¿Vladimir Putin es tan malo como dicen los medios de comunicación? Con este gancho inicia gran parte de la propaganda rusa, que después prosigue con un análisis “neutral” a favor de Rusia. Considero, por el contrario, que un análisis objetivo no debe dar el mismo peso a hechos falsos que a los intentos más serios por entender la realidad. Los medios hispanos no han logrado desmontar de forma contundente la propaganda rusa, y eso es lo que busco hacer en este texto. Nadie tiene la verdad absoluta, pero existen hechos puntuales y fácticos. La Tierra es redonda: los hechos comprobables existen y deben reconocerse. Ni las ideologías encasilladas ni un falso equilibrio que pretenda dar la misma validez a todas las posiciones pueden sustituir la evidencia. Aquí se desmontan muchos de los argumentos detrás de la ucranofobia que se utilizan para justificar la invasión a un país soberano, desde la supuesta amenaza de la OTAN contra Rusia hasta los mitos históricos en torno a Crimea y Donbás. Soy consciente de que este texto no puede competir con las cantidades millonarias que Rusia destina a su propaganda en el mundo hispano, pero busco aportar con mi granito de arena.
La invasión rusa a Ucrania
La propaganda rusa justifica la invasión a Ucrania por una supuesta amenaza militar externa planeada por la OTAN y la Unión Europea contra suelo ruso a través del territorio ucraniano. Se presenta la ofensiva como una estrategia defensiva ante la eventual adhesión de Ucrania a la OTAN, lo que —según Moscú— permitiría a la Alianza extender su influencia militar hasta la frontera rusa.
El argumento ideológico se basa en la ucranofobia entendida como una forma de dominación por imposición cultural. Los pueblos eslavos orientales: ucranianos, bielorrusos, moldavos no son vistos por el Kremlin como entidades pluriculturales, con historia, religión e identidad política propia, sino como pequeños rusos extraviados fuera de la frontera nacional.
El mito de la amenaza de la OTAN
La idea de una amenaza militar inminente tampoco resiste el análisis de las cifras y los compromisos internacionales.
Tras la disolución de la URSS, la Unión Europea recortó su gasto militar hasta un suelo histórico en 2014 que representaba apenas 1.1% del PIB, Europa se fue desarmando. En 1997 la OTAN y Rusia firmaron un Acta de cooperación, que se reforzó en 2002 con un foro de seguridad y la renovación del compromiso de que los nuevos miembros no tendrían fuerzas sustanciales de combate que pudieran amenazar a Moscú.
Estonia, Letonia y Lituania (a través del enclave de Kaliningrado), son miembros de la OTAN desde 2004, comparten frontera con Rusia y no tienen ejércitos apostados para cruzar sus fronteras. Incluso tras la anexión de Crimea en 2014, cada miembro nuevo nunca tuvo más de 8 000 soldados de la OTAN en su territorio. No tenían capacidad ofensiva real.
Además, Alemania y Francia vetaron la posibilidad de que Georgia y Ucrania ingresaran a la OTAN en 2008, y en 2022 ni siquiera había un procedimiento abierto de adhesión. Justamente evitaron su entrada por la intromisión rusa y por la fragilidad política interna de Ucrania: tras la Revolución Naranja de 2004, el país osciló entre gobiernos proeuropeos y prorrusos hasta la elección de Víktor Yanukóvich en 2010. Su caída en 2014 no fue un golpe de Estado impulsado desde afuera, como sostiene la propaganda del Kremlin, sino el resultado del Euromaidán, un movimiento democrático de masas que movilizó a distintos sectores sociales contra un régimen corrupto y represivo.
En 2021, Rusia destinaba alrededor del 4 % de su PIB al gasto en defensa, mientras que los países europeos invertían, en promedio, menos del 2 %, y Alemania apenas llegaba al 1.3 % (según el SIPRI). Estos hechos desmienten la narrativa de un cerco hostil e inevitable y muestran que la “amenaza externa” era, en gran medida, una construcción propagandística del Kremlin.
Historia cultural y nacional
Ucrania tiene un pasado compartido con Rusia, pero con una identidad propia. En distintos momentos de la historia el territorio también formó parte del Gran Ducado de Polonia y Lituania. Desde el siglo XIX, los ucranianos desarrollaron una lengua literaria propia, acompañada de tradiciones musicales y culturales que el Imperio ruso intentó reprimir sistemáticamente. Esta población, históricamente ubicada entre grandes imperios, se esfuerza por encontrar un camino propio en el siglo XXI.
Por supuesto, muchos ucranianos hablan ruso, pero eso no es razón alguna para justificar la invasión. Ninguno de los países latinoamericanos que reivindican su independencia de España preferiría haber sido reconquistado 30 años después bajo el argumento de que hablaban español.
Ucrania definió su rumbo en 1991, cuando en un referéndum el 91 % de la población votó por la independencia. Rusia reconoció este hecho en seis tratados vinculantes de acuerdo con el derecho internacional.
