¡FELIZ CUMPLEAÑOS A NACIONES UNIDAS!

El 24 de octubre se celebra el día de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para conmemorar la fecha en que entró en vigor la Carta de la ONU. Han pasado 80 años desde aquel momento en que, tras la devastadora Segunda Guerra Mundial, el mundo apostó por la creación de una entidad intergubernamental -ojo, no supranacional- que pudiera impulsar la paz y la seguridad internacionales, promover el desarrollo y respaldar el respeto de los derechos humanos.

Con una longevidad tan pronunciada -si bien hay organismos internacionales más “viejos”-, la ONU enfrenta múltiples críticas: se le acusa de ineficiencia, de ser costosa, de no contribuir a gestionar las tareas fundamentales que le han sido encomendadas, de estar muy burocratizada, de contar con una visión eurocentrista que suele marginar las visiones y necesidades del Sur Global, favoreciendo, en cambio, al Norte Global, entre muchas otras inconformidades.

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Al respecto, hay que tomar en cuenta que la ONU nació en un mundo que no existe más. En 1945, los principales actores en las relaciones internacionales eran Estados. Hoy, a los actores estatales se suman las organizaciones de la sociedad civil, empresas, celebridades, fundaciones, y hasta individuos, sin dejar de lado que existen entidades que persiguen fines ilícitos como la delincuencia organizada transnacional y el terrorismo internacional, que también han contribuido a la reconfiguración de mundo del siglo XXI.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres (dcha) y el presidente de Azerbaijan, Ilham Aliyev (izda), con el presidente del Gobierno español, Pedro Sanchez, en la COP29 de Baku, Azerbaijan. EFE/EPA/STRINGER

Naciones Unidas no cuenta propiamente con canales para dar voz a entidades no estatales lícitas” como las empresas y los organismos no gubernamentales y de la sociedad civil organizada. Si bien bajo la gestión del entonces secretario general de la ONU Kofi Annan se instituyo el “Global Compact” para que las corporaciones se adhirieran a “buenas prácticas” y suscribieran el respeto de los derechos humanos y, en especial, los laborales; que protegieran el entorno ambiental e impulsaran la equidad de género, la realidad es que este acercamiento con Naciones Unidas está muy lejos de ser satisfactorio. Otro tanto se puede decir de la filantropía desarrollada por personajes como Ted Turner, Bill Gates y otros súper millonarios quienes, cierto, otorgan recursos a Naciones Unidas, pero no con un cheque en blanco, sino con una lista de programas e iniciativas prioritarios para ellos, no para la institución.

El Consejo Económico y Social (ECOSOC) es uno de los seis órganos fundamentales de Naciones Unidas a cargo de dos de las tareas centrales de la ONU: la agenda de desarrollo y la de los derechos humanos. Maneja alrededor del 70 por ciento del presupuesto de Naciones Unidas y tiene una enorme relevancia toda vez que, en pocas palabras, sus tareas se integran por la atención de agendas que subyacen al desarrollo de los conflictos violentos en el mundo. Apoyar el trabajo del ECOSOC, visibilizar su importancia, serán fundamentales para construir un mundo má seguro desde el enfoque de la paz positiva.

La Asamblea General, que es el órgano más democrático de Naciones Unidas, al tener en su seno a los 193 miembros de la institución con un voto cada uno, es relevante, como quedó de manifiesto el mes pasado cuando el tema del reconocimiento al Estado de Palestina dominó la agenda. La Asamblea General también tiene la capacidad de asumir tareas en materia de paz y seguridad, especialmente cuando el Consejo de Seguridad se vea paralizado por el veto de alguno (s) de sus miembros permanentes. Mediante la resolución “unión pro paz” (377A/V) del 3 de noviembre de 1950 se puede convocar por parte de la Asamblea General a una reunión de emergencia -en el caso de que el Consejo de Seguridad no pueda operar en esa dirección. Desde el año de su aprobación, la Asamblea General ha sostenido 11 reuniones de emergencia para atender diversas problemáticas como la situación en Medio Oriente, en Hungría, en la República Democrática del Congo, en Namibia y, de manera más reciente, en Ucrania.

