Ana Bertha, el triunfo del nacionalismo

Yo era un chamaco cuando Ana Bertha Lepe manó de la espuma como la Venus, a principios de los años 70. “Con ella ganamos el cuarto lugar en el concurso Miss Universo en 1954”, me dijo arrogante mi abuela Ángela apuntando con el dedo índice a los tipos del televisor: eran sombras circundadas por un áurea. Las sombras de un pasado victorioso en los 50, siempre y cuando México fuera sólo el Distrito Federal y el mundo rural lo adulara. Así lo consignó el cine, el mayor dispositivo ideológico de la época. Esta es una estampa emblemática ocurrida en “Del Can Can al Mambo” (1951):

Estamos en 1951 tío, –advierte el joven ingeniero Abel Salazar a Joaquín Pardavé. Tu vives en un pasado que nada más existe en Tompiatillo -dice- como si el pasado sólo fuera despojo del tiempo y no continua acechanza. Ufano y ceñudo, el zagal siguió: Quien nunca ha salido de su pueblo rascuache no goza el aire de libertad que se respira en la ciudad. Estaba claro: la desigualdad se debe a la mala actitud mientras al progreso lo exaltan zenzontles enjaulados y aguas frescas de la capital: “Lleve la de jamaica mi alma, qué le voy a despachar”.

Conocí a Ana Bertha Lepe, y eso lo detallaré después, bailando mambo en los 70, cuando la propaganda voceaba otra vez a un país ganador. (El mítico certamen lo ganó la modelo gala Christiane Martel, quien sería una actriz reverenciada hasta su retiro luego de su matrimonio con Miguel Alemán Velasco, hijo del presidente que ocupó el cargo de 1946 a 1952). Como todo logro debía acompañarse de relajo y mujeres hermosas, el pendón eran las vedettes, ahí estuvo la tapatía placeando su cuarto lugar en las marquesinas sin la gracia que merecía su lindura (“ya es suficiente con que sea guapa, no exagere”). Entonces el progreso ondulaba en la urbanización del D.F., Guadalajara y Monterrey, con la consigna priista de que éramos el mejor pueblo del mundo. Éste, transformado en masa, respondía como clientela y lanzando globos para el mundial de fútbol. Fue un gran anfitrión aunque los guerreros aztecas perdieron como siempre pasa desde el anuncio de la profecía mexica. Pero nada impidió el relajo: nuestro nacionalismo se apropió del triunfo brasileño como 16 años antes hizo con Ana Bertha. Nos volvimos cariocas aunque el progreso no tuvo los aires libertarios de los 50. ¿Pruebas? la represión estudiantil de 1968 y 1971 y la censura de la prensa y el cine, donde el impetuoso zagal recibió un desmentido atroz: “Tres mujeres en la hoguera” (1979), dirigida por él (Abel Salazar), fue enlatada porque el lesbianismo era tema prohibido. En cambio, fueron muy difundidos los sermones de Mario Moreno “Cantinflas” cuando éste dejó la carpa y se volvió propagandista oficial. En “El Patrullero 777” (1978), cinta en la que participó Ana Bertha Lepe, alcanzó su punto cúspide.

A principios de los 70 la televisión repetía una película tan seguido como la adulación de sus noticieros al presidente. La cinta es “Rebelde sin casa” (1960). En un cuadro baila una estatua tintada de gamas grises. Ana Bertha, “La Reina de todos los parajes”, como le decía la prensa, hace pareja con “Tin Tan” junto a los comediantes Fannie Kauffman “Vitola” y Joaquín García Vargas “Borolas”. El mambo era la moda y Tompiatillo ya tenía electricidad aunque el país solamente hubiera pasado de la flor más bella del ejido a la mujer más bella de México. (Aún no nacía Guadalupe Jones, la más hermosa del mundo según esos veredictos, en 1991, y faltaban décadas para que lograran el trono Ximena Navarrete (2010), Andrea Meza (2020) y Fátima Bosch en 2025, quien habló del destino (y cómo si no, si el premio lo recibió el 20 de noviembre, el día de la Revolución), reconoció a la presidenta Claudia Sheinbaum y clamó “¡Viva Cristo Rey!”)

Al cabo del tiempo los filmes en blanco y negro se volvieron hojas de papel carcomidas por lepismas. Pero la explosión de colores que sucedería no cambió la historia. En 1986, México sufría una de sus peores crisis económicas y volvió a recibir el mundial de fútbol. Atestiguó el miedo de Hugo Sánchez para tirar un penal siendo su mejor ariete y sufrió la eliminación del equipo pero eso no menguó la verbena. Además, el pueblo volvió a las calles, esta vez, a celebrar una fiesta democrática. 1986 cifra una grieta del presidencialismo omnímodo y la tutela de un solo partido.

