue tajante: “No se construirá en Texcoco. Páguese lo que se deba y suspéndase la obra.” Así, sin estudios, sin debate, sin medir el impacto financiero que pagaremos hasta el año 2040 con nuestros impuestos, se ordenó.
¿Con qué derecho se toman decisiones tan costosas? ¿Con qué ley se regala petróleo a un régimen autoritario como el de Cuba? ¿Qué ley le otorga a un presidente el derecho de regalar lo que es propiedad del pueblo?
¿A cambio de qué?
Hay que tener un poco de materia gris para preguntarnos si ese aeropuerto que se iba a construir en Texcoco, con tan alto costo, no estaba ya estudiado, fundamentado y técnicamente garantizado para operar sin riesgo de inundación.
Sería absurdo pensarlo. Sería erróneo considerarlo.
Por eso, como dije al inicio de esta columna, es necesario comparar lo que se perdió con lo que se pudo haber ganado. Y para ello, basta mirar el ejemplo del aeropuerto de Estambul.
El nuevo aeropuerto internacional de Estambul posiciona a la ciudad como eje estratégico entre Europa, Asia y Medio Oriente. Con 309 destinos directos, una capacidad actual de 90 millones de pasajeros y una proyección de hasta 200 millones, se ha convertido en el aeropuerto más conectado del mundo y el séptimo más transitado.
Además de su infraestructura moderna, genera más de 225,000 empleos directos e indirectos y aporta 4.9 mil millones de euros anuales a la economía local. Este nodo logístico impulsa el turismo, la inversión extranjera y la imagen internacional de Estambul como ciudad eficiente, moderna y geopolíticamente clave.
La diferencia entre uno y otro es brutal. Tan brutal como la idea de destruir un aeropuerto similar, con una deuda privada igual de brutal, y quedarnos con un juguete de aeropuerto por el capricho del expresidente López Obrador.
Y mientras tanto, seguimos pagando. Pagamos con dinero, con tiempo, con conectividad perdida, con oportunidades que ya no volverán. Pagamos con silencio institucional y con propaganda que intenta disfrazar el retroceso como justicia social.