Naciones Unidas carece de una estrategia adecuada de comunicación social. Una revisión de las redes sociales de la institución revela que genera muchas infografías y reproduce fragmentos de discursos del secretario general actual (y pasados) además de que alerta sobre problemas globales como la hambruna, las crisis de refugiados, la violencia contra las mujeres, la crisis ambiental, la importancia de los derechos humanos, etcétera. Con todo, el impacto de estas infografías parece menor a juzgar por las reacciones tan limitadas que genera y parte del problema estriba en que la institución no está logrando impactar en las nuevas generaciones, que son, no sólo las que tendrán a su cargo grandes responsabilidades en la gestión de los problemas globales en los años por venir, sino que también son las mayores usuarias de las redes sociales, si bien, pareciera que el conocimiento que poseen sobre Naciones Unidas es limitado. La longevidad de la ONU es un tema a celebrar, pero para los más jóvenes constituye una entidad ajena a sus preocupaciones cotidianas lo que abona al desinterés en torno a la institución. Esto debe cambiar, acercando a Naciones Unidas a los jóvenes en el marco de una necesaria renovación generacional dentro y fuera de la institución.

El siguiente aspecto a analizar es la crisis financiera de la ONU, misma que es multifactorial. No sólo responde a que países como Estados Unidos -responsable del 22 por ciento del presupuesto base de la institución- paga cuando quiere y retiene sus cuotas de manera discrecional. La República Popular China (RP China), si bien mantiene una narrativa a favor del multilateralismo y pro Naciones Unidas en marcado contraste con Washington, no paga sus cuotas -es responsable del 20 por ciento del presupuesto de la institución- de una sola vez sino poco a poco en el transcurso del año, lo que coadyuva al estrés financiero de la ONU. Más grave es saber que a agosto del presente año, tres cuartas partes de los miembros de la institución no habían pagado sus cuotas o lo habían hecho parcialmente, de lo que se puede deducir que las finanzas de la institución sufren por la falta de cumplimiento, por parte de sus miembros, de las obligaciones a las que se comprometieron al ingresar a Naciones Unidas.

También es preocupante saber cómo ha cambiado el financiamiento de la ONU en el tiempo a causa de la situación descrita. En la medida en que el cumplimiento en el pago de cuotas obligatorias se ha estancado, algunos países altamente desarrollados, encabezados por Estados Unidos, han optado por favorecer cuotas voluntarias. Como el nombre lo sugiere, este tipo de contribuciones son voluntariosas, se otorgan cuando el contribuyente quiere hacerlas y no está garantizado un flujo de recursos constante cada año. Puede ser que hoy sea prioritario financiar al Programa Mundial de Alimentos (PMA) con cuotas voluntarias, dado que, de esa manera, Estados Unidos puede plantear ciertas condiciones, como podría ser la compra de alimentos a transnacionales estadunidenses por parte de la ONU. De hecho, Washington privilegia a ciertos organismos especializados, programas y fondos de Naciones Unidas a quienes les brinda cuotas voluntarias conforme a sus intereses instrumentales particulares. Ello marca una gran diferencia con la RP China, la que sobre todo paga cuotas obligatorias y la parte del voluntarismo es reducida. Así, al hacer más dependiente a Naciones Unidas de las cuotas voluntarias se le ha convertido en rehén de aquellos países que tienen la capacidad financiera para aportar recursos a agendas que les resultan prioritarias pero que no necesariamente son las prioritarias para la institución.

La burocracia de la ONU es un tema que debe ser revisado a la luz de ciertos vicios y prácticas que persisten como por ejemplo, mantener privilegios a altos funcionarios, entre ellos salarios y compensaciones, boletos de avión en primera clase y otras prestaciones onerosas que limitan el impacto de las gestión de Naciones Unidas. El traslape de agendas -por ejemplo, los temas de salud no sólo recaen en la Organización Mundial de la Salud (OMS), sino también en el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), el PMA, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), ONU/SIDA, etcétera- merece una revisión profunda. Un replanteamiento de los quehaceres de programas, fondos y organismos especializados ayudaría a mejorar los métodos de trabajo de Naciones Unidas. Relacionado con ello figura la transparencia y la rendición de cuentas que le permitiría a la ONU mostrarle al mundo puntualmente sus gastos, necesidades y rubros pendientes de financiamiento.

El desarme, entre los temas de paz y seguridad, pasa por un mal momento. Las armas nucleares van en aumento en los nueve países que las poseen y además las narrativas sobre su posible emplazamiento y uso en conflictos armados se ha asentado en la narrativa de las potencias. Hoy se considera, por ejemplo, que es factible emplear armas nucleares tácticas en conflictos armados, sin tomar en cuenta el enorme poder destructivo de las mismas -para muestra, recuérdese que la bomba arrojada sobre la ciudad de Hiroshima el 6 de agosto de 1945 tenía unos 20 kilotones que provocó la muerte de 170 mil personas en el momento, más otras miles por las secuelas y el envenenamiento radioactivo, ello sin contar los devastadores impactos al entorno ecológico. Que se piense hoy que es posible usar armas nucleares tácticas en combate, abre la puerta a una contienda donde se podrían igualmente usar armas nucleares estratégicas que podrían destruir al mundo.