El 31 de mayo de 1986, el Estadio Azteca potenció a escala mundial la sonrisa congelada del presidente Miguel de la Madrid ante el abucheo de cien mil gargantas (“¡Paloma, Cordero, tu esposo es un culero!”). Fue un sentimiento incubado durante varias generaciones y un aviso de que el pueblo se había vuelto ciudadano. La movilización social ante los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985 fue la demostración palmaria que, pese a todo, coexistió junto a la juerga. Que lo diga si no la mascota del evento, Pique, un chile jalapeño de sombrero y bigote que cantó a todo pulmón: “Soy mexicano gracioso, alegre, fiestero, amable y picoso…”.

Apartemos los significados del vocablo Pique -reyerta, horadación, chiloso, chiquito pero rinconero (deme usted más términos)- que hicieron de México icono del albur y ubiquémonos en el festejo y la buena fortuna que urgen de una beldad que los acompañe. Que lo diga Mar Castro y el comercial de cuatro segundos que ciñe la égida nacionalista con una blusa donde sus jubilosos pináculos ondean las letras “Carta Blanca” al ritmo de “México, México, vamos a ganar, este campeonato lo vamos a disfrutar…” seguida de la estrofa de la porra inventada en 1923 por un jugador del América llamado Carlos Garcés: “Chiquitibum a la bimbombá…”

Medio siglo después de la conversación con mi abuela, sacudo los pececitos de mis revistas antañosas y leo que Ana Bertha afirma que su mayor logro es haber sido una de las jóvenes más sublimes del orbe. Lo consiguió gracias a su cara de hada, sus cejas serranas y al milagro calipigio que portó. También porque se extendió hasta la saciedad el logro de una persona en una victoria del pueblo. Ana Bertha aceptó que sin eso habría sido nada, y tuvo razón: su periplo en la claqueta huyó del aplauso tanto como su estancia en las filiales del hedonismo. Decenas de producciones lo atestiguan desde su primera incursión a lado de Flor Silvestre en “La justicia del lobo” (1952) hasta las últimas donde adornó a comediantes y luchadores. Asida a la esperanza de otro golpe de suerte, Ana no tuvo freno.

Ana Bertha fue arrastrada por la vanidad y el deseo de ser vista: rodó más de setenta películas y participó en varias telenovelas. Actuó (el verbo es un decir) junto a “Cantinflas”, “Piporro”, “Resortes”, “Capulina”, “Viruta” y “Tin Tan”. Aunque estuvo con Lola del Río, Sara García y Carmen Montejo, no pudo situarse en ese plano ni en los teledramas como Mundo de juguete (1971), un clásico donde sobresalen Iran Eory y Gloria Marín. Mis amarillentos impresos, entre otros las revistas Vea y Venus, registran su persecución de la Luna en la urbe del smog, en los centros nocturnos. Al iniciar los 70 ocupó sitios pomposos. “Fue cuarto lugar en el concurso Miss Universo”, seguramente cuchicheaban el público levantando su Champagne, señalándole igual que mi abuela lo había hecho frente al televisor.

Ana Bertha fue un arquetipo. La miro en estas fotografías, opulenta y distinguida. De frente y detrás. (Sus ojos remiten a Betty Boop) No detallo en el brutal impacto que le dejó el hecho de que durante una presentación, el 29 de mayo de 1960, su padre, Guillermo Lepe, disparara a su novio, el actor Agustín de Anda, luego de que éste cancelara el matrimonio con su hija. El homicidio la marcó aunque también lo usó para reunir a artistas famosos para presentarse ante su padre y los demás reclusos. Pero fracasó como vedette porque las butacas vacías se debieron a la agonía del mito junto con la partida del público encomiástico, entre éste mi abuela. Los veranos transcurrieron hasta que Ana Bertha desapareció en su cara abotargada de alcohol, diluyéndose también en el escenario de otro México triunfador que, en 2025, de la mano del presidencialismo y la tutela de un solo partido proclama el primer lugar de Fátima Bosch, tabasqueña tenía que ser según nuestro destino, en el concurso mundial de belleza. Y, claro, el empoderamiento de las mujeres que, en este caso, ensalza la hermosura de la piel.

A los 79 años, Ana Bertha enfrentó la fatalidad en vez del destino. Recluida en su rancho de Texcoco murió de neumonía, el 24 de octubre de 2013. Si acudimos a la desiderata del México ganador, “el presente infinito” del que habló Carlos Monsiváis, siempre bailará la canción que catapultó Pedro Infante: “¿Cómo ven mi paquete?”, inquirió presuntuoso “Tin Tan” a sus amigos mientras ella contonea, orgullosa, la figura que la eternizó:

“Quién será la que me quiera a mí, quién será…”.

https://www.youtube.com/watch?v=4gKOSqVxSd8

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Ana Bertha Lepe Jiménez. Tecolotlán, Jalisco, 12 de septiembre de 1934-Cd. de México, 24 de octubre de 2013.

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