Crimea y Donbás: mitos y realidades
En lo correspondiente a Crimea, es importante señalar que la península siempre ha estado habitada por una gran diversidad de grupos sociales y étnicos. Su pasado es multiétnico: durante siglos los tártaros constituyeron la población más numerosa y llegaron a establecer un kanato independiente de cultura islámica. De ahí que el gobierno turco, encabezado por Erdogán, mantenga un interés constante en la cuestión de Crimea. En 1954, la península fue transferida de la República Soviética de Rusia a la de Ucrania como una decisión administrativa interna de la URSS, motivada por la construcción de presas, canales y sistemas hidroeléctricos que la vinculaban al territorio ucraniano. Tras la disolución de la URSS, surgieron movimientos hacia una mayor autonomía, que se resolvieron pacíficamente mediante la creación de una constitución y un parlamento propios. Aunque la idea separatista existía, en vísperas de la anexión de 2014 el partido que promovía la unión con Rusia obtuvo resultados muy bajos en las elecciones regionales.
En suma, la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 no puede justificarse ni por su historia multiétnica ni por la voluntad política de sus habitantes. La península había gozado de autonomía dentro de Ucrania y, antes de la intervención militar rusa, el separatismo era marginal en las urnas. Lejos de responder a un derecho histórico o a un reclamo popular, la anexión fue una imposición desde Moscú.
La situación en el Donbás siguió una lógica similar: una región con identidad propia y tensiones internas, pero donde el separatismo solo adquirió fuerza real a partir de la intervención y el apoyo directo de Moscú.
Donbás fue durante mucho tiempo una región agrícola, y en el siglo XX se transformó en un centro industrial de minas y fábricas de acero que atrajo tanto a trabajadores rusos como ucranianos. En el referéndum de 1991, alrededor del 83 % de los votantes en Donetsk y Lugansk apoyaron la independencia de Ucrania, lo que demuestra que, pese al descontento con las élites de Kiev y a las tensiones económicas y culturales, la pertenencia del Donbás al Estado ucraniano no estaba en duda. Hasta 2014, los partidos separatistas eran marginales en la región; fue la intervención de Moscú —con armas, financiamiento y propaganda— la que fabricó artificialmente un movimiento secesionista, transformando un malestar local en un conflicto armado.
El proyecto de Putin
En este contexto, la guerra refleja también las ambiciones de Putin. Busca pasar a la historia como un conquistador y consolidar su dictadura oligárquica en Rusia. Es un hombre de guerra, como lo ha demostrado en Chechenia, Georgia, Siria y ahora Ucrania. Además, pretende sustituir el mundo globalizado e interdependiente por un orden basado en grandes potencias con tres zonas de influencia: Rusia, China y Estados Unidos. Su aspiración es una “nueva Conferencia de Yalta”, en la que los más fuertes vuelvan a repartirse el mundo —como lo hicieron Roosevelt, Churchill y Stalin tras la Segunda Guerra Mundial— mientras los demás países quedan relegados a simples patios traseros.
La guerra actual y escenarios posibles
Si Ucrania pierde la guerra desaparecería como Estado democrático e independiente. Frenar el apoyo militar equivale a entregar el país para que Rusia lo devore y abrir la puerta a nuevas invasiones, incluso contra Moldavia y Georgia, cuya planificación el propio presidente bielorruso, Lukashenko, llegó a reconocer en televisión. A esta realidad se suma la maquinaria propagandística: a los medios estatales rusos se añade cada vez más desinformación en redes sociales y plataformas alternativas, sobre todo en el mundo hispano, donde no siempre se desmonta con eficacia. El objetivo es alejar a las sociedades del discurso democrático y fomentar la división interna. Es cierto que ningún medio de calidad es perfecto, pero los analistas serios están perdiendo espacio frente a realidades paralelas fabricadas por completo.
En este contexto surgen propuestas externas contradictorias. Ayer, la más “realista” consistía en una paz inmediata aceptando la ocupación actual y reincorporando paulatinamente a Rusia al sistema institucional occidental. Hoy, la propuesta de Trump va en sentido contrario: que Ucrania recupere todo su territorio e incluso conquiste parte de Rusia. Lo primero sigue siendo difícil pero posible; lo segundo es un disparate que solo fortalece el discurso del Kremlin. Mientras tanto, Rusia continúa provocando a la OTAN: viola espacios aéreos, moviliza 200 000 reservistas y financia la guerra mediante medidas fiscales como el alza del IVA. Sin embargo, aún no ha conseguido el choque directo que dice temer. La prueba más clara de que la OTAN no busca la guerra es que, incluso a estas alturas, ese enfrentamiento no ha ocurrido. Ojalá siga siendo así; pero también que Occidente respalde lo suficiente a Ucrania para que recupere su territorio y así poner fin, de una vez, a esta guerra de desgaste. Porque si Rusia retira sus tropas, habrá paz; pero si Ucrania se rinde, dejará de existir.