La crisis de la ONU se atribuye también a la propia crisis de Estados Unidos como su principal artífice. La hegemonía estadunidense ha declinado en el tiempo, restando el apoyo de Washington a un organismo multilateral al que asumió en sus orígenes, como el foro para lograr consensos políticos en torno a las prioridades internacionales de EEUU. No queda claro cómo operaría la ONU ahora que la RP China está asumiendo un rol protagónico, pero es razonable suponer que de las tres encomiendas que tiene el organismo, a Beijing le interesan especialmente las relacionadas con la paz y la seguridad y el desarrollo, no así la que tiene que ver con los derechos humanos. Hoy por hoy, la ONU parece atrapada entre lo que fue su agenda hace 80 años, la nueva agenda hoy -para la que no cuenta con las atribuciones de gestión requeridas-, además de que el mundo que la vio nacer no termina de morir, en tanto el nuevo tampoco termina de nacer. Es irónico que el planeta se aprecia hoy con una creciente multipolaridad la que, paradójicamente ha debilitado al multilateralismo.

La vinculación de Naciones Unidas con organismos regionales es un tema contemplado en la Carta de la ONU pero que no ha terminado de cuajar. Hay que aclarar que los organismos regionales no pueden reemplazar al organismo multilateral dado que aquellos tienen visiones limitadas a un entorno político determinado frente a una gestión integral que desde sus orígenes tiene Naciones Unidas. Empero, el apoyo mutuo bajo el liderazgo de Naciones Unidas podría coadyuvar a la gestión de los desafíos globales. Esto se ha intentado con la Unión Africana y de hecho existe ya el compromiso con el Consejo de Seguridad de que ese organismo regional asuma la tutela de las operaciones de mantenimiento de la paz en países africanos, lo que si bien tendría sentido desde la lógica de que los organismos regionales “conocen mejor” los problemas de los países de su entorno, también es un arma de doble filo dado que muchos miembros de la ONU no parecen dispuestos a financiar a la Unión Africana para que emprenda dichas tareas.

Existen numerosos organismos regionales como la Unión Europea, la Organización para la Cooperación de Shanghái (OCS), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Asociación del Sur de Asia para la Cooperación Regional (SAARC) o bien la Organización de Estados Americanos (OEA) que podrían converger con Naciones Unidas en ciertos temas. Esta vinculación aun tiene un enorme potencial, pero está plagada de riesgos que habrá que dilucidar antes de llevarla delante de manera más sistemática.

La gestión de riesgos globales es posiblemente un área donde Naciones Unidas posee mayor robustez al poder desplegar asistencia humanitaria en tiempo real cuando se produce alguna conflagración, fenómeno natural devastador o accidente. Aun así, la asistencia en casos de desastre, crisis humanitaria u otras calamidades, corre el riesgo de padecer por la falta de recursos financieros. En este sentido se impone una racionalización del gasto en la institución -anteriormente se señalaba que existen algunas erogaciones que no son sostenibles en tiempos de austeridad. Aquí también, Naciones Unidas puede apoyarse en organismos regionales y en la experiencia desarrollada por sus miembros en la gestión integral de riesgos de desastre.

Finalmente, es importante actualizar a Naciones Unidas en la gestión de temas que no figuraban en su agenda hace 80 años. La inteligencia artificial es una de esas esferas, al igual que nuevos sistemas de armas, la militarización del espacio, el debate sobre dotar a la institución de servicios de inteligencia para que cuente con capacidades de prevención, la gobernanza ambiental -hoy por hoy altamente fragmentada-, la equidad de genero y, en este tema, la urgente elección de una mujer al frente de la Secretaría General -puesto que es inadmisible que en 80 años, Naciones Unidas haya sido presidida por hombres, en su mayoría blancos y europeos, dejando de lado a otras regiones del mundo -América Latina, sin ir más lejos, sólo ha tenido en la figura de Javier Pérez de Cuéllar a un titular de la institución.

Los mencionados cambios y ajustes se antojan imperiosos para empezar a poner al día a Naciones Unidas en un mundo dinámico y cambiante que más que nunca requiere cooperación para hacer frente a los desafíos, pero debe responder a un cambio de paradigma en torno a la gobernanza global en el que el declive de EEUU está arrastrando a Naciones Unidas pero donde los restantes 192 miembros de la institución -y no sólo la RP China- tienen la posibilidad de insertarse no sólo en su rescate sino en su reconfiguración. ¡Que así sea!

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